[Reliquia maltratada]

Recién cumplidos los treinta, Manuel Peña Rodríguez, patrón de un falucho en Rota [Cádiz], emigró a Tanger en busca de fortuna. Corría 1903, año en que nace Abc, es asesinado Alejandro I de Serbia y se funda en Detroit la Ford Motor Company. Al calor de un acaudalado tío de su esposa [Esperanza Orellana Noguera], Peña se inicia en los negocios, primero como asentador de pescados. Y después, como vendedor de sanguijuelas medicinales, que extraía de un pozo situado en un huerto propiedad de aquel, cuyo nombre completo era Francisco Domínguez Reina, aunque se le conocía también como Frasquito el Sevillano, desde 1850 en Tánger. Con el tiempo, Peña y Esperanza heredaron todas las propiedades del tío Frasquito, al ser esta última su única heredera. Y se convirtieron en dueños del huerto y el pozo de las sanguijuelas, ubicados al sur de la Medina, cerca del viejo cementerio hebreo. teatroCon un considerable patrimonio familiar, y empujados por la añoranza de la patria que los vio nacer, los esposos deciden levantar un teatro a semejanza de los de España en los terrenos del huerto. Que se inauguró el 11 de diciembre de 1913 con el nombre de Gran Teatro Cervantes, obra modernista del arquitecto Diego Jiménez Armstrong [1884-1956]. Con capacidad para 1.400 espectadores. Y un coste 650.000 pesetas de la época, que incluían el encargo de diez mil bombillas, colocadas a semejanza del Teatro Real [Madrid]. Excelentes bajorrelieves y esculturas en la fachada [Cándido Mata Cañamaque, 1883-1972]. Una rica y variada escenografía pictórica [Giorgio Busato Dalla, 1836-1916].  Y singulares frescos decorativos bajo su bóveda [Pedro Ribera Dutaste, 1857-1949]. El edificio, o lo que queda de él, es propiedad desde 1928 del Estado español, que lleva años tramitando su cesión definitiva al Reino de Marruecos sin que se materialice. Abandonado, expoliado y en ruinas, con sus apuntalados muros compartiendo escombros y cúmulos de suciedad, el Cervantes tangerino sigue siendo una reliquia, aunque cruelmente maltratada. Por sus tablas pasaron Rosario Pino, las compañías de María Guerrero y Margarita Xirgú, el tenor Enrico Caruso, Imperio Argentina, Manolo Caracol y Antonio Machín, entre otros. Llegó a ser también lona de boxeo y de lucha libre. Sala de cine. Y de exposiciones, además de escenario de charlas. Y conferencias, una de las primeras a cargo de Benito Pérez Galdós. En un intento de detener el proceso terminal que sufre, el edificio en su conjunto fue nominado para la World Monuments Watch 2018, gracias a una iniciativa de la pintora extremeña Consuelo Hernández. Pero, llegado el veredicto, quedó excluido, superado por el Gran Teatro del Principe Kung, en Beijing. La Sinagoga Eliyahu Hanaví, de Alejandría. O las Huertas del Rey, integradas en el palacio de Versalles, entre otros lugares. “Yo extraño la noche de un lugar lejano. La noche nostálgica de la calle, la de los sueños con los grandes viajes. Quiero sentir el exilio aunque solo sea en un suburbio de la ciudad” [De la serie Cuaderno emérito 2018].

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Texto literario: Tiempo de errores, de Mohamed Chukri. Ilustración: Teatro Cervantes de Tánger, óleo de Consuelo Hernández.

 

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