[Tiempo desnudo]

wellington_at_waterloo_hillingford-1qConservo conmigo una reproducción exacta de un ejemplar de The Times, en formato broadsheet, de 22 de junio de 1815 que me regaló en su día Harry Debelius, corresponsal en Madrid de ese matutino londinense en el tardofranquismo. Y la transición. En su interior da cuenta de forma escueta de la batalla de Waterloo, acaecida cuatro días antes, y en la que Bonaparte es derrotado por el duque de Wellington y el mariscal prusiano Gebhard Leberecht von Blücher, siendo después confinado en Santa Elena, en donde murió pasados seis años. Conocí a Debelius en 1976 en Informaciones, vespertino madrileño al que me acababa de incorporar para coordinar desde su sede central una edición andaluza creada ex profeso para influir desde el centro en el proceso político que se estaba fraguando. Dirigía entonces el periódico un nieto de la escritora Concha Espina, Jesús de la Serna, hombre exquisito y generoso, que había habilitado un espacio en la redacción para que los corresponsales extranjeros acreditados en España pudieran trabajar con comodidad, permitiendo que consultasen las copias de los cables de agencias que a la redacción llegaban. Y también las de algunas crónicas propias antes de pasar a imprenta, gesto que le honraba. Por mi mesa de trabajo, que compartía con Fernando López Agudín, responsable del suplemento político y militante comunista, pasaban aquellos cables. Y aquellas crónicas, de ahí que a diario me relacionara con la mayoría de esos corresponsales extranjeros: Harry, del Times, Walter Haubrich, del Frankfurter Allgemaine Zeitung, Tom Burns -nieto de Gregorio Marañón-, del Financial Times. La mirada crítica de aquellos corresponsales, entre los que se encontraba también el de Le Monde, José Antonio Nováis -que trabajaba desde su domicilio en las inmediaciones del Colegio Mayor San Juan Evangelista-, resultó esencial en el allanamiento del cambio político. Debelius, antiguo oficial de la US Army en Corea, había llegado a Madrid coincidiendo con la instalación de las primeras bases americanas. Y ya aquí, no sólo cambió la milicia por el periodismo, sino su propio país de origen, Estados Unidos, por España. Tenía una excusa: amaba profundamente a nuestro país desde su época de universitario en su natal Baltimore, Maryland, en donde tuvo como profesor a Pedro Salinas, una de las figuras poéticas más relevante de la Generación del 27, fallecido en 1951 en el exilio. Informaciones [1922-1980] se encontraba ubicado en el número 7 de la calle San Roque, en un edificio funcional y compartido que se levantó a espaldas de la que fue la segunda redacción El País [Madera 8]. Y sobre un solar donde estuvo el primer cinematógrafo de la villa que anunciaba cine parlante [sistema geophone], el Coliseo Ena Victoria, desaparecido en 1907 como consecuencia de un incendio. Era seña de identidad en un barrio castizo y costumbrista, el de Maravillas, poseedor de una estética de símbolos en su mayoría hoy desaparecidos. Y que en este caso constituían, a modo de manzana, un cuadro de ambientación propio de zarzuela, con un molino de chocolates, El Indio [Luna esquina a San Roque]. Un taller de banderillas de lidia, el de Jerónimo Guardiola [Madera 20]. La trasera de una teatro, el Lara [San Roque 10]. Una taberna con futbolín, El Bocho de Esteban Cedrún [San Roque 18]. Y un bar que solo cerraba unas horas, el Palentino de Moisés y Casto Herrezuelo [Pez 8]. Completaba la escena un monasterio de monjas benedictinas, San Plácido [San Roque 9], en cuya capilla estuvo durante dos siglos el Cristo de Velázquez hasta que se lo apropió Godoy, pero que, por mor de la fortuna, se encuentra a día de hoy a buen recaudo en El Prado. Los muros de ladrillos en lienzo del monasterio, que acogen una valiosa colección artística [pinturas de Ricci y Claudio Coello, imaginiería de Gregorio Hernández], habían sido cargados por el  Diablo, que allí se instaló en el XVII a modo de lujuria. Y herejía. Pues en sus celdas se desarrollaron prácticas alumbradas. Y se perpetró la persecución, y acoso, del Rey Felipe IV a la novicia Margarita, felizmente resuelto por esta. El edificio que comunicaba San Roque con Madera fue sede igualmente de los periódicos El País [1887-1921], republicano-progresista, y La Libertad [1919-1939], fundado por el círculo de Santiago Alba [izquierda-liberal]. Y en el laberinto de pasillos que conformaba el edificio latía la reciente historia de España, trazada en línea recta desde la caída de Isabel II hasta la llegada de Adolfo Suárez, pasando por La Gloriosa y el duque de Aosta, la Primera República y la Restauración, Primo de Rivera, la Segunda República y el régimen de Franco. Inicialmente El País había sido fundado en las inmediaciones del Teatro Real -Campomanes 6-, pero se integró en estas otras calles germinado en las ideas de Manuel Ruiz Zorrilla. Que habían sido validadas por sus primeros directores, entre otros Alejandro Lerroux, Joaquín Castrovido y el dramaturgo Joaquín Dicenta. La Libertad e Informaciones fueron adquiridos en 1925 por el banquero mallorquín Juan March, un hombre sin escrúpulos, hijo de un tratante de ganado porcino. Que puso al primero al servicio de la izquierda. Y al segundo de la derecha. Pero Informaciones, siempre acomodaticio, sufrió aún más avatares. Y lo mismo abrazó pensamientos tolerantes que intolerantes, pues en años de la Segunda República fue subvencionado por el III Reich. Y durante la Guerra Civil perteneció al Partido Socialista, tras ser incautado por la UGT, siendo germanófilo en la Segunda Guerra. Solo en el tardofranquismo se liberó del lastre de sus cadenas. Y con la sabia dirección de Jesús de la Serna, que tenía como segundo a Juan Luis Cebrián, le llegó el prestigio. Y una ansiada aunque fugaz solvencia [70.000 ejemplares], convirtiéndose en el diario precursor de la democracia española pese a que lo financiaba un grupo de banqueros, entre ellos el viejo Botín Sanz de Sautuola. Caballero Bonald escribió que todo lo que no es barroco es periodismo. Pero cuando el periodismo es pasado no es periodismo, sino historia. Con frecuencia acudo a esas calles en la inútil búsqueda de un tiempo que ya pasó. Y si bien percibo aún el murmullo de barrio -otrora familiar, ahora más cosmopolita-, siento esas calles vacías, ausentes de aquellos años: sin Harry, libreta en mano. Jesús de la Serna, con su porte británico. O Esteban Cedrún, tomando la comanda -mantel a cuadros, frasca de vino y pan de rosca- al representante teatral  Damián Rabal. Y al actor José Sacristán, su clientes de cada día. Combino el deambular callejero del fotógrafo Alfonso, cámara en ristreCon las tertulias de redacción entre Eduardo Ortega y Gasset, Manuel Machado y Augusto Barcia, fundadores de La Libertad. Y observo a Azorín, a Galdós, a Baroja, a Blasco Ibáñez o a Unamuno repasar sus cuartillas para El País. Hay tiempos que pasan. Y otros que están por llegar. El de ahora lo percibo distinto y esquivo, tal vez desnudo, pues como ha dejado escrito Pedro Salinas: la vida es lo que tu tocas.

 

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