BLOG de Fernando Orgambides

El planeta de las astas montantes

Difícil elección

11 Marzo 2010 | 7 Comentarios

Me gusta el título de la nueva novela de mi amiga Julia Navarro. Dime quién soy. Ya la tengo en casa. Compartiendo espera con El Asedio. De otro amigo, Arturo Pérez-Reverte. Julia y Arturo son periodistas. De los que hacen historia. Pertenecieron al diario Pueblo. Uno de los dos vespertinos del Madrid tardofranquista. La competencia era Informaciones, de cuya redacción formé parte en los años de la transición. Lo que me permitió seguirlo de cerca. Pueblo pertenecía a los sindicatos verticales. Pero lo disimulaba. Diría yo que perfectamente. Dirigido durante 22 años por Emilio Romero, era el periódico moderno del régimen. Que le perdonaba casi todo. También era el de las grandes exclusivas. Espectáculos. Deportes. Sucesos. Y por su redacción de la calle Huertas pasó lo mejor del periodismo español de la época. Jesús de la Serna. Raul Cancio. Juan Luis Cebrián. Yale. Javier Martínez Reverte. Rosa Montero. Jesús Hermida. Raul del Pozo. Carmen Rigalt. Manuel Molés. Tico Medina. Manolo Alcalá. José María García. José Antonio Gurriarán. Vicente Talón. Leo. Andrés Aberasturi. Pilar Narvión. Gente bragada. Del oficio. Que es como se ha llamado siempre al periodismoPueblo no soportó la democracia. Porque había nacido para otra cosa. Y porque el Estado ya no podía sostenerlo. Pero su cierre fue llorado. Sentido por generaciones de españoles de dentro que aprendieron en sus páginas a leer entrelíneas. Y a tener la suficiente paciencia de saber esperar el advenimiento de la democracia. Siempre sostuve que Pueblo era un cuerpo extraño dentro de la prensa franquista. E insuficientemente reconocido a su muerte por los historiadores de la transición

Periodistas de aquel diario Pueblo son hoy exitosos autores de best-sellers. Julia Navarro registró ventas superiores a los dos millones de ejemplares con novelas como La hermandad de la Sábana Santa, La Biblia de barro o La Sangre de los inocentes. Y Arturo Pérez-Reverte supera los quince millones de volúmenes. La tabla de Flandes. El Club Dumas. La piel del tambor. La Reina del Sur. Y El Capitán Alatriste. Entre otras. No sólo el diario Pueblo fue una escuela de periodistas, sino toda una fábrica de excelentes escritores. Rosa Montero. Cebrián. Raul del Pozo. Martínez Reverte. Carmen Rigalt. También tuvo un extraordinario equipo de corresponsales en el mundo. Que le dieron frescura internacional al periódico. Y sortearon todo tipo de riesgos para llevar al lector la noticia del modo más temperamental posible. Conocí a dos grandes corresponsales. periodismo1Aglae Massini y Gonzalo Carvajal. La primera había sido corresponsal en Beirut y el segundo en Caracas y otras ciudades de América Latina. A los dos les había leído yo de adolescente. Porque confieso que Pueblo era un diario que me entusiasmaba antes incluso de elegir la carrera de periodismo. A Massini me la presentó en Las Palmas otro compañero de Pueblo, Chema Sanmillán. Fue a finales de los 70. Trabajaba entonces en un periódico local de Gran Canaria, donde había recalado siguiendo a su pareja tras dejar Beirut. Le faltaba un brazo, que había perdido en los años 60 en su Uruguay natal cuando operaba con la guerrilla tupamara. Y arrastraba varios dramas, entre ellos haber sobrevivido a un intento de suicidio. Tras arrojarse al Metro en Paris. Recuerdo que pasaba un terrible momento. Estaba desesperada e incómoda en Las Palmas. Demasiado paraiso para un volcán del periodismo como ella. Prefiero no presentarla como la conocí. Y elijo lo que de ella escribió su compañero Pérez-Reverte en Territorio Comanche. Guapa, dura y valiente, bebía como un cosaco y fue toda una leyenda en el Mediterráneo Oriental. Era la La dama de Beirut.

Carvajal fue otra leyenda. Procedente de una recia familia sevillana, se llamaba realmente Gonzalo de Bethencourt y Carvajal. Había estudiado Derecho, pero su pasión era la lidia. A él se debe que a Curro Romero le llamen El Faraón de Camas. Era el responsable de la sección de toros. Hasta que un día Paco Camino se quejó a Fraga (entonces ministro del ramo) de las extorsiones que le hacían desde el diario Pueblo. Carvajal fue extrañado a América, donde -por su excelencia periodística- rápidamente conquistó las primeras páginas del periódico informando in situ de los conflictos en la región. Memorables fueron sus crónicas sobre la presencia del Ché en la selva boliviana. Nunca pensé que Gonzalo hubiera incurrido en indecencias, porque aquellas irregularidades -de las que sólo se salvaba el Abc de Díaz-Cañabate- estaban consentidas por los directores. Que permitían la corrupción al alquilar el espacio de la sección a los informadores taurinos. Yo conocí a Gonzalo en Quito en el verano de 1979. Estaba con Oswaldo Guayasamín y con Felipe González, entonces en la oposición. El líder socialista había llegado a Ecuador en el avión del presidente panameño Omar Torrijos. Que tuvo que regresar urgentemente a su país dejándole allí si despedirse. Carente de tarjetas de crédito. Y sin apenas efectivo. El periodista se hizo cargo voluntariamente de los gastos del hotel de González, cuya factura la guardó durante años como uno de sus más preciados recuerdos. Así eran aquellos corresponsales de entonces. Gente brava. Larga de recursos. Y acostumbrada a crer en lo imposible. En lo bueno. Y en lo malo. No me extraña que de aquella escuela de la vida que fue Pueblo procedan grandes escritores de hoy como Julia, hija de Felipe Navarro Yale, o Arturo, que con ventipoco de años era ya corresponsal de guerra. Dime quién soy es la historia de una periodista que investiga la azarosa vida de su bisabuela. Una idealista comunista. Y El Asedio es Cádiz en 1811. Con un escenario fantástico para la trama. Difícil elección para empezar.

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Primer viernes

07 Marzo 2010 | 43 Comentarios

Primer viernes de marzo. Tiempo cuaresmal. Llueve torrencialmente sobre Madrid. Que se ha tornado en gris. Hay colapso en las grandes vías. Estoy en Riancho, en Raimundo Fernández de Villaverde. Junto a El Corte Inglés, de Castellana. Suelo venir a comer aquí los viernes que me quedo en Madrid. Es un restaurante gallego de calidad. Me sorprende su carta. Empanada de chocos guisados. Que la preparan exquisita. Y estofado de jarrete. Que me gusta que lo acompañen con patatas fritas. El rioja lo tomo por copas. Pero esto lo hago en otras fechas. Hoy es distinto porque estamos en temporada de cocina de Cuaresma. Por lo general acudo sólo a Riancho. Lo que permite acomodarme en la barra. Que es una forma de comer que me gusta. Sobre todo cuando dejo atrás el trabajo. Y empiezo el fin de semana. Que es la república sosegada que todos ansiamos. Pero que difícilmente conquistamos. Aunque yo soy paseante de Madrid. Que no en corte. Llueva o haga frio. La barra de Riancho es amena. Los que se conocen hablan con familiaridad. Y los que no, buscamos el motivo. Pero conversamos. Le pregunto al encargado si tiene plato cuaresmal. De cuchara, claro está. No es que me mueva por preceptos religiosos. Que estoy en el otro extremo. Sino porque pertenezco a una generación que -religión aparte- sabe lo que es la cocina de vigilia. Fundamentada en el bacalao. Pincho en hueso porque en Riancho son gallegos. Así que el pretendido potaje de bacalao con garbanzos y espinacas me lo sustituyen por unos chocos con habas. Plato único. Al que añado como postre unas obleas de filloas azucaradas que riego con orujo blanco.

taberna-la-casa-de-las-torrijas-madridSin darnos cuenta nos  hemos  introducido ya en el tercer mes del año. Y estamos a un paso de Semana Santa. Lo noto paseando por Madrid. La Antigua Pastelería del Pozo ya anuncia sus torrijas de bizcocho. Al igual que El Riojano, que las elabora de leche. Lhardy y La Mallorquina también las exhiben en sus vitrinas.  Como al final de la calle Mayor La Santiaguesa, que ofrece variedades según los gustos. Una de ellas bañada en chocolate. La torrija -en México, torreja- es un dulce de origen humilde hecho de pan. Por lo general de dos días. Que es mojado en leche, en vino o en miel, dependiendo en qué lugares. Hay quienes la situan en el siglo XV. Procedente de los conventos. Pero entra en la cocina popular en el XVII. Siempre en Cuaresma. En Andalucía la preparan en pan de molde mojado en vino de moscatel. Que se fríe en aceite de oliva y después se baña en miel. Y en Madrid se elabora sobre rebanadas de pan mojadas en leche y huevo que también se fríen. Con el añadido del almíbar, la canela y la corteza de limón. O la naranja rallada. Es tan tradicional este dulce en la capital de España que existe una taberna llamada La Casa de las Torrijas que las tiene todo el año. Está en la calle de la Paz, cerca de la Puerta del Sol, y data de 1907. Las más afamadas tabernas castizas de Madrid incluyen estos días torrijas en sus cartas. Casa Ciriaco, en la calle Mayor. Casa Lucio, en la Cava Baja. Antonio Sánchez, en Mesón de Paredes. Y Casa Marta, en la calle Santa Clara. Cuatro clásicos.

El bacalao es sin duda el ingrediente fundamental de la cocina de vigilia. Como sustituto de la carne. Por eso de la abstinencia. De ahí que el plato fundamental del miércoles de Ceniza y los viernes de Cuaresma sea el potaje de bacalao con garbanzos y espinacas. Que en algunas casas complementan con huevo duro. Espinacas con garbanzos es cocina de todo el año en Sevilla. Como lo son también las pavías de bacalao. Que en Madrid llevan su nombre completo. Soldaditos de Pavía. Son tiras de bacalao rebozado frito. Que las preparan de manera espectácular en El Rinconcillo, Casa Carmelo y Casa Oliva. Allá en Sevilla. O en Casa Labra, en la madrileña calle de Tetuán. Porque en Revuelta -el mejor bacalao de Madrid- salen de cocina en forma de lomos fritos. Que no de tiras. Lo de Pavía no está certeramente historiado. Unos dicen que viene de la batalla de tal nombre. Otros del general del mismo apellido. Y algunos de un regimiento de Infantería que tuvo guarnición en Cádiz. Lo cierto es que las tiras de molla de bacalao rebozado existen en nuestra alimentación desde tiempos remotos. En España y en el resto de Europa. Las mejores que yo he tomado son las de Dar Filetaro, una pequeña cantina romana que está en la cerrada de Santa Barbara. Junto a Campo dei Fiori. Donde Martina y Loredana -una friendo y otra despachando-distribuyen el bacalao envuelto en papel de estraza a los clientes para que lo puedan consumir en la calle. Como en la freiduría sevillana del Arenal. Fiel a las tradiciones de la ciudad. Primer viernes de marzo. Tiempo cuaresmal. Llueve torrencialmente sobre Madrid. Donde ya es de noche. Y el tráfico fluye por sus grandes vías.

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Lady Smith

26 Febrero 2010 | 36 Comentarios

Ladysmith es una ciudad sudafricana de la región de KwaZulu al pie de las montañas Drakesberg. Que baña el rio Klip. Y otrora cruce de caminos entre Puerto Natal (después Durbán) y el Transvaal. En la ruta del oro y los diamantes. Los británicos se establecieron allí hace 160 años, si bien el origen de este enclave fue boers. Era el año de 1847. Andries Spies, colono holandés, y el rey zulú Mpande habían cerrado un trato para que se estableciera en esas tierras una colonia afrikaner. Pero aquello dura poco, porque en 1850 Gran  Bretaña se anexiona el territorio, sentando allí sus reales. Gobernaba entonces la Colonia del Cabo sir Harry (George Wakely) Smith, primer barón de Aliwal. Soldado británico curtido en mil batallas. La ciudad que se estaba levantando en esa tierra zulú fue bautizada con el nombre de Windsor, pero no dio tiempo apenas a registrarlo porque fue sustituido casi de inmediato por Ladysmith, en honor a la esposa del gobernador general. Hijo de un médico de Whittlesea -pequeña localidad del Condado de Cambridgeshire (Este de Inglaterra)-, Harry Smith había ingresado en el Ejército de Su Majestad en 1805, con apenas 18 años. Un año después partía con la expedición militar británica que invadió el Río de la Plata. Donde sufrió cautiverio, lo que le permitió aprender español. Excarcelado, entre 1808 y 1814 combatió en España a los franceses a las órdenes de Arthur Wellesley, duque de Wellington. El 8 de abril de 1812 se produjo el asalto a Badajoz. Uno de los episodios más sangrientos y crueles de la guerra de la Independencia, con 4.800 bajas de lado inglés. Fue una victoria de elevado coste. Y nada honrosa para Wellington, cuyos soldados saquearon Badajoz en una orgía de alcohol, robos, violaciones y asesinatos sin precedente. Pero también fue el inicio de una bonita historia de amor.

lady-smithEl día después de la victoria, Harry Smith se encontraba acampado en las afueras de la ciudad. Cuando dos hermanas asustadas que habían podido sortear la barbarie se presentaron en la línea británica en demanda de auxilio. Habían perdido al resto de su familia en el asalto. Y de sus orejas brotaba sangre tras sufrir el robo violento de sus pendientes por la tropa pendenciera. La más pequeña de esta dos mujeres tenía 14 años. De nombre Juanita (María de los Dolores) de León, pertenecía a una casa solariega extremeña que había dado varios regidores a Badajoz. Y había sido educada en un convento. El oficial Smith -que tenía entonces 23 años- se fijó en sus ojos huérfanos. Prometiéndole protección. Y declarándole su amor desde ese momento. Que se consumó en matrimonio a los pocos días suplicándole que le siguiera. Lo que Juanita hizo desde la retaguardia. Unas veces cabalgando en solitario. Y otras ocupando los carros de Intendencia. Durmiendo al aire libre cerca de los campos de batalla. Familiarizándose con la milicia. Y ganándose por su simpatía los respetos y el cariño de Wellington, de quien su esposo se había convertido en un oficial incondicional. De enorme atractivo, admirada por todos y entregada en cuerpo y alma al hombre que le ofreció su amor, acompañó a éste en Waterloo. También en África. Y en la India. En donde Harry Smith  -ya en el empleo de general- derrotó con arrojo a los sijs en Aiwal (1846), siendo felicitado por el Parlamento y recibiendo de la reina Victoria una baronía con el nombre de ese lugar del Panyab hoy en la nómina de las grandes batallas de Inglaterra.

La brillante carrera militar de sir Harry Smith le llevó a África del sur como gobernador de la Colonia del Cabo. En un momento complicado por las revueltas de los boers. Lo que no impidió que con su nombre y el de su esposa se bautizaran los primeros asentamientos ingleses de aquella antigua tierra zulú. Ladysmith sufrió entre 1899 y 1900 un terrible asedio de 118 días como consecuencia de la segunda guerra anglo-boers. Hoy existe allí un museo que recuerda la batalla. En la que murieron 3.000 británicos. Y en la que debutó como periodista un jovencísimo Winston Churchill, entonces corresponsal de guerra de The Morning Post, de Londres. Pero por entonces ya había fallecido el matrimonio Smith. Él, en 1860. Y ella, en 1872. No tuvieron hijos. Pero la dedicación del militar a la mujer que amaba duró hasta el último momento. E incluso después, porque el ya barón de Aliwal consiguió del Parlamento británico una pensión de 500 libras por sus méritos de guerra para que su esposa pudiera afrontar desahogadamente su viudez. Sobre la vida de este matrimonio, y en particular sobre Juanita de León, se han escrito algunas obras. La novia española, de Georgette Heyer  (1940).  Las Reinas de África, de Cristina García Morató (2003). Y Lady Smith, de Mabela Ruiz-Gallardón (2008). En Canadá, en la isla de Vancuver (Columbia británica), existe desde 1904 otra población denominada Ladysmith, pero en recuerdo del asedio de su homóloga sudafricana. Y en Badajoz se le ha dado el nombre de Lady Smith a una nueva avenida. El matrimonio Smith está enterrado en el cementerio de Whittlesea. Hoy Whittlesey, donde un viejo pub cervecero al que acuden los parroquianos recuerda con el nombre de The hero of Aliwal (El héroe de Aliwal) a su hijo más distinguido. Cuyas proezas no se entenderían sin la inseparable compañía de Juanita León. Para la historia, Lady Smith.

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Poeta roto

20 Febrero 2010 | 35 Comentarios

Lorca fue asesinado sin llegar a ver publicado Poeta en Nueva York. Que salió de imprenta por primera vez en México en 1940 en edición póstuma. El original estaba en manos de Bergamín, a quien se lo había confiado el poeta poco antes de su muerte. Poeta en Nueva York viajó con Bergamín al exilio. Primero a Francia. Y después a México. Casi al mismo tiempo que se editaba en castellano aparecía en Estados Unidos otra edición -aunque incompleta- traducida al inglés por George Rolfe Humphries, un profesor de latin de la Woodmere Academy que había hecho causa con la República durante la guerra civil. Lorca escribió aquellos poemas durante su estancia en Nueva York entre 1929 y 1930. Aparentemente había viajado allí para estudiar inglés en la Universidad de Columbia, pero en realidad lo hizo para alejarse de España. Donde había entrado en crisis como consecuencia de la tormentosa relación que mantuvo con el joven escultor Emilio Aladrén del Perojo. Anterior amante de la pintora Maruja Mallo, a quien dejó -según reveló aquella en su momento- por el poeta. Persona de frágiles emociones era Lorca. Que atravesaba momentos de conflicto interior. Y con quien Aladrén jugaba sentimentalmente. Exasperándole. Que se sepa, el poeta sintió pasión por cuatro hombres. Dalí, que jamás le correspondió. Aladrén, del que se enamoró profundamente recibiendo lo justo. Rafael Rodríguez Rapún, su discreto secretario personal. Y Eduardo Rodríguez Valdivieso, un joven granadino catorce años más joven que él a quien conoció en 1932 en un baile de carnaval en el Alhambra Palace.

federico-garcia-lorca1Aladrén era también más joven que el poeta. Ocho años menos. Pertenecía a una familia acomodada próxima a la aristocracia. No en vano su hermana Teresa era entonces la prometida del hijo del conde viudo de Casa Rojas. Los amigos de Lorca desconfiaron siempre del escultor. A quien consideraban de obra menor. Excepto el poeta, que lo paseó por todo Madrid e, incluso, le dedicó un hermoso poema del Romacero gitano. Mallo lo describió como un hombre guapo, lo más cercano a un efebo griego. Que Lorca se lo arrebató por la exquisitez con que le trataba. Dalí lo despreciaba. Y el granadino García Carrillo llegó a sospechar que se aprovechaba del poeta para encumbrarse en la fama. Fue tan forzado aquel viaje que Lorca -antes de embarcar en el RMS Olympic que le trasladó de Southampton Nueva York- llegó a decirle por carta a su amigo chileno Carlos Morla Lynch que se sentía deprimido. Lleno de añoranzas. Arrepentido de haber abandonado España. El poeta lo pasó mal. Sobre todo cuando supo que su antiguo amante se había entregado a una joven inglesa de nombre Eleanor Dove que la firma de cosméticos Elizabeth Arden Ltd había enviado a Madrid como delegada de su tienda de la calle de Serrano. Pero fue su estado anímico el que hizo posible este extraordinario conjunto de poemas surrealistas que muchos entendidos consideran su obra central. En el que convergen amargura, melancolía, recuerdos y añoranzas. Y reflejan su percepción íntima de una ciudad deshumanizada. En contraste con su vitalidad poética. Donde le sorprende el crack de Wall Street. Y en la que observa minorías oprimidas que sufren. A cuyo lado se pone. La aurora de Nueva York tiene/ cuatro columnas de cieno/ y un huracán de negras palomas/ que chapotean las aguas podridas./ La aurora de Nueva York gime/ por las inmensas escaleras/ buscando entre las aristas/ nardos de angustia dibujada.

Jamás llegó a presentarse el poeta a sus exámenes de inglés. Pero aprovechó su estancia en Nueva York para involucrarse en la ciudad. Donde recibió la visita de La Argentinita y de Ignacio Sánchez Mejías. El torero dio una conferencia en el Instituto de las Españas. Pase de la muerte, la tituló. Mientras su amante -la mejor bailarina española del momento- aprovechaba su encuentro con Lorca para ultimar los arreglos musicales de Canciones Populares, obra conjunta. Desde Nueva York, viajó a las montañas y lagos de Vernont, invitado por el poeta Philip Cummings, a quien había conocido en Granada. Y también a los bosques de Bushnellsville y Newburgh, en el Estado de Nueva York, donde pasó estancias acompañado por Ángel del Río y Federico de Onís respectivamente. Un año después de su llegada a América, el poeta emprendía regreso a España. Previo paso por La Habana, donde pasó casi tres meses. Residiendo en el Hotel La Unión, en la calle Amargura. Y en donde conoció a Nicolás Guillén y a José Lezama Lima. El 30 de junio de 1930 llegaba al puerto de Cádiz a bordo del vapor Manuel Arnús, de la Compañía Trasatlántica. En los muelles le esperaban sus hermanos Isabel y Francisco. Con quienes se dirigió a Granada para pasar los meses de veranos. Estadía que precedió a su reencuentro con Madrid, ya en otoño. En España se fraguaba entonces la República, que era un clamor aún sin divisiones. Luego llegaron los bandos. Bodas de Sangre. Yerma. Llanto por Ignacio Sanchez Mejías. Sonetos del amor oscuro. De aquel amante llamado Aladrén poco más se supo. Era frecuente verle en los salones de te danzante buscando glamour en complicidad con su compañera inglesa. La fuerza cultural de la República desplazó su mediocre obra. Tuvo que esperar a la victoria de Franco para realizarse artísticamente. Pero su carrera se frustró por su temprana muerte. 6 de marzo de 1944. Al día siguiente Abc daba cuenta detallada de su genial obra sobre mármol y bronce: un busto de José Antonio, otro del Caudillo y un tercero de fray Justo Pérez de Urbel, primer abad años después del Valle de los Caídos. Benedictino, consejero nacional del Movimiento y comandante falangista con estrella de ocho puntas sobre su hábito monacal. Cruel España que no pudo con la universalidad del poeta. Si pudiera llenar de hollín las alcaldías/ y, sollozando, derribar relojes/ sería para saber cuándo a tu casa/ llega el verano con los labios rotos (Pablo Neruda).

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Cine de infancia

16 Febrero 2010 | 34 Comentarios

Cinema Paradiso es un canto de amor al cine. Dirigida en 1988 por Giuseppe Tornatore, esta película narra la infancia de un niño de postguerra (Totó) en un pequeño pueblo de Italia. Que crece junto a los consejos del viejo operador del cine parroquial (Alfredo). Que le enseña la magia del proyector para que se busque otros derroteros fuera de allí. Y que -pasado el tiempo- regresa, convertido ya en reputado director de cine (Salvatore), al entierro de aquel, en medio de escenas cargadas de emoción que encuentran en la música de Ennio Morricone una conjunción perfecta. La película se ganó un oscar al año siguiente como mejor cinta extranjera. Pero, al margen de los laureles, es toda una cátedra de lo que significó el viejo cine. Cuando acudí a ver esta película, sus escenas me resultaron familiares. No en vano, conocía una historia real -idéntica, diría yo- que venía escuchándole desde años antes a mi amigo Juan Lebrón. Hijo del operador de sala del Cine Torcal, de Antequera. Y de quien recibió sus primeras enseñanzas sobre cine. Que le llevaron en los años 70 a iniciarse en la fotografía en Londres. Para trabajar luego como cámara de televisión por todo el mundo. Lebrón es el productor de Sevillanas (1991) y Flamenco (1995), ambas dirigidas por Carlos Saura. Y trabajó con Rodríguez de la Fuente, en El Hombre y la Tierra, y con Mercero, en Verano Azul. Desde hace más de veinte años reside en Sevilla. En la plaza de Alfaro, en pleno barrio de Santa Cruz. Por donde ha pasado todo lo mejor del cine español. En su casa me presentó a Manuel Gutiérrez Aragón y a José Luis Borau. Y gracias a él conocí a Francis Ford Coppola.

cine-torcal1Hoy sobrelleva una difícil enfermedad. La misma que superó Joan Manuel Serrat, lo que le tiene animado. Porque se llaman y se cuentan sus cosas. Esta mañana hablé por teléfono con él cuando salía de la Ruber. Estaba eufórico. Y eso que el miércoles pasa por quirófano. Hemos quedado para después. Porque tengo que contarle mi último viaje a Antequera. Donde empujado por el argumento de Cinema Paradiso -y por la similitud que tiene con su trayectoria- me fui a conocer el Cine Torcal, cuyo edificio está declarado bien de interés cultural. Tengo que confesar que jamás había visto su fachada. Pero cuando me topé con ella no sólo quedé sorprendido, sino que empezaron a lloverme recuerdos sobre mis cines de infancia. El Cine Torcal, de estilo racionalista, fue levantado por un prestigioso arquitecto de Cádiz, mi ciudad natal. Antonio Sánchez Estévez, impulsor de la arquitectura moderna en ese extremo de Andalucía. Y cuyo nombre está unido en estilo -y con asombroso parecido- a dos coquetos cines gaditanos que frecuenté de niño. Lamentablemente ya desaparecidos. El Gades (1933) y el Municipal (1936). Sánchez Estévez levantó otros cines en Cádiz, como el Andalucía (1949) -que era también teatro- y el Imperial (1952), este último junto al arquitecto zaragozano Fernando García Mercadal, a quien Francó había rehabilitado por entonces de la purga de la guerra civil. Al igual que las anteriores, ninguna de estas salas ha sobrevivido a estos tiempos, como tampoco el Cine Almirante, de San Fernando, también de Sánchez Estévez y donde presencié por primera vez La Prima Angélica. Cine levantado a iniciativa de doña Anunciación Guitián Arias, esposa del almirante Ramón Agacino de Armas, uno de los poderes fácticos de esa ciudad departamental en los años 40.

Mi primera sala de proyecciones fue la del Colegio San Felipe Neri, en el casco antiguo de Cádiz. Con apenas siete años. Edad en la que empezábamos ya los niños a coleccionar fotogramas. Cuando los marianistas nos sometían a sesiones de cine de aventura en blanco y negro los sábados por la tarde. Películas enlatadas de la distribuidora de Cesáreo González que llegaban en sacas de correos precintadas. Suevia Films, con una bandera de Vigo ondeando al viento sobre la ría. Cuando no Cifesa, de la familia Casanova. Con su Micalet como distintivo. O Ízaro Films, de Julián de Reyzabal. Que empezó de reventa de entradas en los cines de Bilbao y terminó siendo dueño de los principales cinematógrafos de la Gran Vía de Madrid. El mismo que anunciaba sus películas con la isla de Tabarca, que no venía en los libros de texto. Y que los niños de entonces ubicábamos en lugares remotos empujados por nuestras fantasías. La primera superproducción en color que ví en un cine de estreno fue Los Diez Mandamientos, que presentaba solemnemente la Paramount con su montaña nevada de 22 estrellas. Y que con sus 96 años es actualmente el logo más antiguo de Hollywood. A aquella película bíblica le siguieron en mi infancia otros colosales estrenos avalados por la fuerza que tenía dentro del regimen el productor Samuel Bronston. Rey de Reyes. El Cid. 55 días en Pekín. Y La caída del Imperio romano. Así entró mi generación en el cine universal. El de Hollywood. Unas veces presentado por el león de la Metro, que se llamaba Stats y había nacido en el Phoenix Park (zoo) de Dublín. Otras por la dama de la antorcha que identifica a la Columbia. Y de la que más de diez mujeres han reclamado ser ella. Aunque sin éxito en los tribunales. 20th Century Fox, Warner y Universal Pictures. Distribuidoras con fuerza para salas con excelencia repartidas por toda España. Rex. Apolo. Olympia. Coliseum. Astoria. Rialto. Lux. Pompeya. Capitol. Savoy. Tívoli. Emperador. Alcázar. Imperial. Compartiendo espacio con los cines populares. Llámese Torcal. Que lleva el nombre de una hermosa montaña de Antequera que nada tiene que envidiar a la que nos muestra la Paramount.  O Paradiso. Que suele ser también un lugar en donde convergen las estrellas. Como las que coleccionaba de niño Juan Lebrón. En aquella cabina de cine de pueblo.

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Cartas de amor

10 Febrero 2010 | 44 Comentarios

La última vez que estuve en Roma me alojé en el Hotel d’Inghilterra, junto a la Bocca di Leone. Es un edificio del siglo XVI próximo al palacio de los Torlonia que acogía huéspedes. Y que se convirtió definitivamente en hotel en 1845. Fue frecuentado a principios del XIX por viajeros ingleses que acudían a visitar al poeta John Keats, amigo de Shelley y de Byron. Que residía en la vecina Piazza de Spagna. Donde convalecía de tuberculosis. La misma que acabó después con su vida. También por allí han pasado notables escritores. Como Hans Christian Andersen, Henry James, Mark Twain y Henryk Sienkiewicz, este último autor de Quo Vadis. O compositores, como Franz Listz. Y hasta un pontífice, Pio IX. Que acudió a sus salones para cumplimentar a Pedro V de Portugal, al que llamaban El Esperanzado. Algo inusual en un papa de entonces. Hoy he descubierto que el Inghilterra cuenta con un nuevo huesped ilustre. Porque fue el hotel desde donde Neruda escribía a Matilde Urrutia. En la primavera de 1952. Y en vísperas de la publicación de Los versos del capitán, dedicados a ella. Entonces su amante secreta. Seix Barral acaba de reunir en un libro de próxima aparición un conjunto de cartas de amor inéditas del poeta chileno a su amada que revelan su estadía en ese hotel por el membrete de una de sus cartas. Que publican estos días los periódicos. Neruda escondía en aquellos tiempos su pasión por Urrutia para no ser descubierto por Delia del Carril, entonces su esposa. Como también escondió la autoría de Los versos del capitán en su primera edición, que fueron editados en Nápoles de forma anónima.

pablo-nerudaAmigo personal de Lorca, su asesinato le produjo honda conmoción. Un año después -en 1937- escribía España en el corazón, un libro de poemas anclado en la tristeza que describía los horrores de la guerra civil. Lorca y Neruda se conocieron en Buenos Aires, a donde había viajado el poeta granadino en 1933 invitado por la actriz Lola Membrives y su esposo, el barítono y empresario teatral español Juan Reforzo. Para estrenar allí Bodas de Sangre. Que igualmente dirigió con gran éxito. Aquella amistad se extendió un año después a Madrid, donde el autor de Canto General fue destinado como cónsul de Chile. Cuando llegó Neruda a Madrid la única persona que le esperaba en la estación era Lorca. Que le presentó a todos sus amigos del 27. Altolaguirre. Bergamín. Cernuda. Aleixandre. Moreno Villa. Con Rafael Alberti mantenía de antes una relación espitolar. Fue el autor de La Arboleda perdida quien recomendó a Neruda como vivienda la Casa de las Flores, en el madrileño barrio de Argüelles. Edificio singular de la II República. De arquitectura vanguardista. Prototipo de urbanismo futurista. Hoy monumento nacional. Neruda vivió en la quinta planta, en un piso confortable al que le quitó un tabique para hacer más grande el salón en el que se reunía con sus amigos. Y a donde acudía Delia del Carril, pintora argentina. Comunista. Veinte años mayor que él, a quien Alberti llamó flor de único tallo idoblegable.

Esta noche me he acercado a la Casa de las Flores. Que sigue ahí impertérrita. Casi desapercibida en un Madrid que se protege del frio. Y de la depravación comercial. En el corazón de Argüelles. Calle de la Princesa. Distrito de Moncloa. Muy cerca de Casa Manolo, otrora refugio del poeta. Hoy sólo un nombre. La Casa de las Flores no tiene nada que ver con el Inghliterra, pero los une Neruda. Éste, anclado en el siglo XVI. Aquella, avanzada de su tiempo. En los dos se inspiró el poeta. Y en ambos hizo de su poesía amor. Neruda fue feliz en Argüelles. En un Madrid de entretiempos, con campanas de relojes. Tremendamente seductor. Atalaya de un océano de cuero, rostro seco de Castilla. Donde conoció a Machado, con su traje negro de notario. Y a Juan Ramón, viejo niño diabólico de la poesía. O a Valle, con su interminable barba blanca. Hasta que las bombas le obligaron a huir en otoño de 1936 a Paris. Comprometido con la República. Regresando por unos días a Madrid meses después. Otra vez a la Casa de las Flores, machacada ya por la artillería facciosa. Donde un joven miliciano llamado Miguel Hernández le ayudó a recoger sus recuerdos de Ceilán. De Singapur, de Batavia, después Yakarta. Y a empaquetar sus libros, esparcidos por los suelos. Marchitos. Entre grietas y socavones. Inyectados de horror. Golpeados por la metralla. Poesía rota, pasión vencida. Ilusión desecha, paraiso en guerra. Destrucción. Era España tirante y seca/ diurno tambor de son opaco/ llanura y nido de águilas/ silencio de azotada intemperie. Y ya no volvió jamás (1). Cartas de amor, Hotel d’Inghliterra.

 

(1) Neruda tocó puerto en Barcelona y Santa Cruz de Tenerife en 1970 cuando navegaba en el Verdi de Europa a Valparaiso, reclamado por Allende para que participara en su campaña electoral. En ambos puertos llegó a pisar tierra firme por unas horas. En Barcelona paseó con García Márquez y en Santa Cruz con un grupo de periodistas, entre ellos Juan Cruz, que tenía entonces 21 años. En 1972 volvió a pisar suelo español, esta vez en una escala aérea de varias horas en Barajas. En ese momento le acompañó el pintor José Caballlero. Pero sin salir del aeropuerto.

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Osados espías

03 Febrero 2010 | 34 Comentarios

Durante el reinado de los Austria existió la figura del Espía Mayor del Reino. Que no debe confundirse con el Superintendente de las correspondencias secretas. Aunque tuvieran fines complementarios. De los menesteres del Espía Mayor poco hay escrito en las crónicas de la Corte porque se supone debía ser persona desconocida. Uno de ellos fue Gaspar de Bonifaz, caballero de la Orden de Calatrava y corregidor de Córdoba, que dejó correspondencia epistolar con el que era su agente en Barcelona, el capitán Juan de Torres. Las cartas corresponden al periodo comprendido entre 1632 y 1638, cuando en España reinaba Felipe IV, conocido como el Rey Planeta. Y sólo unos años antes de la Guerra dels Segadors, con lo que sobra contar de lo que trataban. Debió de ser muy poco discreto el tal Bonifaz. Porque alternaba su función secreta con sus dotes caballerescas en el arte de torear. Contando entre sus seguidores al propio rey, que llegó a encargarle la inalcanzable acometida de devolver la navegabilidad al Guadalquivir entre Sevilla y Córdoba. A Bonifaz lo dejó registrado Quevedo para la posteridad a modo de sátira. Por aquello de su arrojo taurino. Diferente es el caso del clérigo Manuel de Sobral y Bárcena, capellán del Hospital de San Carlos, en la Isla de León (Cádiz), al inicio de la Guerra de la Independencia. Sobral -que residía en Puerto Real- se ganó la confianza del mariscal (Claude Perrin) Víctor, duque de Belluno, de quien obtenía información de sus tropas que pasaba luego a los sitiados de Cádiz mediante el sistema de alfabeto desordenado. Debieron ser tan útiles sus servicios que le encomendaron -gracias a su relación con los franceses- la liberación de Fernando VII en Valençay, que intentó sin éxito. Pero que le reportó una medalla pensionada. Que lució (y disfrutó) para la posteridad prendida en su sotana al tiempo que ostentaba una canonjía en la colegiata de Jerez de la Frontera.

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De los espías pintorecos que ha dado la historia de España el que se lleva la palma es el barcelonés Domingo Badía y Leblich, contemporáneo al canónigo Sobral. Y servidor de Carlos IV a través del favorito Godoy. Curiosa historia la de Badía, hijo de un funcionario público destinado en Cuevas de Almanzora (Almería). Donde con sólo 14 años aprende sus primeras palabras en árabe. Hurgando para ello en el pasado morisco de la comarca. Lo que amplía luego en Córdoba, ciudad en la que empieza a trabajar como administrador de Rentas de Tabacos. Con un conocimiento elemental de la lengua, se ofrece a Godoy para iniciar una expedición a África que aporte beneficios a España. Que el válido considera vital para sus planes anexionistas sobre Marruecos. Cruzó el Estrecho por Tarifa, después de una travesía en barco de Londres a Cádiz, donde desembarca ya circuncidado, vestido a la usanza árabe y poblado de una amplia barba. Para presentarse en Tánger días después bajo la identidad de Ali Bey, descendiente de los Abasidas y por tanto de un tío del Profeta. Miembro de una familia siria errante que tuvo que refugiarse en Europa perseguida por los otomanos. De ahí su educación occidental. Representa Badía tan a la perfección su papel que el sultán Mulay Solimán Ben Mohamed no sólo le ofrece hospitalidad sino que le brinda su amistad. Recibe como regalo una casa y una quinta cerca de Marrakech, además de dos mujeres -una blanca y otra negra- del haren imperial.  Ali Bey pasaba sus primeros informes a través de un agente español de la Secretaría de Guerra residente en Mogador, hoy Essauira. Y entonces puerto atlántico desde el que Marruecos proporcionaba a Occidente las mercancías de las caravanas.

Pero levantó desconfianzas en ambos lados. Entre los españoles por la sospechosa lluvia de favores que recibió del sultán. Y entre los gobernadores de Marrakech y Mogador porque los engaños no suelen durar demasiado. Así que emprendió un viaje hacia Oriente por el norte de África que le permitió alejarse del sultán. Ya a punto de desenmascararle. Recorrió Turquía, Egipto, Tierra Santa y  la penísula arábiga, siendo uno de los primeros cristianos en la historia que pisó La Meca. Tras el boloñés Ludovico di Vartema, el portugués Pêro de Covilha -ambos en el siglo XVI- y el cautivo inglés Joseph Pitts, ya en el XVII. Carlos IV, entonces entregado a Napoleón, le exigió regresar a España. Temeroso de que sus excentricidades pudieran poner en riesgo el equilibrio internacional. Y por indicación del emperador pasó a depender de su hermano José I. Regresando a Córdoba, esta vez como prefecto de la ciudad ocupada. Como afrancesado que era, tuvo que dejar España terminada la Guerra de la Independencia. Pero ya en Paris preparó una nueva aventura desde Constantinopla, esta vez con el beneplácito de Luis XVIII. Que le proporcionó fondos para su empeño. No era ya Ali Bey, sino Ali Otman. Pero aquello no llegó a buen fin, porque el 1 de septiembre de 1818 moría en extrañas circunstancias en Zarqa, en el norte de lo que es hoy Jordania. Fue supuestamente envenenado cuando compartía una taza de café con un pachá al que había cautivado con sus conocimientos. Pero en realidad cayó en la red de un compló tejido por el espionaje británico. Dicen que por delación de Fernando VII, que nunca le perdonó su afrancesamiento. Badía era un hombre eminentemente culto, con conocimientos de aerostación y de diferentes ciencias, lo que le ayudó en sus atrevidas incursiones a un mundo todavía vetado para Occidente. Hay quien le señala ambicioso. Mitad altruista, mitad quijote. No en vano se piensa que pretendía regresar a Marruecos. Con la idea de encabezar una revuelta contra el sultán para quitarle el trono. Una taza de café acabó con su gloria.

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Cayetana de Silva

27 Enero 2010 | 32 Comentarios

El Museo de Bellas Artes de Sevilla acogió hace poco una original exposición sobre la colección privada de pinturas de la Casa de Alba. Cuarenta obras escogidas procedentes de Liria y Dueñas. Que son los palacios que posee esta Casa Ducal en Madrid y Sevilla. Contemplaba esta exposición obras de Tiziano, de Giordano, de Ribera y de Murillo. También de Sorolla. De Zuloaga. De Bacarisa. Y de Romero de Torres. Entre otros maestros. Hasta un Renoir, de título Mujer con sombrero con cerezas. Pero la grandeza de aquella exposición la aportaba Goya, con el Retrato de la XIII duquesa de Alba. Mujer tan osada como adelantada de su época. De nombre Cayetana de Silva y Álvarez de Toledo. Que el pintor -a quien se le adjudican amores con ella- inmortalizó por primera vez en 1795 en este lienzo en el que aparece con vestido primaveral, acompañada de un perro caniche. Obra a la que siguieron los dibujos de su Álbum de Sanlúcar (de Barrameda), localidad gaditana a donde la acompañó -dicen que de forma pecaminosa- entre 1796 y 1797 tras enviudar del duque de Medina Sidonia. Volviéndola a retratar de nuevo en Madrid, esta vez con mantilla negra. Óleo que se exhibe en la Hispanic Society, de Nueva York. Y que con La duquesa de Alba y su dueña -anterior a su viudedad- constituyen la obra oficial de Goya respecto a la aristócrata. Que la leyenda identifica con las Majas -vestida y desnuda- que formaron parte del gabinete privado del válido Godoy -amante de la reina María Luisa- a modo de pinturas superpuestas para el juego erótico.

xii-duquesa-de-alba-goyaHay escritos contradictorios sobre los amores de Goya con la duquesa. Unos dicen que fueron amantes. Otros que jamás el pintor fue correspondido. Lo cierto es que ambos se llevaron el secreto a la tumba. Pero con la desaparición prematura de esta dama vino la leyenda. Que identifica el cuerpo recostado de Cayetana con La Maja desnuda. Aunque hay también quien reconoce en esta mujer a la gaditana Pepita Tudó, amante adolescente y esposa después de Manuel Godoy. Corresponda o no este bello cuerpo a Cayetana, Goya pintó una extraordinaria obra de arte. Muy atrevida para la época. Y que delata complicidad entre el pintor y su modelo, que la presenta tremendamente sensual y atractiva. Cayetana había contraido matrimonio muy joven con el XV duque de Medina Sidonia, con quien no tuvo descendencia y de quien enviudó cuando ella contaba 34 años. Hija única, heredó el título de su abuelo. Un hombre de la Ilustración, a quien Carlos III nombró embajador en Paris. Y que mantenía amistad con Voltaire y con Rousseau. De muy joven, Cayetana rivalizó en la Corte con María Luisa de Parma, cuando aún era la esposa del principe heredero. De hecho, compartió amante con aquella en la persona de Juan María Pignatelli, hijo del marqués de Mora. Joven libertino próximo al círculo palaciego, que se entretenía haciendo juegos peligrosos en una Corte cada vez más podrida a la que acudían ricos aristócratas desocupados buscando placeres mundanos entre intrigas.

El odio entre Cayetana y la que luego fue esposa del infeliz Carlos IV fue a más. Retándose ambas en caprichos, travesuras y perversidades cortesanas. Extravagante y provocadora, pero también divertida y cercana al populacho, la XIII duquesa de Alba se ganó la admiración del propio rey. Y cautivó a Goya, dieciseis años mayor que ella, sordo, gruñón y arisco. A quien conoció recien casada en casa de su madre. La condesa de Fuentes (por segundo matrimonio), culta dama que ayudó al pintor a entrar en la Academia y le abrió la puerta de los Borbones. La pintura que mejor define a Cayetana de Silva es La Duquesa de Alba con su dueña, donde ésta aparece de espalda en flagrante travesura sorprendiendo a una anciana ama de compañía de nombre Rafaela Luisa Velázquez. Y a quien familiarmente llamaban la Beata por responder con rezos exagerados a todo lo que le escandalizaba. En este óleo sobre lienzo -que figura en el Museo del Prado- Cayetana luce ese largo cabello negro enrizado del que solía presumir al asegurar que alisado llegaba a cubrir -cuando se desnudaba- las partes más íntimas de su cuerpo. Murió esta aristócrata a los 4o años. Dicen que de unas fiebres, aunque se especula con que fue envenenada por encargo de la reina. Que habría urdido su muerte junto a su amante el válido. De hecho, Carlos IV encargó al propio Godoy una investigación que -como cabía esperar- terminó archivada. Y que otro duque de Alba -el XVII- intentó esclarecer aportando una prueba testifical a la contra tras exhumar sus restos en 1945. Tal vez consiguió despejar la duda. Pero no acabar con la leyenda que acompaña a esta osada duquesa. Convertida en mito gracias al pincel de Goya. Que se sintió desbordado por su belleza.

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Puerta de Europa

22 Enero 2010 | 39 Comentarios

Tuve el privilegio meses atrás de compartir mesa con Carlos Fuentes en el Gran Café de la Parroquia, en el Puerto de Veracruz. Junto al gobernador Fidel Herrera, amigo común. En la nueva sucursal que este histórico café abrió en 2008 -coincidiendo con su bicentenario- en Boca del Río, en el ensanche de la ciudad. El escritor se sentía allí como en casa. No en vano -aunque nacido circunstancialmente en Panamá- Veracruz es su tierra de origen. Donde en el siglo XIX se establecieron sus abuelos -canario él y alemana ella- como otros muchos emigrantes europeos atraidos por la aventura americana. Y que contribuyeron a crear riqueza en la región. Desde la banca. Y desde el cafetal. Que fue el caso de la familia del escritor. La Parroquia está unida al corazón de Fuentes. En ella recreó pasajes de su novela La silla del águila, editada en 2004. Pero que desarrolla de modo futurista en 2020, con un político real -ya fallecido- dentro de la trama. Y que ocupa con su anciano poder una de la mesas de este café haciéndose acompañar de un loro charlatán. Es el presidente mexicano Adolfo Ruiz Cortines, que representa la sabiduría en la política. Cual viejo zorro de sus manejos. Y que el loro sustenta repitiendo consignas históricas del PRI. Cada vez que Fuentes acude a Veracruz bucea sus recuerdos de infancia en este emblemático café. Al que acudía su abuelo con novelas de época, que leía placidamente tras repasar los periódicos del día. Junto a un lechero (café con leche servido en mesa) con chilindrinas, que es un pan dulce mexicano. La Parroquia le trae esos recuerdos, que él trata de rememorar cada vez que pisa el establecimiento. Buscando imaginariamente la mesa del abuelo. Que no es una mesa exclusiva, porque todas -incluida la suya- llevan consigo prolífera historia. Que no es otra que la de este maravilloso Puerto de Veracruz, que otrora fue puerta -de entrada y salida- de Europa.

Estaba yo esos días en Veracruz en un viaje de nostalgia. Buscando lugares que dieran vida a mis lecturas históricas de México. El Hotel Las Diligencias. El puerto. San Juan de Ulúa. Los viejos ferrocarriles de la Revolución. Y el Gran Café de la Parroquia. En todos ellos me sentía feliz, con la compañía generosa de mi anfitrión, mi buen amigo Armando Quintero Mateos. Pero de todos esos lugares el que más repetí fue La Parroquia, atraido por su singular historia. Y por la del patriarca de la familia que actualmente lo regenta. El montañés don Fernando Fernández Lavid. Nacido en Santa Olalla de Molledo, a 25 kilómetros de Torrelavega. Y que vino a este lugar en 1936 al calor de unos parientes, indistintamente establecidos en Cuba y en México. Don Antonio Fernández Fernández, hermano de su padre. Propietario del Café El Carrio, en la vieja Habana. la-parroquia3Y don José Fernández Fernández, tio paterno también. Que regentaba La Parroquia veracruzana. Con un pasaje desde Santander que le costó 800 pesetas, una pequeña maleta y unas fotografías familiares, don Fernando se presentó con apenas 14 años ante su tío en Veracruz nada más desembarcar del Cristobal Colón. Fue una vida de sacrificios. También de aprendizaje. Pero provechosa. Donde ocupó todos los empleos, hasta que en 1946 fue nombrado gerente. Y más tarde se hizo con el negocio comprándoselo con facilidades a su pariente. No sin antes adquirir -gracias a sus ahorros- una casa en Santa Olalla de Molledo. Siguiendo así la tradición de los emigrantes montañeses en México. Que siempre tuvieron sus ojos puestos en España. Hoy La Parroquia la dirigen sus hijos Fernando, Ángel y Felipe Fernández Ceballos, que se independizaron de otra rama familiar que explota un negocio similar con el mismo nombre. Pero la autenticidad de La Parroquia está unida a don Fernando y a esas viejas cafeteras metálicas de origen italiano que presiden los dos establecimientos, el del Malecón y el de Boca del Río. Cafeteras artesanales ya de colección fabricadas en Turín que los Fernández Ceballos han conseguido repetir para su nuevo establecimiento con réplicas exactas a la primitiva gracias a las manos artesanas de los operarios de un taller veracruzano. Y que son su signo de distinción histórica de cara al mundo.

El Gran Café La Parroquia tiene su origen en un establecimiento llamado El Caballo Blanco fundado en 1808 por un estadounidense en las inmediaciones de lo que es hoy la Catedral de Veracruz, entonces parroquia. De ahí su nombre. No tardó mucho en denominarse como hoy día porque en 182o el negocio fue traspasado a un ciudadano francés que lo bautizó como tal. Tuvo varios propietarios, pero desde 1867 todos fueron ya españoles. Don José Capdevila, catalán. Don Rafael Menéndez y don Manuel González, asturianos. Y la familia actual, de Cantabria. Primero don José Fernández Fernández y después don Fernando Fernández Lavid, el patriarca de la saga que lo regenta. Ha sido un café errante, porque del primitivo local pasó a otro situado junto al Malecón. En la calle Valentín Gómez Farías. Y que ahora son dos con el de Boca del Río. Frecuentado en otros tiempos por Bernard Schaw, Truman Capote, Agustín Lara y María Felix -así como por todas las celebridades que llegaban al puerto de Veracruz-, fue el último establecimiento que pisó el presidente Porfirio Díaz antes de embarcar hacia su exilio parisino. La memoria de un mesero (camarero) de nombre Agustín García -y que le llamaban Mérida por ser de esa ciudad yucateca- ha dejado registrado para la posteridad su último desayuno en tierra mexicana. Un lechero, una canilla y una ración de papaya. Otro mesero, Pedro Degollado -con cincuenta años de oficio en la casa- sirvió en 2008 a modo honorífico el primer lechero del nuevo local de Boca del Río. Degollado y Fernández Lavid ha extendido desde el Malecón a esa otra parte moderna de la ciudad los secretos de toda una vida entre aromas de café. Y la clientela, que en Veracruz es tradición que pasa de padres a hijo, ha aportado la peculiar llamada al mesero haciendo sonar la cucharilla en el vaso. Que se trata de una forma amistosa de reclamar el café. Y que tiene su origen en el paso de los viejos tranvías junto al primitivo local. Cuando los conductores hacían sonar la campana para que les llevaran el café junto a la ventanilla. Lechero. Cuarto de carga. Media carga. Express. Americano. Champola (leche malteada). Dos siglos de historia de Veracruz. Tierra jarocha. Puerta abierta de México a Europa.

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Noche castiza

16 Enero 2010 | 34 Comentarios

Madrid. Viernes 15 de Enero, diez de la noche. La llamada al móvil me ha llevado inconscientemente a la plaza de Ramales. Dónde, concluida la conversación, me encuentro ante el monolito que recuerda que allí hubo una iglesia donde estuvo sepultado Diego de Velázquez. Digo estuvo porque aquella iglesia, llamada de San Julián, ya no existe. De hecho, en el solar donde estaba erigida nació esta plaza. Que debe su nombre a un pueblo cántabro, colindante a Vizcaya y que atraviesa el rio Asón, que pasó a la posteridad porque allí Espartero venció al Ejército carlista (Primera guerra, 1839). De ahí que al pueblo aún se le conozca como Ramales de la Victoria. Pero Velázquez es anterior, como Mariano José de Larra, que residió y murió en la vecina calle de Santa Clara, donde una lápida de 1908 recuerda que allí puso fin a su vida. Triste episodio, que eleva a siniestro una pequeña placa metálica adosada al portal que anuncia que en ese edificio opera hoy día la agencia 611 de Ocaso Seguros. Mi paso es por ello más que veloz, de manera que, pasada la iglesia de Santiago, me situo en la calle del Espejo, en cuyo número 1 vivió Francisco de Goya y su esposa Josefa Bayeu. Y donde nació su hijo Vicente Anastasio. Cuatro plantas tiene esa casa, que se ubica ya dentro de los límites del Madrid de los Austrias. Junto a la calle Mayor, muy cerca de la antigua Puerta de Guadalaxara, que dicen los cronistas de la Villa que fue uno de los accesos más importantes del Madrid medieval. Y que dejó de existir en 1582 al ser derribada la vieja muralla. La noche es luminosa. Hoy ha sido un día sin lluvia, tras una semana inclemente que me ha hecho olvidar la hermosa nevada del domingo 10. Hace frío, pero la temperatura no es extrema. Luego invita a pasear. Mi destino lo dejo al azar. Porque son calles que no sólo conozco, sino que me llevan.

cava-baja-madrid2Presiento una noche castiza. Entro en Casa Paco, en Puerta Cerrada. Que veinte años atrás se surtía de vinos de Valdepeñas que llegaban aquí en pellejos a hombros de  mozos de   reparto   provistos de blusas    manchegas.   Herencia de arrieros. Vino que luego Paco ofrecía a sus clientes en pulcras frascas de cristal. Hoy el negocio lo dirige su nieto, que mantiene el local leal a la tradición. Como Revuelta, la otra taberna de Puerta Cerrada, a donde no llego a tiempo para probar su exquisito bacalao rebozado. Que compite en calidad con el de Casa Labra, otro castizo de Madrid. Pero distante de aquí. En la calle Tetuán, en los aledaños a la Puerta del Sol. En cuyo entresuelo Pablo Iglesias fundó el PSOE. Cruzo la calle Segovia, para elegir una de las dos Cavas. La Alta, silenciosa. O la Baja, que se presenta con bullicio. Con sus tabernas a tope. Elijo esta última, en dirección al Schotis. Mi restaurante preferido desde que llegué a Madrid en 1974. En cuyo mostrador he pasado muchas horas de mi vida. Lleva el nombre del baile castizo de Madrid, pero un día Camilo José Cela convenció a Pedro Palacios, su primer propietario, de su origen escocés, modificando el nombre. Hasta hoy. Los herederos de Palacios traspasasaron el negocio a los camareros, que desde finales de los ochenta son los propietarios del lugar. Los dos Pepes -José de Pablo y José Luis Valtierra-, Paco, Rufino, Martín y Serafín. Algunos ya se han jubilado, pero el resto sigue al pie del cañón. Esplendida tortilla de patatas que Paco me ofrece en ración doble mientras Rufino me da conversación. El Schotis fue el restaurante que frecuentaba José Bergamín, cuyas fotografías colman sus paredes. Iba allí con José Luis Barros, eminente doctor. Cuando seguían a Rafael de Paula. La música callada del toreo. También lo frecuentó Alberti a su vuelta. Y el profesor Tierno Galván. Fue fundado en 1962. Y en sus paredes cuelgan fotografías de otro Madrid. El de Urtain y Pedro Carrasco. De Caracol y Lola Flores. De Amancio y de Pirri. De El Cordobés y Bienvenida. En sus comedores guarda como preciado tesoro frescos sobre pared de Eduardo Vicente con estampas del Madrid castizo. Y pinturas posteriores de Matellano. Reliquias de una época. Que conservan como oro en paño junto a un viejo organillo que le da prestancia al local.

Fernando me atiende ahora en el mostrador de Casa Lucio mientras el prócer -viejo amigo- saluda a sus clientes luciendo chaquetilla blanca. Tabernero de Madrid este Lucio. Guardián de su pureza castiza. Muchas horas también con él allí. Ese blanco inmaculado de su chaquetilla sólo lo he visto de niño en Cádiz a dos carniceros de dinastía gitana. Chano Vargas, en la calle Valverde, y Perico el Melu, en el Mercado Central de Abastos. La Cava Baja albergó hasta finales de los setenta una taberna flamenca llamada Las Cuevas de Nemesio. Que disponía de un pequeño teatrillo. Y que hizo mestizaje con el casticismo, aflamencando para siempre el Madrid de los Austrias. Porque antes que naciera El Cigala ya Madrid tenía su palo. Los caracoles. Que son cantes para el baile que surgen de la cantiña. Cantes que viajaron desde Cádiz con letras alusivas a Madrid, otrora cuna de grandes cafés cantantes. En aquellas Cuevas de Nemesio creció como artista mi inolvidable amigo Paco Toronjo, que me despidió con fandangos por las calles de Huelva en la primavera de 1991 a punto yo de marchar a México. En una noche memorable en la que nos acompañaban Manolo Yélamo y Onofre López. Son recuerdos que me vienen al abrigo de esta madrileña Cava Baja. En la que me siento a gusto. Y de la que empiezo a despedirme hasta otro día, dejando atrás el Viejo Madrid, Casa Esteban, La Chata. Nombres de ayer que cohabitan con otros de hoy. Aljaraque. La Perejilla. Txacolina. Casa Lucas. Casa Víctor. Para volver a pasar por el Schotis. Y por aquellas dos viejas posadas de mis primeros años por aquí. La de San Isidro, reconvertida en apartamentos, y la del Dragón, hoy en obras. Con un cartel que anuncia que allí se abrirá un hotel. Puerta Cerrada. Calle del Conde Casa Miranda. Mercado de San Miguel, totalmente renovado. Y otra vez la plaza de Ramales, tras dejar atrás Santiago. Enclave velazqueño de Madrid. Que eligió Goya para vivir. Donde se pegó el tiro Larra. Calle de la Amnistía. Donde me espera Francesco, italiano de Udina. Propietario del Bellini. Que es el Chicote del Madrid de los Austria. Hoy toca un manhattan. Parada final de una noche castiza. Donde escucho como Sabina le canta al poeta. Cuando volvía del extranjero,/ tan forastero, /a las diez no era de día,/ a las seis ya era de noche, / pídame un coche,/ fumando espero/, y le aplaudían los camareros. Cuidado con el escalón, don Ángel.

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