BLOG de Fernando Orgambides

El planeta de las astas montantes

Puente de mando

20 enero 2012 | 27 Comentarios

Lichfield es una tranquila ciudad del condado de Staffordshire, en el interior de Inglaterra. Está cerca de Birminghan, de la que dista apenas 25 kilómetros por carretera. En Lichfield predomina la arquitectura georgiana, si bien cuenta con una impresionante catedral medieval de tres agujas. La única de esas características (y de ese tiempo) de toda Inglaterra. Ha sido un importante centro religioso desde el Siglo VII, por lo que fue objeto de guerras. Y disputas. Pero desde hace siglos es un lugar tranquilo. Los originarios de Lichfield han crecido en los verdes prados de Beacon Park. Y, como en cualquier jardín inglés de este tipo, existe una estatua levantada en honor de un rey de Inglaterra. Bacon Park reconoce en piedra de Portland (y desde 1908) al rey Eduardo VII. Que era hijo de la Reina Victoria. Y que no sólo ha pasado a la historia como soberano británico sino como el Príncipe de Gales que más ha esperado para acceder al trono. 59 años. Sin embargo, Eduardo VII reinó solo nueve porque murió como consecuencia del tabaco. Pero durante ese tiempo modernizó la flota de su país. Y restituyó el poder naval del Reino Unido en el mundo. Compañero del rey en Beacon Park es el capitán Edward J. Smith. Que no sé qué tiene que ver con Lichfield. Porque nació en Hanley, al norte del condado. Smith fue el capitán del Titanic. Y era contemporáneo del rey Eduardo VII. Está allí representado en bronce (y sobre un pedestal de piedra de Cornualles) desde 1904. Un año después de perecer en el hundimiento del trasatlántico. Lo cierto es que ambos han llegado a Beacon Park por iniciativa popular. Pero por separado, aunque el destino ha hecho posible que Smith comparta parque con un rey de Inglaterra. Cuando se lo tragaron las aguas al sur de la costa de Terranova -en un naufragio que provocó 1.517 muertos-, los supervivientes hicieron de él leyenda. De Smith se asegura que se descerrajó un tiro en la cabeza cuando las aguas llegaron al puente de mando. Sin embargo, también se ha dicho que lo vieron nadando ya hundido el buque. En un primer momento intentando salvar a una niña. Y en otro dando aliento a los demás naúfragos al grito de “Sed británicos, sed valientes“. Lo cierto es que Smith no abandonó antes de tiempo el barco. Y si lo hizo fue el último, poco después de que lo hicieran los ocho componentes de la Wallace Hartley Band. Los músicos británicos del Titanic (todos ahogados), pero hoy día reconocidos junto a Smith como héroes de aquella tragedia.

Es Meta di Sorrento una localidad marítima (y estación vacacional) de la provincia de Nápoles. También un lugar tradicionalmente habitado por hombres de mar. En sus alrededores reside el capitán Francesco Schettino, la persona en estos momentos más odiada de Italia. Schettino es el capitán del Costa Concordia, el trasatlántico que se hundió el pasado 13 de enero tras encallar junto a la isla del Giglio, situada en el mar Tirreno. Y frente a la costa de Toscana. Sobre Schettino recae a día de hoy toda la responsabilidad sobre los sucedido, después de que la naviera se haya declarado “parte afectada”. Unos dicen que hacía rallys para impresionar a sus pasajeros. Y otros que siempre fue un imprudente. Pero lo cierto es que Schettino -acompañado de una joven moldava que no figura en los registros de a bordo- quiso darle una sorpresa a un maître y a un viejo capitán aproximando el barco a la isla. Los vecinos de Meta di Sorrento han salido en defensa del capitán del Costa Concordia explicando que se trata de un marino experimentado. Que se pudo equivocar, pero que también ha salvado la vida de muchos pasajeros. Lo que no se le perdona en Italia es que abandonara la nave en pleno rescate. Según él para dirigir los trabajos desde tierra. También se le recrimina que no pidiera ayuda a la Capitanía del Puerto de Livorno hasta unas horas después del naufragio. Y que mintiera al decir que cayó dentro de un bote de salvamento. Cuando se sabe que alcanzó la orilla de la isla junto a dos de sus oficiales. Y desde allí llamó a un taxi para dirigirse a un hotel. Conocemos la conversación que mantuvo Schettino con la Capitanía, en la que un oficial de la Marina Militare le recrimina por abandonar el buque. Y le ordena regresar al puente de mando. Pero igualmente se sabe que momentos antes (y cuando estaba en tierra) se puso en contacto con el responsable de emergencias de la naviera para recibir instrucciones. Porque de haber solicitado ayuda exterior para el rescate se habría encontrado que el coste mínimo por persona rondaría los 10.000 euros. Que multiplicado por los 3.500 pasajeros (y tripulantes) todavía a bordo hubiera disparado el rescate hasta los 350 millones de euros. Dinero como siempre. Con los mismos buitres de siempre.

La imaginación periodística ha querido comparar a los componentes de la Wallace Hartley Band con la orquesta malagueña Pasarela Cuatro. Cuyos cuatro integrantes -dos matrimonios- actuaban cada noche en la planta quinta del buque. Cuando sucedió el naufragio, el capitán les comunicó que siguieran con sus actuaciones. Pero ellos prefirieron prestar ayuda evacuando pasajeros. No hubo música hasta el final como en el Titanic, pero Silvia Polenta y José Ramón Rodríguez y Mila Cano y Ángel Holgado salvaron sus vidas. Todo lo contrario a lo ocurrido con aquellos músicos británicos, de los cuales sólo el cadáver de su director, el joven violinista Wallace H. Hartley, apareció flotando sobre las heladas aguas de Terranova semanas después. Lo dramático fue que -pese a ser reconocido como un héroe en Inglaterra- la White Star Line -naviera del Titanic- le pasó una factura a su viuda por haber perdido el uniforme en el naufragio. Enterrado en Colne, condado de Lacanshire, el recuerdo de Hartley perdura en esa ciudad, algunas de cuyas instituciones (y centros públicos) llevan su nombre. Cuentan que cuando fue repatriado el cadáver a Colne para su inhumación le despidieron alrededor de 40.000 personas, de las cuales solo mil pudieron acceder al cementerio. Donde hoy reposa en un mausoleo sobre el que se ha esculpido un violín. El naufragio del Costa Concordia ha creado frustración (e impotencia) en Italia. Y los periódicos se lamentan con rabia de lo ocurrido. The Wall Strett Journal ha comparado con malevosía este hundimiento con el futuro de Europa. Con líderes negligentes rodeados de inexpertos. Lo que no cuenta este periódico estadounidense es que la organización que explota estos cruceros -Carnival Corporation- radica en Miami. Como hay que encontrar un héroe para levantar el ánimo de la deprimida Italia, las redes sociales han elevado a un pedestal al capitán de fragata Gregorio de Falco. Que es el responsable de la Capitanía del Puerto de Livorno que se enfrentó a Schettino al descubrir que había abandonado el barco. ¡Vada a bordo, cazzo!, le dijo. Que es toda una orden con contundencia. Y que podría compararse al real (y español) ¡Por qué no te callas! que Italia necesita para recuperar su dignidad. Estamos a 19 de enero y el naufragio del Costa Concordia sigue entre las tres principales noticias de los informativos de Europa. Desde que supe de la tragedia (16 muertos y veintidos desaparecidos) me ha dado tiempo averiguar qué luces se reparten por la costa de Toscana. Una de ellas, y que conozco, es la que emite por destellos el faro de once pisos de Livorno, diseñado por Pisano. Y sobre el que escribieron Dante y Petrarca, además de Galilei. En 1944 fue destruido por una carga de dinamita, pero acabada la II Guerra se levantó una réplica por suscripción popular que sigue avisando a los navegantes. Lo que es motivo de sobra para que Italia se tranquilice.

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Pavos reales

11 enero 2012 | 36 Comentarios

Paseo por los Jardines de Cecilio Rodríguez después de leer el periódico al sol junto al estanque del Retiro. Rodríguez fue un maestro jardinero que dejó para la posteridad este hermoso (y cuidado) espacio público de fuentes, estanques y pérgolas dentro del parque más emblemático de Madrid. Durante el franquismo, los ministros (y altos funcionarios) del regimen con hijas comprometidas en matrimonio acudían al alcalde de turno para que les prestara estos jardines con el fin de celebrar el correspondiente convite de boda. Era todo un privilegio, pero también una forma de asegurarse la presencia de la esposa del dictador entre los invitados. Pués Carmen Polo Martínez-Valdés solía sentirse muy cómoda departiendo con el poder politico entre lilas de los Balcanes, azahares chinos, magnolios, rosas y pensamientos. Las prácticas corruptas (y los abusos) han estado presentes siempre en la historia de España. Citemos entre otros malversadores al I Duque de Lerma, válido de Felipe III, o a la reina regente María Cristina de Borbón, que llegó a especular con la trata de esclavos negros. Pero también ha habido gente excepcional en cualquiera de los gobiernos de cada época. Cuando mandaba Franco había en Cádiz un alcalde llamado José León de Carranza. Residía a 30 kilómetros de la ciudad. Y pagaba diariamente de su bolsillo la gasolina del coche oficial. Lo podía hacer porque era rico por casa. Y además tenía el título de marqués. Pero yo he visto a algún que otro marqués (y también rico) pidiéndome la factura de una comida que acababa de pagar con mi tarjeta de crédito porque le desgravaba Hacienda. También comprobé una vez como hacía lo mismo un conocido político con la persona que convocaba el almuerzo. En estos jardines de Cecilio Rodríguez reside un núcleo de pavos reales. Cada macho arrastra tres o cuatro hembras. Pero éstas últimas no son tan bellas en cuanto a plumaje. Porque los machos son los que poseen las coberteras que conforman el impresionante abanico que los caracterizan. En los años de despilfarro, un embajador de España incorporó a los jardines de la cancillería de Santo Domingo un núcleo de pavos reales. Los pavos fueron desapareciendo vertiginosamente. Y el embajador decidió poner el caso en manos de la policía. La sorpresa fue mayúscula cuando le informaron que sus exóticas aves habían sido desplumadas por una humilde familia que habitaba en los alrededores. Pero no para desnudarlas de su belleza, sino para hacer de cada ejemplar la comida de una semana.

El periódico viene hoy cargado de noticias que avergüenzan a cualquier persona honrada. Dos ex presidentes autonómicos en el banquillo. Una gigantesca escultura a modo de mascota que representa a Fabra en el aeropuerto fantasma de Castellón. Y el escándalo del Ere andaluz despidiendo olores a podrido, a drogas y a alcohol. Tampoco ha habido hoy tregua para Urdangarín, de quien cada día se conocen mayores tropelías. Lo que no comprendo es cómo ha podido caer antes el esposo de la infanta Cristina que Fabra, a quien The Guardian califica de personaje infame. Y cuando todos sabemos en España que se trata de un delincuente profesional. Como también lo es el imputado alcalde de Manises que nos intentó engañar diciendo que le había tocado el gordo de Navidad para justificar su corrupta fortuna. En este caso el juez actuó con inusitada rapidez. Y el pájaro (que no pavo real) tuvo que reconocer que había mentido. Pero ahí sigue de alcalde. Como de diputado sigue Pepiño Blanco. Y de yerno real (aunque parezca pavo) todavía Urdangarín. Una semana después de que La Zarzuela anunciara en 1997 el compromiso matrimonial de Cristina de Borbón con el entonces jugador de balonmano tuve la oportunidad de encontrarme con la primera en una entrega de premios en Madrid. Conocía yo a la segunda hija de los Reyes de los viajes que realizaba a mitad de los 90 a América Latina con la embajadora Anunciada Fernández de Córdoba para visitar proyectos de cooperación. Y desde entonces guardo -y seguiré guardando- hacia ella especial estima y consideración. Porque no hay que olvidar que se trata de mujer formada en Ciencias Políticas y con una maestría en Relaciones Internacionales. Que por su primer empleo en la Unesco en Paris cobraba mensualmente (y a modo simbólico) un sólo dolar. Y que hasta que conoció a Urdangarin -y se convirtió en madre de cuatro hijos- residía en un discreto piso de soltera en Barcelona. Lejos de la rigidez de La Zarzuela. Y de los protocolos oficiales al uso, lo que escenificaba cada verano calzando unas abarcas menorquinas. Que es un calzado campesino que se remonta a la ocupación cartaginesa de la isla. Y que hasta entonces no había tenido el privilegio de formar parte de equipaje real alguno. Esta es al menos la imagen que de Cristina guardo. Y recuerdo que aquel día me sonrió queriéndome decir algo más que gracias. Lo que la persona que me acompañaba -la ensayista y periodista María Ramírez Ribes, de paso en Madrid hacia Caracas- interpretó con sutileza femenina diciéndome después: “Esta mujer está ciega de amor”.

Me llama la atención unas imágenes de archivo muy singulares que de vez en cuando ofrecen las televisiones sobre la pareja. En ellas aparece un Urdargarín a paso deportivo -y muy suelto de formas- tirando de la mano a la infanta Cristina. Que camina dejándose llevar, pero un paso atrás. Dicen mucho estas imágenes, pués hasta hace muy poco los esposos de las infantas de España comparecían discretos. Y nada poseedores de sus cónyugues, al menos en público. Me refiero a los cuñados del rey, porque ya con Marichalar comenzaron los desajustes. Aunque este pánfilo real (que no pavo) merece otro artículo. Desde que saltó el caso Urdangarín me he acordado mucho de aquella frase de la entrañable (e inolvidable) María Ramírez Ribes, fallecida de cáncer hace dos años. Y a tenor de la lectura de las imágenes referidas concluyo que Urdangarín desde el principio se enmascaró de yerno ideal. Teatralizando encantos. Y repartiendo bondades a modo de sonrisas. Cuando en realidad nos ocultaba a un tipo posesivo -y frío de cáculo- empujado por una ambición desmesurada. Porque hay que estar hambriento de codicia (y ser un desvengorzado) para enriquecerse impunemente ( y de forma tan rápida) escudándose en su condición de consorte. Los pavos reales son los galliformes de mayor tamaño. Tienen los torsos muy altos. Y los del macho están armados de un fuerte espolón. El plumaje es una mezcolanza de colores verdes, azules, blancos y rojos. Y las coberteras se prolongan por encima de la cola. Que la conforman veinte plumas. Tienen un séquito que se abre como una rueda durante la época de celo. Y, según National Geographic, “las hembras eligen al macho en función del tamaño, color y calidad de sus extravagantes colas”. Comprendo el amor ciego de Cristina de Borbón hacia su marido. Incluso durante los quince años que llevan de matrimonio. Pero ha tenido motivos evidentes en los últimos tiempos para recuperar la vista a tenor de lo que se estaba cociendo en casa. Y de los constantes avisos que supongo le han llegado desde que se vieron obligados a mudarse a Estados Unidos. El 6 de febrero comparece Urdangarín ante el juez. Y desconozco como va a ser recibido a la puerta de los juzgados de Palma. Camuflar su entrada por parte de los guardaespaldas reales sería un error. Como también sería un error que el juez le diera un tratamiento privilegiado que no se merece. Un cuervo común se acaba de posar junto al núcleo de pavos reales que deambulan por los Jardines de Cecilio Rodríguez. Los galliformes no se inmutan. Y el visitante se mueve entre ellos como si fuera de la familia. Busca algo que comer entre unas bayas esparcidas por el suelo. Y, conseguido su objetivo, emprende vuelo hasta posarse en una pérgola. Dicen que el cuervo es un ave oportunista. Coexiste con los humanos desde hace miles de años. Y en algunas regiones en las que abunda se considera una especie nociva.

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Ponte Vecchio

01 enero 2012 | 25 Comentarios

El Ponte Vecchio fue por su belleza el único que las tropas del III Reich no destruyeron cuando evacuaron Florencia en 1944. En los últimos años, los enamorados solían dejar atrapado al busto que lo preside -el del escultor Benvenuto Cellini- un candado como profesión de amor eterno al tiempo que arrojaban su llave al cauce del río Arno. Siguiendo una tradición que se inició tiempo atrás en el Puente Milvio de Roma al paso del Tíber. Y que ha llegado incluso al sevillano Puente de Triana. Pero fue tal la cantidad de candados depositados en el viejo puente florentino -más de 5.000-, que se llegó a temer por la seguridad de su estructura. Que data de 1345. Y está basamentada en piedra. La costumbre se ha hecho común en Italia. Pero en Florencia ya no es posible porque las autoridades han decidido que el denuedo puede ser sancionado con una multa de 160 euros. Me imagino la desilusión de los enamorados. Que se ven obligados ahora a buscar alternativas para evitar la sanción. Esta medida recaudatoria -aunque de competencia municipal- es anterior al primer ministro Monti. Y me cuesta creer que se adoptara en tiempos de Berlusconi, tan arrogante él en cuestiones amorosas. Pero lo cierto es que en Italia hasta el amor se sanciona si tiemblan sus finanzas. Otra cosa es que los italianos paguen las multas. Que me cuesta creerlo. Paso los últimos días de 2011 en Florencia, con escapadas al puerto de Livorno que me conducen al Mar de Liguria. La monumental Pisa, ciudad en la que nació Galileo Galilei. Y Siena. Que se precia de haber sido fundada por Asquio y Senio, hijos de Remo. La prima de riesgo italiana supera los quinientos puntos. Y aquí nadie se inmuta. Tal vez algunos lleven la procesión por dentro pero los periódicos italianos se han cansado ya de destacar como titular de primera página una noticia que se presenta crónica. En Il Campo de Siena -uno de las plazas más bellas del mundo- existe una oficina del Monte dei Paschi (Piedad). Importante banco italiano con 3.000 oficinas, 33.000 empleados y cuatro millones y medio de clientes. Sorprende cuando advierte a modo de reclamo que fue creado en 1472. Y que desde entonces ha estado en servicio ininterrumpidamente, lo que le acredita como el banco más antiguo del mundo. Yo creía que estas cosas no existían, pero en Italia todos es posible. Tal vez, por su proximidad a Florencia (y también por ser coetáneos, pudo ser el banco de Miguel Ángel, pero estoy convencido que de sus finanzas se encargarían primero los Médici (que eran los banqueros del Renacimiento) y después los diferentes pontífices que acogieron al artista en Roma, entre ellos Julio II. Que fue quien le encargó los frescos de la Capilla Sixtina. En Florencia se encuentra David, la obra cumbre de Miguel Ángel (y de todo el Renacimiento italiano). Hasta 1910, David era una de las esculturas expuestas publicamente en la Piazza de La Signoria. Junto a la fuente de Neptuno de Amantini. Y Hércules y Caco de Baccio Bandinelli. Pero fue trasladada a la galería de la Academia florentina. Donde se muestra ya bajo techo. Mientras una espléndida copia (también en mármol) se encarga de sustituirla en el mismo lugar que ocupó durante siglos.

Si Il Campo de Siena es una de las plazas más bellas del mundo, ésta de La Signoria merece trato parecido. En ella se ubica el Rivoire, establecimiento fundado en 1872 por Enrico Rivoire, que había sido maestro chocolatero de la Real Casa de Saboya durante el decenio en que Florencia fue capital de Italia (1861-1871). Desde allí se contempla de forma privilegiada los principales monumentos civiles de esta impresionante ciudad de la Toscana. A la derecha, la Loggia dei Lanzi, también conocida como el Pórtico de los Lasquenetes. Levantado en el Siglo XIV para reunir a los principales funcionarios públicos, hoy acoge un conjunto de estatuas clásicas y modernas que pertenecieron a los Médici, entre las que destaca Perseo (bronce) de Cellini y Rapto de las Sabinas (mármol), de Gianbologna. Majestuoso, y en frente, se levanta el Palazzo Vecchio, el edificio administrativo más importante de la Florencia medieval. Y que está conectado por una impresionate (y kilométrica) galería con el Palazzo Pizzi, para lo cual atraviesa otro palacio -el de los Uffizi (Oficinas)-, determinadas mansiones y torres privadas e, incluso, el propio Ponte Vecchio, puesto que concluye más allá del río. La galería -llamada Corredor Vasariano- fue construida en 1565 (y en sólo cinco meses) por el arquitecto Giorgio Vasari por encargo del Gran Duque Cosme I de Médici. De esta forma, Cosme I -casado con una nieta del II Duque de Alba llamada Leonor Álvarez de Toledo y Pimentel-Ossorio- evitaba la ciudad para ir de un palacio a otro. Y exponerse públicamente a unos súbditos disconformes con su forma de gobernar. Como la galería discurre por el Ponte Vecchio, cuentan que otro gran duque -Fernando I de Toscana, quinto de los hijos de Cosme I y Leonor-, atufado por el olor que despedían las carnicerías, pescaderías y curtidoras que allí estaban emplazadas, mandó quitarlas. Y en su lugar dispuso que se establecieran los orfebres de la ciudad. Ese es el origen de las tiendas de joyas de oro (y piedras preciosas) que se suceden a lo largo del puente. Y que constituyen un referente gremial único en el mundo por su ubicación. Leonor fue una gran mecenas de las artes. Y protegió a artistas de la talla de Bronzino y Pontormo. Murió de una afección pulmonar en Pisa, después de dar a luz nueve hijos. Dos llegaron a ser grandes duques de Toscana -Francisco y el ya citado Fernando-, otro fue cardenal -Juan-, y el más pequeño, de nombre Pedro, le salió criminal, bribón y despilfarrador. Casó con una prima española, a la que engañaba con putas. Y cuando la desdichada conoció a un hombre con el que inició una relación oculta, su esposo -enterado de la infidelidad- se la llevó a una villa campestre. Donde (tras quedarse ambos sólos) la estranguló con un trozo de tela. Enviado a España, Pedro de Médici murió en Madrid atrapado por las deudas tras una infame vida dedicada al juego y a sus apuestas.

He elegido el Grand Hotel Baglioni durante mi estancia en Florencia. Ubicado frente la Estación Central. Y en paralelo a la Basílica de Santa María Novella. El establecimiento data de 1903, cuando fue reconvertido para su actual uso un palacio de mediados del XIX que pertenecía al príncipe Carrega de Lucodio. De manera que aún conserva parte de su estructura palaciega, si bien no deja de ser un hotel de época que dispone de salones para la lectura familiar. Y para los juegos de tablero. Que conserva también un viejo piano que nadie toca. Y mantiene permanentemente abierto un cocktail-bar que le ofrece al huesped todos los periódicos importantes de la vieja Europa. En este local me he enterado de las medidas que ha preparado Monti en su programa Salva Italia. Entre ellas la reducción a mil euros del tope del pago en efectivo (para combatir la evasión fiscal). Y el aumento del IRPF y del impuesto de bienes inmuebles por parte del Gobierno de España (para recaudar los primeros 6.200 millones de euros del ajuste ya anunciado). También en el cocktail-bar observo que los japoneses vuelven a viajar por Europa. Y me informo que el alza del yen lo favorece. De forma que les resulta más barato desplazarse por Italia, Francia y España que por su propio país. Entre japoneses que van (y vienen) a la Piazza del Duomo para observar la cúpula de Santa María del Fiore y el campanile del Giotto. O aguardan en fila su entrada en los principales museos y galerías de la ciudad. Camino por las calles de Florencia recordando su esplendoroso pasado. El Renacimiento está tan presente aquí que los problemas del mundo (y especialmente de Europa) se quedan en lo irrisorio. Esta tarde he visitado la iglesia de Santa Margarita. Que es donde Dante conoció a Beatriz Portinari. Y ayer estuve contemplando la impresionante fachada del Palazzo Pitti. Que debe su nombre a un banquero arruinado como consecuencia de su construcción. Y cuyos familiares terminaron vendiendo el edificio a Leonor Álvarez de Toledo, la esposa española de Cosme I. En el Quattrocento, los Médici eran unos banqueros muy ricos que, mediante una impresionante red de sucursales por toda Europa, facilitaban créditos a comerciantes y prestaban dinero a reyes y grandes gobernantes. También dirigían las finanzas de los papas de su época, tres de los cuales fueron Médici. Con el dinero ganado, sufragaron grandes obras de arte. Y retuvieron en Florencia a los mejores artistas del momento. Entre ellos Miguel Ángel, que ha dejado en la ciudad valiosas obras. Me pregunto quién identificaría hoy a un Médici con un banquero. Y regreso al Ponte Vecchio para comprobar si alguna pareja de enamorados se ha saltado la regla. Todo sigue igual, salvo la historia.

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El último trago

16 diciembre 2011 | 36 Comentarios

Hoy he hecho el primer regalo de Navidad. Cosa sencilla, pero seguro que va a gustar. Han sido unas trufas de chocolate amargo que compré el otro día en Beatriz, una popular tienda de dulces ubicada en la calle Estafeta de Pamplona. Y que son elaboradas de manera tradicional por una artesana de Leiza, municipio del valle navarro de Leizarán. También he recibido yo un regalo estos días. Procede de una persona cercana que sabe elegir. Y que me ha sorprendido con un magnífico cedé de canciones mexicanas aflamencadas. Así que he empezado la jornada feliz porque he sustituido la radio por Diego El Gigala, Sorderita y Enrique Heredia El Negri. Que cantan por tangos, rumbas y bulerías canciones emblemáticas de José Alfredo Jiménez, Agustín Lara y Vicente Fernández, entre otros. No sólo es una idea interesante esto de mestizar la canción mexicana con el flamenco sino también el doble fin que persigue el cedé México Flamenco, que es como se llama. Primero que guste. Y después que los ingresos que se obtengan por la venta vayan destinados a gente verdaderamente necesitada. En este caso dos oenegés, Ternikalo XXI (que ayuda a jóvenes gitanos del Barrio de La Mina de Barcelona) y Jóvenes Orquestas de Cuautepec, que hace lo mismo en esta demarcación de México DF con niños que aspiran a ser músicos. Madrid ha amanecido gris, como ayer. Y ya es casualidad que este color sea el que acompañe a las solemnidades parlamentarias que se están desarrollando estos días en el Congreso. Y en el Senado. Espero que pronto regrese el sol. Y nos olvidemos por unos días de Urdangarín. De su corrupta conducta. Y de Amaiur, que para mayor morbo algunos periódicos (y emisoras) nos retraen a cuando su portavoz, el diputado guipuzcoano (y ex alcalde de Usúrbil) Xabier Mikel Errekondo, era compañero de Urdangarín en la Selección Nacional de Balonmano. En este país -ya sea en serio o con gansadas- nos gusta meter el dedo en la llaga. Y hacer leña del árbol caído. La monarquía pasa actualmente un mal trago. Y la gente llana se hace empanadas -o bolas, que dirían en México- con la Borbón que participa en un reality televisivo. Un rey con gafas tipo Caiga quien Caiga. Un Urdangarín que forma alineación con Julián Muñoz, la Pantoja, Correa, Camps, El Bigotes y alguno más que tarde o temprano también caerá. Más una Letizia Ortiz que los acontecimientos la precipitan como la más fortalecida del clan familiar. Junto a su esposo, claro está. Pero como creo que la monarquía ha hecho un buen trabajo en este país. Y confío en que seguirá haciéndolo cuando salga de ésta. Me he ido esta mañana a la Fundación Carlos de Amberes a visitar la exposición La Orden del Toisón de Oro y sus soberanos. Que hace un recorrido sobre la historia de este collar desde que lo creara en Brujas en 1430 (como distinción solemne) Felipe el Bueno, duque de Borgoña, a sabiendas de que representa una orden de origen caballeresco que manejan muy personalmente los reyes españoles. Cuyo collar sólo tiene valor en vida. Y además debe ser devuelto por los deudos de quien ha sido su merecedor.

El origen del toisón está unido a la leyenda troyana del vellocino de oro que recuperan Jasón y sus argonautas con la ayuda de Medea. Y que la Iglesia muy pronto se llevó a su terreno asociándola a la victoria bíblica de Gedeón contra los madianitas. La orden pasó a Carlos V como parte de la herencia que le proporcionaba el ducado de Borgoña. Y desde entonces -salvo una escisión austriaca que camina por su cuenta desde la Guerra de Sucesión- ha estado asociada a la Corona española. Pero fundamentalmente es la historia de nuestra monarquía, con sus luces y sus sombras. Y también la de nuestro país, con sus éxitos y sus fracasos. José Luis Barbería es un extraordinario periodista del El País. Y también un excelente amigo desde tiempos tan lejanos como difíciles. Publicó hace unos días un magnífico reportaje titulado No usarás la Corona en tu provecho. En el que repasa la situación que atraviesa la monarquía española. Cuenta que el pensador (y ex ministro) Jorge Semprún pidió ser envuelto a su muerte en la bandera republicana. Pero dejó dicho al mismo tiempo que no se trataba de una toma de posición política porque la monarquía parlamentaria en España es hoy por hoy el mejor sistema posible para garantizar la democracia. Yo no sólo estoy de acuerdo, sino que asumo una a una sus palabras. Sería injusto que un periodista de la transición como el que suscribe hiciera hoy aquí una proclamación de fe republicana. La República la entiendo más como como un modelo de conducta que como un sistema politico de basamento legal. Y con esta convicción voy a seguir transitando por este mundo. Pero con la seguridad también de que la monarquía remontará el suspenso que le dan ahora las encuestas. Para lo que creo no habrá que esperar mucho. Porque en cuanto abra el pico Cayo Lara en el Congreso cabalgaremos a galope desde las cuatro esquinas para hacer piña con el rey Juan Carlos. Con el príncipe de Asturias. Y hasta con Felipe Juan Froilan si fuera necesario. Las Cortes de Cádiz decidieron la separación de poderes en España. Podrían habernos proporcionado una república de corte revolucionario francés. O federativa como la de los Estados Unidos de América. Pero se cometió el error de redactarla invocando a Fernando VII. Que años después la abolió mandando matar a quienes permanecieron juramentados a ella. En esas cortes fue investido duque de Ciudad Rodrigo y vizconde de Talavera, con Grandeza de España, un militar inglés que supuestamente vino a España a ayudar a la guerrilla popular para expulsar de nuestro suelo a los franceses. Me refiero a Arthur Wellesley, años después duque de Wellington. Por si no fueran poco esos títulos, recibió también el toisón -que nunca devolvió- y un sinfín de tierras y propiedades en Granada, parte de las cuales todavía disfrutan sus descendientes. Puede que Wellesley fuera un exitoso estratega militar, pero no más digno que Castaños, ni más valiente que El Empecinado o más atrevido que Isidre Lluçà i Casanoves, el ninot timbaler del Bruc. Ninguno de estos tres recibieron el collar.

En el Siglo XIX fueron dos los reyes que pusieron el toisón a la altura del zapato. Carlos IV y su hijo Fernando, grandes inútiles ambos. Carlos despachaba los toisones por medias docenas, como ocurrió con la partida de la que se beneficiaron Napoleón Bonaparte, su hermano José, el otro hermano Luis y sus cuñados Joaquín Murat y Camilo Borghese, además de su sobrino Eugenio de Beauharnais. Cuando Fernando VII regresó del exilio en 1814, anuló la mayoría de los concesiones hechas por su padre. Que había incluido también a la corsa Letizia Remolino, madre de los Bonaparte. Después se vio obligado a hacer una criba en su propia familia separando de la orden a todos los príncipes e infantes que se tornaron carlistas. Pese a ello, el Toisón de Oro fue evolucionando a la vez que lo hacía España, acercándose más a una condecoración civil que a un regalo de reyes. Fue suprimido durante las dos Repúblicas. Y formó parte del equipaje que Alfonso XIII se llevó al exilio. Durante el franquismo fue administrado desde Estoril por el Conde Barcelona. Y desde 1977 el jefe (y soberano) es el rey Juan Carlos, que moderniza la orden. Concediéndo su collar a personalidades relevantes como Adolfo Suárez y Javier Solana Madariaga. O José María Pemán y Víctor García de la Concha. La muestra de la Fundación Carlos de Amberes exibe una colección de retratos al óleo (y procedentes de diferentes pinacotecas) de algunos de los maestres de la orden, entre los que destacan Carlos V (Lucas Cranach el Viejo), Felipe II (Sofonisma Anguissola), Felipe IV (Velázquez) y Carlos III (Goya). Todos posan con el Toisón de Oro. Como también lo hace Wellesley en esta misma exposición. El suyo es un retrato del inglés George Dawe. Y no el de Goya que se encuentra en la National Gallery. Que apenas ha salido de Londres después del susto que se llevaron sus conservadores cuando fue robado en 1961 por un taxista que lo devolvió a los cuatro años tras disfrutarlo todo ese tiempo. Poca gente sabe que este óleo nació ya accidentado. Porque el arrogante de Wellesley -que se creía un rey por los empalagosos títulos y prebendas que le dieron tan generosamente en Cádiz-, se presentó en 1812 en el taller madrileño de Goya para que lo retratara. Cuenta Mesoneros Romanos que cuando el pintor aragonés le mostró el boceto a lápiz que al instante le hizo, Wellesley lo recibió con desprecios e insultos. Y entonces el de Fuentedetodos echó mano a sus pistolas frente a un Wesllesley al que no le dio tiempo desenvainar el sable. Lo que pudo terminar en desgracia lo arreglo de palabra el hijo de Goya (Javier) allí presente. Y Wellington pudo salir de aquel taller salvo (y entero), lo que le permitió seguir ganando batallas y sumar más condecoraciones en su haber. Son las nueve de la noche. Y llama a la puerta mi amiga Elena Etxegoyen, antigua senadora por Guipúzcoa. Que anda por Madrid y viene a recogerme para tomar unos vinos por Los Austrias. Este mestizaje de Urdangarín, Wellesley y el toisón me ha tenido entretenido toda la tarde en casa. Sólo le puedo ofrecer a Elena unas trufas de chocolate amargo que separé del lote que me traje de Pamplona. Mientras el cedé nos ofrece El último trago de José Alfredo Jiménez en la voz compartida de El Cigala, Enrique Heredia El Negri y el salsero Oscar de León. Nada me han enseñado los años,/ siempre caigo en los mismos errores./ Otra vez a brindar con extraños/y a llorar por los mismo dolores.

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Oscuras golondrinas

07 diciembre 2011 | 36 Comentarios

Me refugio en Tarazona huyendo de Merkel. Y de Sarkozy. De las amenazas de la agencia de calificación Satandar & Poor’s a la eurozona. Y de la sobredosis de merengue con la que nos ha obsequiado a los españoles José Bono en el día de la Constitución. Había decidido no comprar la prensa, pero me he visto en la obligación porque existe un quiosco frente al hotel. Así que no tengo más remedio que rendirme ante el periódico. Hoy ha sido El País, ayer fue Heraldo de Aragón. Hace frío en estas tierras del Moncayo, cubiertas por un cielo gris ceniza que apenas deja pasar los rayos del sol. Tarazona se encuentra en el valle medio del río Queiles, a 86 kilómetros de Zaragoza y a poco más de veinte de Tudela, capital de la Ribera. Estoy en una encrucijada de caminos de lo que fueron los reinos de Castilla, Aragón y Navarra. De fronteras medievales y culturas diversas. Pero también de leyendas que nacen entre viejos muros de piedras y majestuosas catedrales. Puesto que tanto Tarazona como la vecina Tudela son sedes episcopales. La ciudad que visito es un municipio de origen romano, en cuyos dominios se asentaron sucesivamente visigodos, árabes, judios y cristianos. Tiene muy definido su barrio cristiano, pero también su judería. Que es de las mejores conservadas de la península. Tarazona está asociada en la mitología a Hércules y a Tubalcaín, éste último instructor bíblico de la metalurgia y creador del gremio de herreros. Los árabes tuvieron también aquí su morería, de la que da fe la Cuesta de San Juan. Pero fundamentalmente Tarazona es una ciudad cristiana, cuyo peso en la historia se hizo notar hasta bien entrado el siglo Siglo XIX. Por aquí pasó Gustavo Adolfo Bécquer -reconocido en una lápida frente al consistorio-, que se inspiró en la ciudad para escribir Cartas desde mi celda. Y aquí nació Raquel Meller, de nombre Paca Marqués López, la gran cupletista que hizo célebres las dos mejores composiciones del maestro Padilla. La Violetera y El Relicario. Y una de las primeras actrices españolas del cine mudo.

En Tarazona existe un café llamado Amadeo I. Me sorprende que un establecimiento de esta ciudad aragonesa lleve el nombre del duque de Aosta. He preguntado. Y nadie me ha dicho el por qué. Que yo sepa El Rey Caballero apenas se ausentó de Madrid en los dos años escasos en que reinó. Y menos para viajar a estas tierras del Moncayo. Hasta ahora sabía que una calle en Valencia -y otra en Alicante- llevan su nombre, pero hasta ahí la cosa. Amadeo (de Saboya) es un rey que me genera ternura. Y también respeto. Por eso me congratulo de esta honra. Ha sido el único monarca elegido en España por un Parlamento y, cuando lo despacharon, hizo las maletas en un periquete, se refugió en la Embajada de Italia y pidió modestamente volver a casa. Como no creó problema alguno, la I República se instaló en España al instante. Gana Tarazona dándole a uno de sus cafés el nombre de este rey de origen italiano. Como gana también recreando algunas de sus leyendas. Cada 27 de agosto se celebra aquí la fiesta del Cipotegato. Una figura originariamente asociada a la Iglesia que representa al bufón popular. Y que es recibida a tomatazos mientras huye por las calles de la ciudad en un recorrido que sólo el personaje conoce. Callejeando me he encontrado con el Arco de la Traición. Espectacular nombre para incluirlo en una novela de intriga. Son varias las leyendas que circulan sobre el origen de su denominación. Y todas relacionadas con amoríos. Pero la más sorprendente se refiere a un contecioso entre un padre y su hijo por la posesión de la esposa de este último. Que le fue arrebatada a traición. Gustavo Adolfo Bécquer da nombre a dos calles de la Judería. El poeta sevillano viajó al Moncayo junto a su hermano Valeriano (pintor) y sus familias para pasar una estadía en el monasterio cisterciense de Veruela, pero antes se alojó en una fonda de la ciudad. Uno escribía. Y otro pintaba. Fue de tal honor para Tarazona aquella visita -de diciembre de 1863 a junio de 1864- que los hermanos Bécquer son hoy día reclamos del Moncayo. Como también lo es la vecina población de Lituénigo, que conserva el viejo rito de pesar publicamente en el mes de septiembre a los niños nacidos en el año. Y ofrecer al arcángel San Miguel su peso en trigo.

La catedral de Tarazona se ha adelantado al sistema del copago. Permite el acceso gratuito al culto solamente unas horas al día. Y después cobra cuatro euros por la visita guiada, que se rebaja a tres si el interesado es un desempleado que acredita su condición mostrando la cartilla del paro. La Iglesia siempre va por delante en cuestión dineraria. Y aquí en Tarazona las cuentas tienen aspecto de estar muy ordenadas. Me sorprenden de esta catedral las celosías en yeso de su claustro y una pintura de la Virgen preñada que está expuesta al culto en la capilla del Sagrario. Debe ser de las pocas iconografías de este tipo que han llegado a nuestro tiempo porque desde el Siglo XVI la autoridad eclesiástica trata de borrar el lado humano (y mortal) de María para presentarla exclusivamente como madre de Dios. Lo que me parece absurdo por parte de la Iglesia. Y también contradictorio con los tiempos en que vivimos. Junto al sagrario existe una bóveda que alberga unos frescos en tonos negros y grises. Y en los que cohabitan ángeles caídos con monstruos de orejas picudas. A bote pronto, creo tener delante el Guernica. Pero no me consta que Picasso haya pasado por Tarazona. Lo registro como una coincidencia exagerada de mi parte, aunque me marcho de la catedral sin saber quien es el artista. Porque los guías no dan importancia a estos frescos. Y lo adjudican a un autor anónimo del Siglo XVIII. Tarazona se halla enclavada en un paisaje único. Y a la falda del Moncayo, la montaña por excelencia del paisaje zaragozano. Tiene una espectacular plaza de toros octogonal -y abalconada- que data de 1792. Pero en la que no se dan corridas desde 1870 porque su inmenso ruedo -que cae en pendiente- no se adapta a los cánones reglamentarios. El arte mudéjar está magificamente representado en la torre de Santa María Magdalena. Y el Renacimiento está también presente, en este caso en las Casas Consitoriales, ubicadas en la antigua Plaza del Mercado. Fue lonja, granero público y mirador sobre la plaza. Y en su friso está representada la comitiva real de Carlos V tras su coronación en Bolonia como emperador a manos del papa Clemente VII. Cuando en Europa se vivían tiempos de grandeza. Y un rey de origen español administraba la mayor parte de su territorio. Ya en el hotel, apuro el periódico acompañado de un café. Zapatero y Rajoy han formalizado su pareja de hecho. Quizás animados por el tandem Merkel-Sarkozy. Y Undargarin será imputado en dos meses, pero no le acompañará en ese viaje su esposa Cristina.  Que es descendiente de Carlos V. En Tarazona la noticia sigue siendo Bécquer, que forma parte del paisaje del Moncayo. Y también de sus leyendas. Volverán las oscuras golondrinas/ en tu balcón sus nidos a colgar/ y, otra vez, con el ala a sus cristales,/ jugando llamarán.

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Luces candentes

01 diciembre 2011 | 28 Comentarios

Regreso a Madrid tras pasar unos días en Cádiz con mi querido amigo Jaime Paz Zamora. Que fue presidente constitucional de Bolivia entre 1989 y 1993. Jaime conoce bien España -de hecho gallega es la madre de sus hijos mayores-, pero hasta ahora nunca tuvo a tiro esa ciudad andaluza. Así que se ha presentado ante su Puerta de Tierra con El Asedio (de Pérez Reverte) en la mano. Me lo ha puesto difícil, porque -pese a que se trata de pura ficción- el autor de la novela es preciso, y cuasi matemático, en cuanto a localizaciones. Pero una cosa es la novela -con Rogelio Tizón, Lolita Palma y Pepe Lobo- y otra los personajes reales de Cádiz en aquellos primeros años del siglo XIX, aunque se den coincidencias. Y también lugares comunes. Jaime llegó a la ciudad obsesionado con la franja costera desde donde los artilleros del Primer Cuerpo de Ejército Imperial bombardeaban Cádiz, según la imaginación de Pérez Reverte. E interesado también por conocer el laberinto de caños mareales e islas fangosas que se dan en el tómbolo arenoso que cierra la bahía. Que sigue igual que entonces, aunque atacado a la altura de San Fernando por la especulación inmobiliaria. Así que una tarde nos desplazamos en catamarán (transporte público) a El Puerto de Santa María. Para pasear por sus calles hasta llegar a su Real Plaza de Toros. Y alcanzar desde allí lo que queda del bosque litoral de pinos que separa el caserío del mar. Que era desde donde los franceses divisaban con más nitidez Cádiz. Para emplear desde sus fuertes la artillería. Alberti, poeta portuense, jamás escribió (que yo sepa) de estas historias napoleónicas que tanto gustan a los gaditanos, pero llama a aquellos pinos -en sus evocadoras memorias de infancia- La arboleda perdida. Y así se lo cuento a Jaime cuando acudimos después al Parque Calderón para observar la mortandad de sus palmeras como consecuencia de la terrible plaga del picudo rojo. Un insecto que llegó a España infecto en las palmeras baratas que adquirían los constructores en Egipto para dotar de vegetación los suelos urbanizados. Me desplazo a El Puerto de Santa María bastantes veces al año. Porque gozo allí de excelentes amigos. Esta ciudad vinatera fue una de las que agasajó con corrida de toros a José Bonaparte durante el viaje que hizo a Andalucía entre el 20 de enero y el 9 de mayo de 1810. Por haber caído desde el primer momento bajo dominio francés, El Puerto de Santa María se ha quedado fuera del Bicentenario de la Constitución de 1812 que con boato pretende celebrar el año próximo Cádiz. Me parece absurdo, porque yo no distingo en ese periodo de la historia de España quienes eran los buenos y quienes los malos. Que yo sepa, malos fueron los que arrastraron (y laceraron) el 29 de mayo de 1808 por las calles de Cádiz (y camino del cadalso) a Francisco de Solano, marqués del Socorro y capitán general de Andalucía, por considerarlo afrancesado. Cuando esto era falso. E infame -que no malo- fue José de San Martín, insigne prócer argentino, hombre de confianza de Solano y aquel día oficial de la plaza. Que al presenciar tan dramático suceso no hizo nada por impedirlo. Solano llegó muerto al cadalso porque su amigo Carlos Pignatelli le atravesó con su sable el corazón para que no sufriera. Mientras que un canónigo magistral de nombre Cabrera ocultó su cadáver para evitar ensañamientos.

He elegido en mi paseo por Cádiz con Jaime la feligresía de San Lorenzo. Al pasar por la calle Solano -levantada para restituir el honor del marqués del Socorro- le he contado el suceso. Como también le he contado quién era aquel canónigo magistral, igualmente con calle pero distante de estos lugares. Cabrera es a todos los efectos el segundo naturalista más importante que ha dado Cádiz -aunque nacido en Chiclana de la Frontera- después de José Celestino Mutis (1732-1808). Que pienso yo ha sido el mayor embajador que la ciudad ha tenido en América. Y probablemente el botánico más importante de aquellos tiempos. Por lo que les oí en su día a los profesores Tovar y Laín, nació (o vivió) en una calle de esta feligresía. Junto a una espléndida iglesia barroca dedicada a la Divina Pastora. Y en lo que llamaban entonces Campo de las Cererías, concretamente en lo que hoy es el número 100 de la calle Sagasta. Los Callejones de Cardoso le recuerdan a Jaime Paz las calles de Potosí. Ciudad boliviana que junto a la mexicana Guanajuato dieron la mayor parte de la plata extraída por los españoles en América. Estos días el anexo del Museo de Cádiz llamado Casa Pinillos acoge una muestra comisariada por el Ministerio de Defensa sobre el viaje a Andalucía de José Bonaparte. Confieso que soy un entusiasta del hermano de Napoleón. Entre otras cosas porque fue más luz que sombra entre dos nefastos Borbones. La exposición es fundamentalmente didáctica. Pero de contados fondos, porque la mayoría de los documentos y pinturas son reproducciones. Con excepciones como un par de retratos de Goya, correspondientes a Cabarrús, ministro de Hacienda josefino, y Meléndez Valdés, ilustrado que se puso al servicio de Francia. También se exhiben varios trofeos de guerra que pertenecen a los herederos de Arthur Wellesley, duque de Wellington, o a los regimientos que éste mandó. El que más me ha llamado la atención es un orinal de plata capturado por las tropas de Wellesley a José Bonaparte en Vitoria cuando huía hacia su país. Le comento a Jaime que, dado que la mayor parte de la plata que circulaba en el mundo en aquel tiempo procedía de Potosí y Guanajuato, casi seguro que esa pieza era también americana. Y me asiente, porque puede ser verdad. En la cercanía a estas calles se encuentra el Oratorio de San Felipe Neri, que es donde se promulgó la Constitución doceañista. Pero esto es muy sabido. Lo que no se sabe con tanta publicidad es que junto al edificio eclesiástico se fundó en 1838 un colegio de humanidades mediante el cual los comerciantes gaditanos intentaban evitar el envío de sus hijos al extranjero. Para garantizar la calidad de la enseñanza se contrató como director al mejor pedagogo de España entonces, Alberto Lista. Que permaneció al frente del colegio hasta 1843. Lista fue un destacado intelectual afrancesado, aparte de profesor de Espronceda y Ventura de la Vega, entre otros. Y tuvo calle en Madrid hasta 1955, en que el conde de Mayalde -su alcalde falangista- lo reemplazó absurdamente por Ortega y Gasset cuando en la capital había sitio para los dos. Pero Mayalde, embajador de España en la Alemania nazi y criador de toros de lidia, era un personaje siniestro. No en vano, fue señalado por el cantante Miguel de Molina como uno de los falangistas que intervino en la brutal paliza que recibió en 1942 por su condición de homosexual. Y que le indujo definitivamente al exilio en Argentina. Donde fue de nuevo perseguido por el regimen hasta que Eva Perón lo protegió.

Jaime Paz nació en Cochabamba, pero su familia es originaria de Tarija, al sur de Bolivia. Y a poco más de cuatro horas por carretera de Salta, ya en Argentina. Donde realizó estudios preparatorios antes de cursar la carrera de Ciencias Sociales en la Universidad Católica de Lovaina (Bélgica). Es hijo de un general boliviano (Néstor Paz Galarza) que participó en la batalla de Chaco, sobrino de un presidente en cuatro ocasiones de la República (Víctor Paz Estenssoro) y hermano de un guerrillero (Néstor Paz Zamora) que murió de inanición en la selva tras haber repartido sus provisiones entre gente necesitada. En el viaje de regreso de El Puerto de Santa María, Jaime me mostró una fotografía alojada en su móvil de la modesta vivienda rústica (y colonial) que posee en Tarija. Y que es donde actualmente reside. En el jardín reposa su hermano Néstor bajo una impresionante cruz. Los hermanos Paz combinaron sus convicciones cristianas con los movimientos revolucionarios de la época. Para combatir a la oligarquía boliviana que se amparaba en los diferentes regímenes militares que mediante golpes de Estado se fueron sucediendo en el último tercio del siglo XX. Tarija es conocida como la ciudad de las flores. Y junto a ella pasa un río llamado Nuevo Guadalquivir, por su parecido al que desemboca en Sanlúcar de Barrameda. Mientras Jaime otea el horizonte desde cubierta. Descubriendo la estela de luces candentes que sobre las aguas de la bahía lastra el sol tras su puesta. Un grupo de mujeres sentadas a estribor canta coplillas del Carnaval gaditano. Con ingenuidad, una de ellas se acerca a Jaime para preguntarle por las marcas indelebles que cubren parte de su rostro creyendo que son manchas naturales. Y éste, esbozando una ligera sonrisa, le responde que son estigmas de la política. De cuando sobrevivió envuelto en llamas a un sabotaje aéreo de la inteligencia militar en plena campaña presidencial de 1980. Las andanzas de José Bonaparte por tierras andaluzas han quedado reflejadas en un óleo ad hoc que ha realizado el joven pintor barcelonés Ferrer Dalmau para la exposición de la Casa Pinillos. En él aparece a caballo (y escoltado por sus generales) divisando desde El Puerto de Santa María la silueta de Cádiz en resistencia. Ferrer Dalmau es el Pérez Reverte de la pintura. Imaginativo, historiado, militarmente exacto y produndamente realista. Jaime se ha marchado un día antes que yo sin conocer los caños mareales que separan la Isla de León de Cádiz y sus puertos. Con su ausencia, me ha dejado un vacío. Y no he podido resistirme a viajar a San Fernando -ya sin su compañía- para comprobar que todo sigue tal cual. Me he prometido darle la novedad pronto en Tarija. La ciudad de las flores que aún  no conozco. Y donde reposa su hermano Néstor. Debe ser hermoso el caudal del Nuevo Guadalquivir, que sólo por llevar tal nombre me hace adivinar que voy a encontrar un lugar de Andalucía en Bolivia.

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Taranta callada

17 noviembre 2011 | 24 Comentarios

Madrid ha amanecido con cielo gris. Que es el color que suele acompañar a los fríos que nos transitan hacia el invierno. Neruda comparó el cielo gris con la tristeza. E incluso con la muerte. Aunque esto último me parece exagerado. Por muy poética que sea la metáfora. El gris es color minero, pero que yo sepa la mina en Madrid sólo está en la garganta flamenca. O en la guitarra que le da compañía. La taranta es un cante de las minas. Que según los eruditos tuvo su mayor exponente en Rojo el Alpargatero. Cantaor murciano del que se llegó a decir que era El Mellizo de Cartagena. Fueron los firmes puntales/ del cante cartagenero/ la Peñaranda, Chilares/ Rojo el Alpargatero/ y Enrique el de los Vidales. De nombre Antonio Grau Mora, El Alpargatero se hizo con estos cantes primero en La Unión. Y después en Cartagena. Cuentan que solía presenciar al alba desde su ventana la marcha de los mineros. Que acudían al trabajo cantando a coro trovas y otras composiciones populares. Julián Pemartín, que aparte de jefe falangista fue un entendido del flamenco, dejó escrito que la taranta es una derivación del fandango de Almería. Que viaja a Levante con los emigrantes del oriente andaluz que acudían a sus minas a finales del XIX en busca de trabajo. Camarón concluía la taranta con aires de cartagenera. Lo mismo que hizo el domingo último en el Auditorio Nacional con su guitarra Pepe Habichuela. Que ha bautizado a su taranta con el nombre del cantaor de La Isla. El trompetista Don Cherry dijo un día que la guitarra de Habichuela suena a madera de árbol que llora. Y el domingo esa guitarra compartió compás con el contrabajista británico Dave Holland. Virtuoso del jazz reconocido en todo el mundo capaz de suplir la garganta flamenca con sus notas. Holland y Habichuela se conocieron hace unos años en los festivales de jazz del San Juan Evangelista (1). Y se sintieron atraídos mutuamente, hasta el punto de que el maestro británico le pidió a Habichuela que le iniciara en el flamenco. Hoy día Holland no sólo toca flamenco puro con el contrabajo, sino que le pone voz con sus cuerdas a la taranta camaronera. De Cartagena a Almería/ Ay, de Linares a Cartagena/ de Cartagena a Almería/ donde nació la taranta/ que conocemos hoy día/ y los mineros la cantan.

Llevo toda la semana con la taranta de Habichuela (y de Holland) rondándome la cabeza. Creo que es lo mejor que he escuchado en música fusionada en los últimos años. Pepe Habichuela es el segundo de una saga de hermanos guitarristas de Granada establecidos en Madrid desde los años 60. Los Carmona. Yo conocí a su padre, Tío José Habichuela. Que era también un maestro de las cuerdas. Como lo fueron sus ancestros. La familia Carmona es un granero de artistas. Pero los hijos de Tío José han marcado hito. No sólo por compartir magisterio sino por ser gente sencilla. Y también elegante. Cuando llegué a Madrid en 1974 como universitario, Alejandro Reyes Domene -entrañable amigo- me invito a colaborar en los festivales de jazz (y de flamenco) del San Juan Evangelista. De jazz no tenía ni idea, así que todo lo que sé lo he aprendido desde ese momento. Y de flamenco conocía superficialmente los cantes de Cádiz, así como a algunos de sus mejores intérpretes en aquel momento. Pericón, Juanito Villar y Rancapino, entre otros. Un día acompañé a Alejandro a los camerinos para preparar una actuación de El Lebrijano y José el de la Tomasa, que compartían cartel con Villar y la bailaora Manuela Carrasco. Y allí estaba Tío José Habichuela con su bastón y sombrero de patriarca. Cual celoso guardián del arte heredado en vida por sus hijos. Porque Juan y Pepe eran los acompañantes de aquellas figuras flamencas. Yo he visto siempre a los hermanos Habichuela pegados a una guitarra. Primero a Juan y a Pepe. Luego a Luis, ya fallecido. Y después a Carlos, con quien alguna noche coincido en el mostrador del Senador mientras se apura un café entre pase y pase del Café de Chinitas. El domingo estaba en el patio de butacas del Auditorio mezclado entre el público aplaudiendo las genialidades de su hermano. Y de Dave Holland. Meses después de mi primera experiencia flamenca en el San Juan Evangelista comencé a frecuentar los tablaos de Madrid. Que empezaba cada noche por Torres Bermejas, porque allí actuaba Juanito Villar. Y porque el portero -Caramelito de Cádiz-, era amigo mío y me dejaba pasar. Cerraba la ronda en Los Canasteros, que era entonces la catedral flamenca de Madrid. Y donde me esperaba también otro buen amigo artista, Pepín Cabrales. El flamenco está asociado a la noche. Pero también al alba. Porque el cielo gris de Madrid se hace minero al amanecer cuando marcha en retirada el artista. Dejando sombra con su silueta sobre sus calles mojadas. Que es como sentir una taranta callada al candil del último cigarrillo.

En diciembre de 1998 Rancapino actuaba en el Colegio de Médicos de Madrid. Y yo estaba en primera fila sentado junto a mi querida amiga (y excelente actriz) Liz Lobato. Al verme, Rancapino me dedicó la malagueña de El Mellizo. Voy a publicar yo tus pesares/ en contra de tu torrente/ quiero que se entere la gente/ de toditas tus maldades/ aunque a mi me cueste la muerte. Me avergonzó aquello, porque lo hizo de la misma forma que El Borrico de Jerez le dedicaba sus bulerías a José Cantos Ropero. Pudiente labrador jerezano que solía poner en fila a los flamencos para pagarle indiscriminadamente sus actuaciones. Después de que estos compitieran pícaramente entre sí entonando halagos hacia su persona. Pero Rancapino no quería dinero sino salir en El País. Y al término del recital, tras agradecerle el detalle, le dije que me apostaba tres contra uno a que no le hacía falta mi recomendación para que su brillante actuación quedara reflejada tal cual en el periódico. Y así fue, porque días después el crítico Ángel Álvarez Caballero -que sabía yo que moría por él- escribía sobre el artista diciendo que, con su media voz de timbre opaco, hizo una impagable versión del taranto, propia de quien lleva el cante en el alma. Esta tarde me ha llamado Rancapino, para ponerme al teléfono al escritor que prepara su biografía. Pedro Quiñones Grimaldi, de Chiclana de la Frontera como él. Me ha pedido que le cuente por escrito las dos veces que me visitó en México. Y sus dos grandes actuaciones en el Festival Cervantino de Guanajuato, allá en la huasteca. Una acompañado a la guitarra por Paco Cepero y otra por el malogrado Moraito Chico. Lo mejor de aquellos viajes americanos fue el recital que ofreeció junto a Cepero en octubre de 1995 en San Cayetano, una hermosa iglesia del XVIII emplazada junto a la mina de La Valenciana. En las afueras de Guanajuato, ya en la carretera que conduce a Dolores Hidalgo. Cuna de la patria mexicana. Las vetas de aquella mina dieron prosperidad (y riqueza) a Nueva España, de manera que durante 250 años un tercio de la plata que circulaba en el mundo procedía de aquel yacimiento. En ese templo cantó Rancapino una taranta. Pero en la primera fila no estaba yo, sino Chavela Vargas. De quien se hizo amigo. Y con quien recorrió España tres años después en un espectáculo creado por Joaquín Sabina en homenaje a José Alfredo Jiménez. Rancapino desconocía que estaba cantando sobre una mina de plata. Tampoco sabía que en Guanajuato corre la leyenda de que la veta más rica de la mina está aún sin descubrir por creerse que se encuentra justamente debajo del templo. De saberlo hubiera cantado por fiesta. Que se le da también muy bien. Pero su intuición le empujó a cantar desde el alma. Que es como los flamencos expresan sus sentimientos cuando lo adecua el momento. No fue una taranta callada. Pero sí una música hablada. Como la que nos han dejado Habichuela y Holland bajo el cielo minero que oscurece Madrid. Y cuando los fríos nos transitan hacia el invierno. El corazón se me parte/ cuando pienso en tus partías/ y cuando te tengo delante/ to lo malo se me olvía.

(1) Colegio Mayor de la Universidad Complutense de Madrid cuyo Club de Música es Medalla de Oro de las Bellas Artes.

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Cazando perdices

10 noviembre 2011 | 35 Comentarios

El rey Alfonso XIII era de joven un automovilista vertiginoso, un buen tirador de pichón y un excelente jugador de polo. Con los años siguió siendo tan frívolo como en su juventud, pero añadió a sus aficiones los negocios dinerarios. Esto no lo digo yo, sino que ya lo escribió en su día Vicente Blasco Ibáñez. Que era, además de un excelente escritor, un hombre ingenioso, rico y viajado que se inició con 20 años en las logias masónicas de Valencia. Y que a los 16 había fundado ya un periódico que, por ser menor de edad, puso a nombre de un amigo zapatero. Alfonso XIII presumía de ser un gran cazador, pero el que mejor tiraba a las perdices en España era el conde de Teba. Entonces Carlos Mitjans Fitz-James Stuart, primo hermano de la actual duquesa de Alba. Y veinte años más joven que aquel rey. Como compartían monterías, y otros aristocráticos ocios, un día Alfonso XIII le regaló al joven Carlos una prenda ligera de lana inglesa para que se protegiera del frío mientras cazaba. Le resultó tan cómoda, que la incorporó a su vestuario cinegético pasándola antes por las manos de una costurera de Zaráuz. Que la copió con lana del país añadiéndole tres bolsillos. Y diferenciándola por colores, verde montería y azul marino. Color este último muy propio para la práctica estival del tiro a pichón. Que fue el deporte que Carlos llegó a coronar como campeón del mundo. Ahí nació la teba, o chaqueta de punto veraniega, que la centenaria Casa Bel de Barcelona (entonces en la Plaza Real, hoy en el Paseo de Gracia) empezó a confeccionar con permiso del conde, que era uno de sus mejores clientes porque -entre otras cosas- suministraba en exclusiva para España la colonia Arlington del célebre Doctor R. Harris. Me consta que Mitjans Fitz-James Stuart (y su descendencia) jamás obtuvo un duro por la comercialización de aquella prenda. Que nunca fue patentada. Y que cada primavera se repite en los escaparates de las sastrerías más elegantes (y clásicas) de este país. Porque el conde de Teba -a quien cariñosamente llamaban Bunting- era incapaz de sacar provecho de un regalo real. Y tampoco tenía otro interés por la sastrería de caballeros que estar al día en la moda. Cosa distinta ocurría con su esposa mexicana -Elena Verea Corcuera-, que además de rica por familia fue musa del modisto Balenciaga. No se qué hubiera hecho Alfonso XIII con la patente de las tebas. Pero me lo imagino, habida cuenta de su afición al dinero facil. Y al tráfico de influencias. Apasionado de los automóviles Hispanos-Suizas, los probó mil veces en público. Posó fotográficamente con todos sus modelos en serie. Y los promocionó por Europa. Para hacerse después gratuitamente con un 8% del capital de la sociedad. Lo mismo ocurrió con la Compañía Transmediterránea, que le obsequió con 3.000 acciones a cambio de influencia. Y muy pronto aquellos buques-correos empezaron a transportar en regimen de monopolio a las deprimidas tropas españolas que combatían en la Guerra de Marruecos.

Blasco Ibáñez despreciaba a la monarquía alfonsina, pese a reconocer que la reina madre (y regente) María Cristina fue una mujer austera que se privó de privilegios para que su hijo Borbón llegara honestamente al trono. Contaba el escritor valenciano que la familia Raventós había sido objeto de burlas cuando copió en España las champañas francesas inventando lo que hoy conocemos como el cava Codorniú. Los caldos -elaborados por el método tradicional (o champenoise) tras una visita de Josep Raventós a Champagne- salieron excelentes, pero los snob de entonces no lo consideraron suficiente. Restándole legitimidad por no ser producidos en origen. Así que cuando se quería ridiculizar a un mal poeta se le llamaba Victor Hugo Condorniu. O a un mal general, Napoleón Codorniú. Pronto le tocó al Rey Alfonso XIII, a quien empezaron a llamar El Kaiser Codorniú. Los periódicos compiten estos días por dar la más completa información sobre la responsabilidad del único yerno del actual rey -de nombre Ignacio Urdangarín- en la trama de corrupción mallorquina. Yo estoy acostumbrado a leer (y a escuchar) cómo algunos políticos hacen corruptelas con el tráfico de influencias. E incluso se apropian de los fondos de un colegio de huérfanos de guardias civiles. Como ocurrió con aquel despiadado Roldán. Pero jamás había leido (y escuchado) que el yerno de un rey de España recurriera a facturas falsas para enriquecerse con dinero público como presidente de una sociedad sin ánimo de lucro. Que dio trabajos remunerados a su propio hermano. Y que desvió fondos a paraísos fiscales. Urdangarín pasó de la noche a la mañana de enfundar la camiseta del Barça a ser vestido por Jaime Gallo, que es el sastre del Príncipe Felipe y del torero Enrique Ponce. Combinándose para los compromisos de verano con tebas de colores claros. Tan rápido fue aquello, que de pronto los españoles fuimos obsequiados por la Casa Real con un nuevo miembro de la familia genialmente vestido. Que competía en altura con el heredero de la Corona. Y con aquel otro yerno de quien nadie hoy se acuerda. Era como restablecer la tradición Codorniú con el interrogante añadido de saber en qué iba a emplear su tiempo. Pués hasta aquel momento no se le conocía otra ocupación que la de jugar a balonmano.

Estoy convencido de que Blasco Ibáñez y el conde de Teba -muy diferentes, pero gentlemans ambos- se hubieran hecho amigos de haber coincidido. Pese a la diferencia de edad. Y de tiempos. A Blasco Ibáñez se le conoce fundamentalmente en España por dos obras que fueron excelentemente adaptadas por la televisión de la Transición -Cañas y barros y La Barraca-, pero su mayor éxito literario fue Los Cuatro Jinetes del Apocalipsis. Novela escrita en 1916. Y basada en los horrores de la I Guerra. Que llegó a vender en Estados Unidos 10 millones de ejemplares, cantidad sólo superada entonces por La Biblia. Las novelas de Blasco Ibáñez tuvieron tanto éxito que Hollywood empezó a llevarlas al cine con Rodolfo Valentino como estrella. Ocurrió con Los Cuatro Jinetes del Apocalipsis, pero también con Sangre y Arena. Ésta última inspirada en la vida del torero El Espartero, muerto de una cornada en 1894 en la plaza de Madrid. Contaba el marqués de Laula, de nombre Iñigo Moreno de Arteaga, que un día coincidieron en Doñana Alfonso XIII y el conde de Teba en una cacería (a cinco) de patos. Debía de tener Mitjans unos veinte años. Y de los 477 patos batidos, 212 lo fueron por sus escopetas. Era tan fino jugando al tenis, practicando golf o al frente de un timonel que no había nadie que se le resistiera. Y cuando Jacqueline Kennedy visitó Sevilla en 1966, el general Franco no dudó en elegirlo como prototipo del caballero español que mejor compañía le podía ofrecer durante su estancia en la ciudad. Cosa curiosa ésta, porque si algo compartían Blasco y Teba era esa condición. Pués no en vano, cuando Sorolla retrató al escritor valenciano en 1906 para la Hispanic Society of America de Nueva York tituló la obra Caballero español. Cazando perdices o cosechando triunfos literarios en Estados Unidos, profundamente monárquico o atrevidamente republicano, tanto Teba como Blasco han dejado también para la historia una elegante (y decorosa) forma de ser. La misma que ha acompañado a determinada nobleza con algunos reyes que ha dado España a sabiendas que podía no ser correspondida. Son los casos de José Patiño con Felipe V. De Aranda con Carlos III. Y de Sabino Fernández Campos con Juan Carlos I. Pero también es la que le exigimos la ciudadanía al Rey, y a los familiares que lo rodean, en el ejercicio del cargo. Y en la representación pública. No sé si Urdangarín Codorniú será llamado por el juez, pero yo sentiría vergüenza ajena si lo viera comparecer a partir de ahora (y como yerno real) en una foto de familia después de conocer sus tropelías. De momento no le permitiría usar la teba. Que es prenda de caballeros.

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Cielo emborregado

28 octubre 2011 | 52 Comentarios

Estoy sentado en el Café de La Parroquia. Frente al puerto de Veracruz. Toca la marimba Reyna, cuyos cuatro componentes visten como monosabios. Camisa roja y pantalón blanco. Son cerca de las nueve de la noche. Y comparto mesa con mi querida amiga Marlén Pérez, periodista dedicada ahora a la docencia universitaria. Después de un grato viaje por el sureste veracruzano. Para recorrer la desembocadura del río Papaloapan hasta ascender a Tlacotalpan. Que es una ciudad mágica entre cocoteros que en nahualt significa en medio de la tierra. Y que cada año renueva los colores de sus casas para parecer siempre distinta. Veracruz amaneció luminosa, pero con el cielo emborregado. Que es como dicen aquí cuando el azul se empasta de nubes que forman acuarelas blancas. Pero ahora luce una noche estrellada. Con mar en calma que permite la entrada de brisas que rebajan el calor heredado del día. En los muros de La Parroquia luce una impresionante fotografía de 1925 del vapor Reina María Cristina desembarcando pasaje y carga general, en parte cajas de brandys (entonces cognacs) jerezanos. Este buque perteneció a la Compañía Trasatlántica. Y llegaba a Veracruz mensualmente desde el sur de España, con escalas previa en La Habana y Puerto Progreso. Veracruz es una ciudad marítima, puerta migratoria de España hacia México. Igual que existen recuerdos del paso del exilio republicano, también los hay de quienes llegaron hasta aquí en busca de fortuna. Y al calor de la colonia española. Que devolvió la acogida contribuyendo al realce mercantil de la ciudad en el tránsito del siglo XIX al XX. Desde 2009 (y por iniciativa del que fuera gobernador Fidel Herrera) existe en el malecón un monumento al emigrante español. Está cerca de otro levantado en recuerdo del explorador Humboldt. Que no fue emigrante, pero si recorrió en profundidad México y España. Confieso que soy un sentimental cuando paseo por Veracruz. Además de frecuentar La Parroquia, me gusta visitar el Círculo Mercantil Español, en la calle Gutiérrez Zamora. Que está emplazado en un solemne edificio inaugurado en 1864, año en que fue coronado emperador de México el archiduque Maximiliano de Habsburgo. También suelo desplazarme a Boca del Río, donde se encuentra anclado el cañonero Guanajuato (C-07). Que fue construido en El Ferrol durante la II República en el marco de un contrato naval entre España y México que permitió solucionar con trabajo la conflictividad que se larvaba en aquellos años en los los astilleros españoles. Fueron quince unidades, pero la entrega se quedó en catorce como consecuencia de la Guerra Civil. Y los pagos que restaban se efectuaron exclusivamente al Gobierno republicano en guerra. Ya en especies: trigo, sorgo, garbanzo, frijol y café. Que eran necesidades básicas. El Guanajuato estuvo en activo hasta 2001. Y ahora es un museo flotante de la Armada Mexicana.

Veracruz fue cabecera de la base naval del Golfo de México hasta hace unos años. En que la Marina decidió trasladar el mando a Tuxpan. Aquí quedaron instalaciones mínimas, lo que rebajó sobremanera la presencia de uniformes y birretes (dixie caps) blancos por el malecón y las calles que acceden al zócalo. Que es el centro colonial de la ciudad. Y el escenario de sus celebraciones más festivas. Ahora la Marina ha vuelto a las calles del puerto, pero en unidades motorizadas con cascos y uniformes azules (y de camuflaje) para combatir al crimen organizado. Puesto que Veracruz es hoy uno de los estados más castigados por los temibles (y sanguinarios) Zetas. Es tradición en La Parroquia llamar al mesero (camarero) con el tintineo que produce el roce de la cucharilla con la taza de café. Pero de repente se produce silencio. Un convoy militar fuertemente armado pasa junto al establecimiento camino del malecón. La marinería enfunda chalecos antibalas y se oculta en pasamontañas mientras apunta con sus armas a ambos lados de la calle. La marimba Reyna -camisa roja y pantalón blanco- contempla el paso de los vehículos con pavor, pero sigue tocando. Porque la música en Veracruz nunca cesa. Fue precisamente en Tlacotalpan donde nació el compositor Agustín Lara, a quien llamaban El Flaco (de Oro). Lara compuso Granada (1932) veintidós años antes de viajar por primera vez a España. E incluso el chotis Madrid (1948) sin conocer tampoco la capital. Cuando llegues a Madrid, chulona mía,/ voy a hacerte emperatriz de Lavapiés/ y alfombrarte con claveles la Gran Vía/ y bañarte con vinillo de Jerez. Recientemente a alguien se le ocurrió insinuar (que no afirmar) que Lara había plagiado Madrid del maestro Rafael Oropesa, exiliado republicano en México y coautor del pasodoble Chiclanera. Y entonces los escritores Guadalupe Loaeza y Pável Granados -biógrafos del compositor- salieron en acalorada defensa de la mexicanidad de este chotis castizo. Restituyéndole inmediatamente el honor a Lara. Que nunca lo había perdido. Porque después nadie se hizo responsable de haber prendido la mecha de la polémica. Y el asunto quedó reducido a un chascarrillo que al parecer circulaba en los años 50 entre miembros del exilio republicano. Lo que ocurre es que Lara -que se había unido a la Revolución en 1917 y había presenciado fusilamientos de cristeros- nada más llegar a Madrid en 1954 se dejó agasajar por Franco, que era un entusiasta de sus composiciones. No en vano en 1942 compuso una jota que llamó Españolerías. Y todo coqueteo de México hacia la España no reconocida oficialmente levantaba ampollas entre la colonia republicana. Puesto que en este este país radicaba la sede del Gobierno en el exilio. Y las nostalgias eran conducidas con disciplina militar, salvo en el caso del torero Manolete. Icono entonces de la España popular. Cuyo retrato se introdujo rapidamente en los hogares republicanos acompañando al de Azaña. Después de debutar en 1945 en el coso de la calle de Insurgentes. Y hacerse amigo de Indalecio Prieto, que lo invitó a compartir un cocido en su casa mexicana en víspera de su primera corrida en la capital.

En 1933 Agustín Lara conoció en el Hotel Diligencias de Veracruz a Tobías Carbajal Rivera, que poseía en Tlacotalpan una cantina llamada El Encanto. El bueno de Tobías empezó a cartearse con El Flaco. Y éste -que dejó su ciudad natal a los seis años- sintió por él un cariño especial. Hasta que en 1965 viajó a Tlacotalpan atraído por la ciudad donde dio sus primeros pasos. Tobías le presentó a sus siete hijos de corta edad, que correteaban por los alrededores del establecimiento. Y Lara, en un ejercicio de ingenio y extraordinario humor, rebautizó la cantina con el nombre de Blancanieves. Desde entonces este local es el santuario de Agustín Lara en México. Fallecido su propietario, ahora rige la cantina el único varón de aquellos siete infantes. Tobías Carbajal Domínguez. Con quien Marlén y yo hemos echado el día. Probando sus famosos toritos en su versión más veracruzana (alcohol de caña, leche y cacahuate), escuchando anécdotas de Lara y contemplando el sinfín de objetos que atesora el local, desde piezas del Bar Chicote a cartas remitidas por Nixon o Konrad Adenauer, pués el viejo Tobías sentía pasión por la correspondencia. Todo un personaje, que tampoco conocía España pero que de oidas sabía todo de ella. Tlacotalpan está bañada por el río Papaloapan, que en nahualt significa lugar de mariposas. Es uno de los ríos más caudaloso del país. Y desemboca en Alvarado (Golfo de México), ciudad camaronera y de enorme belleza paisajística por su laguna salobre. Tlacotalpan es patrimonio de la humanidad por la Unesco, pero la doble crecida del río en 2010 situó las aguas a la altura del mostrador de la cantina Blancanieves. Causando graves daños y estropeando su encanto. Fue reconstruido en meses. Y hoy el caserío colonial luce su tradicional colorido, incorporando a su patrimonio indicativos de hasta donde llegaron las aguas. De los siete hermanos Carbajal sólo quedan seis. Y de las cinco mujeres, dos de ellas -Elvia y Claraluz- regentan una dulcería, pués los Carbajal arrastran también tradición confitera. Mostachones, regañaditas, dulces de leche y tortas de almendras son nombres que han sobrevivido a los tiempos desde la colonia. En esta ciudad también dio sus primeros pasos el almirante Juan Bautista Topete y Carballo, hijo de tlacotalpeña e inductor de La Gloriosa. El pronunciamiento revolucionario que destronó a Isabel II en 1868. Y también por aquí en 1518 navegó pacificamente (y remontando el río) el capitán Pedro de Alvarado, precursor de Cortés, a quien los indios llamaron Tantiuh (El Sol) por sus barbas y cabellos rubios. Cada 2 de febrero, Tlacotalpan celebra las fiestas de la Candelaria. Que comprenden encierros, para los que se emplean seis reses de la raza cebú que cruzan el rio desde las rancherías vecinas arrastradas por barcas. El cielo ha permanecido todo el día emborregado. Aunque el sol nunca perdió su compostura. En los humedales próximos a Tlacotalpan sobrevuelan gavilanes pescadores, jacamas norteñas y garcetas tricolor. Y en el puente de Alvarado, la Marina controla uno a uno el paso de vehículos fuertemente armada. Mientras que entre Arbolillo y Camaronera, a mitad de camino hacia Veracruz, grupos de muchachos salen a la carretera 180 vendiendo doradas de coco (obleas) coincidiendo con la caída de la tarde. La música en Veracruz nunca cesa. Y la marimba Reyna -camisa roja y pantalón blanco- continúa amenizando esta noche cálida (y estrellada) frente al puerto. Después de un viaje al corazón de Agustín Lara. Tlacotalpan mi sueño, mi promesa,/ espuma en el tazón de chocolate,/ deshilado mantel sobre la mesa/ y duelo de muñeca en el metate (1).

(1) Metate: mortero de piedra empleado desde la antigüedad por los pueblos de Mesoamerica para moler los granos de maiz.

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Estampa mexicana

21 octubre 2011 | 28 Comentarios

Me he pasado la mañana en la Feria del Libro de la Ciudad de México. Que está emplazada en el Zócalo. Junto a la Catedral y el Palacio Nacional. El Zócalo es una de las plazas coloniales más hermosas de América. En ella se celebra jubilosamente cada 16 de septiembre el grito de la Independencia. Y en ella se refugian en cuanto pueden los que apenas tienen voz para que se les escuche. El día amaneció frío, pero se ha ido templando. Luce un sol espléndido al filo del mediodía. Que se ha apoderado de calles y plazas permitiendo colores que escasean durante el año salvo en otoño. En los rincones más concurridos del Zócalo los ambulantes pregonan nieves de limón con guanábana. Mientras los organilleros (o cilindreros) se distribuyen al paso de la multitud poniéndole música a la ciudad. Llevan el uniforme que usaron Los Dorados de Villa, que fue la soldadesca a caballo de este general revolucionario. Aquí está Francisco Villa/ con sus jefes y oficiales./ Es el que viene a ensillar/ a las mulas federales. Así comienza el corrido. Pero los cilindreros sólo ofrecen música. Estos instrumentos de madera (Harmonipan) llegaron a México desde Alemania durante el Porfiriato. Por aquello de dotar de glamour europeo a la dictadura. Tienen forma de cajón. Y pueden ser trasladados al hombro. Hoy son piezas de museos que alegran con música las calles del Zócalo. La Revolución sigue palpable en la vida cotidiana de México. Es como la historia que necesita estar presente siempre. Sobre todo por sus enseñanzas. No acabó como se pretendía, pero transformó el país. Pese a que fue mucha la sangre derramada. El presidente Madero fue asesinado junto a Pinos Suárez (segundo en el poder ejecutivo) en 1913. Seis años después caía acribillado a balazos en emboscada Emiliano Zapata. Y lo mismo le ocurrió a Villa en 1923. Pero con la diferencia de que la Revolución ya había pasado. Y éste último disfrutaba entonces de una rancho en propiedad aparentemente alejado de la política. La calle 5 de Mayo es una de las que llevan al Zócalo. En ella se encuentra La Ópera. Que es probablemente la cantina más delicada en ornato de la ciudad. Y desde hace pocos años la más antigua. Nació en 1906 como chocolatería, pero en 1932 incorporó una barra labrada. Y empezó a servir licores. Francisco Villa la allanó a caballo a su llegada a México. Y dejó un disparo en el techo. La Ópera era otro exponente del glamour europeo con el que perfumaba Porfirio Díaz su dictadura. Pero acabó en cantina como recuerdo de que por allí pasó la Revolución.

Dictadura y Revolución van de la mano en México encarnados por el organillo y su cilindrero uniformado al estilo de aquellos dorados de Villa. O por los dos periodos que marcan a La Ópera en el Siglo XX. También comparten  espacio en la Feria del Libro, que este año celebra su undécima edición. Me he hecho con un volúmen de bolsillo que lleva como título Cuentos de la Revolución.  Una antología de escritores mexicanos que emplearon esta narrativa para rescatar momentos de aquella época. Lo he emparejado con otro libro de la misma serie denominado Cuentos Románticos. Y que se suceden durante el tránsito de la Colonia al Porfiriato, con la Independencia de por medio. Van a ser mis dos lecturas en estos días que paso en Ciudad de México. En donde paseo cada mañana recordando mis tiempos como corresponsal de prensa extranjera. Pero acercándome también a la historia del país y a sus costumbres. Ya sean de la Colonia. Del Porfiriato. O de la Revolución. Porque los tiempos actuales no son los mejores para recordar. El Estado mexicano sufre hoy día el desafío del narcoterrorismo. Que está llenando las calles de cadáveres como consecuencia de una espiral que no acaba. Y que tiene atrapado al país sin que se avisten soluciones a corto plazo. La entrada principal de la catedral metropolitana de México lleva de nombre Puerta del Perdón. Denominación que es costumbre en las catedrales españolas. Porque esta se levantó durante la Colonia. Nada más entrar está expuesto al culto un crucificado de color negro que tiene sus piernas contraídas. Siempre está rodeado de inditos que le rezan. Le llaman el Señor del Veneno. Porque la leyenda asegura que sus pies fueron rociados de veneno para sorprender con la muerte a un sacerdote que acudía cada día a besar la talla. Cuentan los inditos que, cuando el sacerdote acudió a su rutina, el cristo contrajo sus piernas y se tornó en negro, advirtiéndole así del peligro. Y librándole de una muerte segura. En esta impresionante catedral barroca existen historias para elegir. Muy cerca del Señor del Veneno se encuentra el Santo Niño Cautivo. Es una talla de Martínez Montañés que fue adquirida en 1622 por un español llamado Francisco Sandoval con pretensión de donarla a la catedral. Cuando viajaba por mar con la talla fue apresado por los turcos. Y encerrado en una prisión de Árgel. Donde le permitieron permanecer junto a la imagen durante los siete años que duró su cautiverio. De ahí lo del Santo Niño Cautivo.

La Ciudad de México colocó en 1869 una lápida conmemorativa en la casa que habitó Humboldt en la calle Uruguay a principios del Siglo XIX. Después de casi 150 años la inscripción todavía sigue ahí. Frente a la septuagenaria Pastelería Madrid, que anuncia estos días el pan de muerto. Un bollo azucarado que se elabora tradicionalmente para las ofrendas del 1 (y 2) de noviembre. Humboldt fue el explorador alemán que calificó a México como El cuerno de la abundancia. Pero también el responsable del primer censo que se realizó en Nueva España, nombre que recibía este país en su época colonial. Estas calles próximas al Zócalo muestran vestigios de todos los tiempos. Por lo que me resulta fácil ir encadenando los diferentes proceso históricos de la ciudad. Desde Mesoamerica a nuestros días. Encerrado tras una fachada de construcción moderna se encuentra el Hospital de Jesús. Que fue el primer centro hospitalario que se creó en el continente americano. Y que fue fundado personalmente por Hernán Cortés en 1524 justo en el mismo lugar -un pago llamado Huitzilan- que cinco años antes había sido escenario del encuentro que sostuvo con el emperador Moctezuma. Los restos de Cortés reposan en la iglesia anexa al hospital, cuya sacristía -hoy segregada para uso noble del centro médico- conserva un artesonado del XVI compuesto por 153 octoedros labrados en madera fina con rosetas que llevan incrustadas polvo de oro. El Hospital de Jesús es una de las joyas coloniales de la capital mexicana. Y guarda equilibrio histórico con las ruinas del Templo Mayor que se exiben a un costado de la catedral metropolitana. Descubiertas en la segunda mitad del Siglo XX  a consecuencia de la obras del Metro, dan fe de que en ese lugar radicó una gran cultura previa a la llegada de los españoles. El paseo me devuelve a la Feria del Libro después de recorrer calles y plazas cargadas de historia. Los dos principales auditorios instalados en el Zócalo con ocasión de la feria están dedicados al poeta Federico García Lorca y al profesor Adolfo Sánchez Vázquez, filósofo del exilio español recientemente fallecido. Sánchez Vázquez fue un buen amigo mío. Como también lo son sus hijos. Y tanto su recuerdo como el de Lorca en el Zócalo honran a México. Y a los mexicanos. Porque este país no sería como es hoy sin la contribución del exilio español. Que educó y formó a generaciones enteras de mexicanos trasladándoles su sabiduría. Los ambulantes que pregonaban nieves de limón con guanábana agotan sus existencias. Mientras los cilindristas caminan órgano al hombro hacia los puestos de carnitas y chicharrón en busca del almuerzo. El Zócalo se ha quedado sin música. Pero siempre le asiste la leyenda cantada de la Revolución. Que sigue palpable en la vida cotidiana de México. A la orilla de un camino/ corté una blanca azucena./ A la tumba de Zapata/ la llevé como una ofrenda.

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