Suelo visitar el Museo de Cádiz cada vez que acudo a la ciudad. Como en este caluroso (y agotado) agosto que reclama lugares sombríos. Cuando no climatizados. Encontrarme con esta pequeña (pero importante) pinacoteca es ya una costumbre. Que inicié siendo adolescente empujado por la primera obra de arte catalogada que presencié en mi vida. Y que perteneció al mayorazgo de los condes de Monte Alegre. La visión de San Francisco, un Greco que se encuentra en una iglesia a seis manzanas de la casa donde nací. La del Hospital de Mujeres. Espléndido edificio del barroco gaditano ya en desuso que hoy acoge dependencias del Obispado. El Museo de Cádiz gira fundamentalmente en torno a Zurbarán. Que da nombre a la colección más importante que reune. Un conjunto de 18 lienzos y tablas procedentes en su mayoría de la Cartuja de Santa María de la Defensión de Jerez de la Frontera, además del antiguo convento de Capuchinos de esa misma ciudad. Y que llegaron aquí en 1836 tras la desamortización de Mendizábal. Apoteosis de San Bruno es la obra más espectacular. Plasmada en un óleo sobre lienzo de grandes proporciones (y en forma de medio punto) que se supone presidía el segundo cuerpo de los tres que componían el retablo mayor del ábside de aquel monasterio. Y en el que el fundador de la orden -nacido en Colonia en 1032- aparece en éxtasis sorprendido por la luz divina, con la mitra y el báculo en el suelo. Que representan el rechazo de San Bruno a la dignidad episcopal (Reims) por considerarse inmerecedor de ella.
La mayor parte de las obras pintadas por Zurbarán para la Cartuja jerezana -hoy regida por una comunidad de monjas de Belén- se encuentra en Cádiz, salvo cuatro que se exhiben en el Museo de Grenoble, otra en el Nacional de Poznan (Polonia) y una última en el Metropolitan de Nueva York. Que unos llaman La Batalla de Jerez y otros la Virgen de la Defensión, si bien su nombre real es La batalla de moros y cristianos de El Sotillo. Lugar donde se erigió una ermita anterior a la Cartuja. En agradecimiento -según la leyenda popular- a la intercesión de la Virgen en 1248 en favor de las tropas del rey Fernando III. Aunque se ha intentado reconstruir la distribución original del retablo, ningún especialista ha sido capaz hasta ahora de lograrlo. Y menos con certeza. Caso de Paul Guinard, director de la Casa de Velázquez. Walter Liedke, comisario de pintura europea del Metropolitan. Y el erudito César Pemán, conservador durante décadas de la pinacoteca gaditana. Lo que no cabe duda es que el óleo sobre lienzo de la Virgen de la Defensión que se muestra en el Metropolitan es el que presidía el retablo. Y también el que arrastra más incidencias. Pese a que se encuentra en el museo neoyorkino desde 1920, ha corrido todo tipo de suertes. Formó parte del expolio de las más de 300 obras de arte que el barón Dominique Vivant Denon se llevó a Paris como botín de guerra tras la ocupación francesa de España. Fue expuesto en el Museo Napoleón (Louvre) de Paris en 1813. Y repatriado (además de restaurado) al año siguiente por la Real Academia de San Fernando, que se lo quedó en depósito. Regresó a Jerez en 1823, pasando a ser propiedad del vinatero José de la Cuesta. Que se lo vendió en 1837 por 40.000 reales al barón (Isidoro) Taylor como regalo para Luis Felipe I, último rey de Francia. Y empecinado en poseer una colección española capaz de ensombrecer al Prado. Durante diez años volvió a ser exhibido en el Louvre junto a otros 79 zurbaranes. Pero en 1853 -ya derrocado Luis Felipe- fue adquirido en subasta (Christies, 170 libras) por Henry de Labouchere, primer barón de Tauton. Pasando a las islas británicas hasta que su último propietario, el capitán (y crítico de arte) Robert Langton Douglas -que fuera director de la National Gallery de Dublín-, se lo vendió al Metropolitan.
Por estar ausente entonces de Madrid me perdí en 1988 la antológica de Zurbarán que reunió en el Prado lo mejor de su obra repartida por el mundo. De hecho, la exposición -inaugurada en el Metropolitan de Nueva York un año antes- reencontraba a los zurbaranes gaditanos con la que había sido la obra matriz del retablo, La Batalla entre moros y cristianos de El Sotillo. Aunque faltaba una de las diez magníficas tablas de monjes cartujos (y ángeles turiferarios) que se supone ornamentaban -al parecer en forma de semicírculo- el pasillo del sagrario. Y que desapareció coincidiendo con el saqueo francés de la Cartuja. Que fue convertida en cuartel de las tropas invasoras tras la huida precipitada de los monjes a Cádiz. Hoy se guarda ausencia a esta tabla en la composición que se ha recreado en la sala de la galería gaditana para la exhibición del conjunto artístico. Tal como lo hace en Atenas el nuevo museo de la Acrópolis con las piezas expoliadas del Partenón que se exponen en el Bristish Museum. Pero la suerte está en que se conoce perfectamente la iconografía de la tabla desaparecida puesto que existen dos copias en poder de coleccionistas privados que así lo acreditan. Pese a ello, mi intención es conocer el retablo completo allí donde estén sus piezas. He tenido la suerte ya de presenciar en el Metropolitan la grandiosidad de la obra principal. Y espero en breve viajar a Grenoble para conocer los cuatro zurbaranes de su museo y contarlo. Me queda La Virgen del Rosario que se exhibe en Poznan. Cuya pinacoteca, con obras de Ribera, Alonso Sánchez Coello y Carreño de Miranda, alberga la mayor colección de pintura española de Polonia. El rostro de esta Virgen del Rosario -que aparece venerada por los monjes cartujos Domingo de Helion y Adolfo de Essen- está inspirado en el de Margarita de Baviera, hija de Felipe II de Borgoña y fundador de la Cartuja de Champmol. Fue adquirido a mediados del XIX en Londres mediante subasta por el polaco Atanasio Raczynsky porque el primero de los dos cartujos había nacido cerca de Gdansk y porque se supone también que es el precursor del rezo del Santo rosario. También es mi deseo acceder en algún momento a los coleccionistas que conservan copia de la tabla desaparecida. Mientras tanto, continuaré acudiendo al Museo de Cádiz durante mis estancias en la ciudad. Y seguiré buscando a Zurbarán en las paredes del Prado. Que me ha descubierto a este maestro extremeño más allá de la pintura monástica. Con sus diez lienzos mitológicos sobre Hércules. O la Defensa de Cádiz frente a los ingleses. Cuadro de enorme valor histórico que le encargó Felipe IV para el Salón de Reinos del Palacio del Buen Retiro. Y que representa una de las pocas ocasiones en que los ingleses sufren derrota por parte de España. Mil muertos y treinta buques destruidos. Pero esto ocurrió en 1625. Y si no es por el pincel de Zurbarán nueve años después apenas nadie hoy aún lo recuerda. Ese es el valor documental de la pintura.
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Agosto, 2010. He estado en el estreno de Calígula en el Teatro Romano de Mérida por parte de la compañía L’Om-Imprevís. En una noche apacible. Y en un marco único como el que conforma este recinto pétreo. Considerado uno de los doce tesoros de España. Y que desde hace 56 años convoca cada verano a un festival de teatro clásico muy exigente consigo mismo. He ocupado localidad de orchestra. Que era el semicírculo inferior del graderío al que acudían los senadores de esta primitiva Colonia Augusta Emérita. La Mérida que fundara Augusto en el 25 a.c. como ciudad-puente de retiro para soldados licenciados de la V (Alaudae) y X legión (Gemina). Y que poco tiempo después se convirtió en capital de Lusitania. Camús nació en una familia de pied-noirs de la Argelia francesa. De padre viticultor y madre analfabeta y sorda, España estuvo de alguna forma presente en su vida. De hecho su madre era originaria de Menorca. Y la mujer que le acompañó en el lecho hasta su muerte (1960) fue María Casares, la gran actriz del exilio español en Francia. Hija de Casares Quiroga, jefe del último gobierno de la II República antes del levantamiento militar. Convencido estoy de que al nóbel le habría encantado que María Casares hubiera representado en este Teatro Romano el papel de Cesonia. La cuarta mujer de Calígula. Como hiciera Margarita Xirgu en 1933 al encarnar a Medea en Séneca. La obra adaptada por Miguel de Unamuno con la que se restablecieron las representaciones en Mérida. Con Manuel Azaña ocupando asiento de orchestra. Pero el papel de Cesonia ha correspondido esta noche a la jovencísima actriz hernaniarra Garbiñe Insausti. Una de las grandes promesas del teatro español.
Llego a la cueva rayando el mediodía. Somos sólo quince personas las que integramos este segundo turno del día que visita el yacimiento rupestre. El más occidental de Europa. Y que desde 2008 es patrimonio de la humanidad junto a otros diecisiete asentamientos prehistóricos de la región cantábrica que han sido concebidos como extensión de la Cueva de Altamira. La boca de la caverna se encuentra en un cerro de calizas carboníferas de unos 180 metros de altitud llamado La Peña. Y una placa en marmol lamenta con dolor de parte del Ayuntamiento su explotación irracional desde su descubrimiento oficial en 1919 por el arqueólogo Eduardo Hernández Pacheco hasta 1980, en que tuvo que ser cerrada aquejada del mal verde. Colonias de musgos, helechos y algas que se extendieron por la cueva poniendo en peligro las pinturas rupestres. Como consecuencia de un despropósito motivado por las visitas masivas, la utilización de luces inadecuadas y el abuso del interior para otras funciones. Entre ellas la celebración de misas ante una imagen mariana emulando a la Santina. A lo que se añade la mano exterminadora del hombre, que desde que se abrió la cueva hasta los años cuarenta realizó todo tipo de barbarie e incuria, dejando graffitis sobre las paredes e incluso grabados y raspados sobre las propias pinturas. Este crimen -que hoy se penaliza con multas que van de los 150.000 a los 900.000 euros, según reza a la entrada- ha quedado ya para siempre unido al destino (y a la desgracia) de la cueva, que volvió a abrirse al público en 1995 tras quince años de arduos (y delicados) trabajos de recuperación. Por eso sólo se permiten tres turnos de visitas diarias en cinco días a la semana y durante dos periodos del año. En Semana Santa y en la época estival, que es cuando está más poblado el concejo y las temperaturas resultan más livianas.
Estos apuntes me llegan a la memoria cuando estoy bajo el balcón del Teatro Real que asoma a los jardines de la plaza de Oriente. Frente a la estatua ecuestre de Felipe IV. Y en línea con ese otro balcón histórico del Palacio Real que atesora recuerdos en blanco y negro. Como aquel 11 de diciembre de 1931 en que Niceto Alcalá Zamora compareció ante los madrileños ya investido oficialmente como presidente de la II República. Son las 23.30 del domingo 25 de julio. Hace media ahora que ha acabado la representación de Simon Boccanegra. Melodrama también de Verdi (basado igualmente en una obra homónima de García Gutiérrez) que el Teatro Real ha querido compartir con los madrileños mediante una pantalla al aire libre que ha trasladado a los jardines (con excelente acústica) la representación que se estaba desarrollando dentro. Placido Domingo (que hacía su debú como barítono) comparece en el balcón para agradecer la presencia de los 2.000 espectadores que han seguido desde sillas habilitadas los cuatro actos de esta ópera. Momentos antes había disfrutado de 24 minutos (y 28 segundo) de sonora ovación sobre el escenario. Con Sofía de Grecia en el Palco Real secundando a un público enardecido. Un record respecto al jueves 22. Tarde del estreno, aunque con diferente reparto. 9 minutos. Y record también del Teatro Real. Que tenía establecido en 15 minutos la mayor ovación a una obra. Tristán e Isolda, de Richard Wagner.
Los tunecinos hablan con pasión de su historia. Que mantienen viva cuando entran en conversación con los europeos. Ocurre lo mismo en México con la Conquista. Que siempre recobra actualidad cuando el interlocutor es español. Pero en Túnez la cosa es distinta. Quizás sea una manera de presumir de país. Y también de ser diferente en una región como el Magreb con estados de personalidad muy acusada. Caso de Argelia y Libia, entre los que se encuentra encorsetada esta pequeña república mediterránea cuyo principal recurso es el petróleo. Nada comparable con la producción de sus dos vecinos. Y cuya explotación está bajo control del Estado. He pasado muchas horas paseando por la medina de la capital tunecina. Declarada en 1979 patrimonio de la humanidad por la Unesco. Bajando por ese serpentín de callejuelas que va desde el Palacio del Bey -hoy oficina del primer ministro- a la Puerta de Francia. Oliendo a especies. Rebuscando baratijas. Y acompañado por las llamadas a la oración del muecín de la Mezquita Zitouna. La Puerta de Francia recibe su nombre de los europeos, pero los tunecinos la conocen como Bab Bhar. Que significa Puerta del Mar. Y que era el acceso más próximo de la vieja ciudad amurallada al Mediterráneo. Sin embargo, el verdadero puerto de Túnez está a diez kilómetros al sur de la ciudad. La Goulette. Que no tiene nada que ver con el buque de dos mástiles con velas aúricas. Sino con la gola de río. Que en este caso responde al canal de 28 metros de largo que comunica el Lago de Túnez con mar abierto. La Goulette fue hasta 1964 un asentamiento siciliano. Que se formó cien años antes con familias de pescadores y trabajadores dedicados a la carga y estiba. Y que convivían con otras de confesión judía y musulmana en una armonía idílica que fue desapareciendo -al igual que esta colonia pluriconfesional- entre la II Guerra y la de los Siete Días.
Con Pilar, una de ellas, pasé gratos momentos en aquel Bogotá de los 90 donde no cesaban las bombas. Ni los crímenes políticos. Entonces perpetrados por el ELN. O por las FARC, guerrillas que estaban enfrentadas. Pero cada tarde periodistas y políticos nos reuníamos de asueto en el barrio de la Candelaria. Para terminar después, prolongando la diversión y sin importarnos los controles militares, a una hora de carro en Andrés Carne de res. El local de moda, donde la tradición obliga a bailar sobre las mesas a ritmo de vallenato, merengue o salsa. Aquella joven se había incorporado a la guerrilla como idealista después de que Milans del Bosch sacara los carros de combate por las calles de Valencia. Y en pleno desencanto de la izquierda española con Felipe González por el ingreso de España en la OTAN. Le costaba adaptarse a la rutina burocrática de un ministerio. Lejos ya de la selva. Y de la acción armada, aunque me confesó que como sanitaria siempre estuvo en retaguardia. Donde nadie solía portar armas. Cierto o no, Pilar era -un año después de la desmovilización del M-19- una mujer desubicada. Que tuvo que recuperar los zapatos de tacón para acudir a diario al ministerio. Porque las mujeres colombianas así lo hacen. Y ella no podía ser la excepción. Que bailaba con periodistas y políticos sobre una mesa del Andrés Carne de res de la misma manera que lo podría estar haciendo a esas horas de la noche en El Negrito, en el barrio del Carmen de su Valencia natal. Local nocturno que frecuentaban también periodistas y políticos en aquellos años. Y para lo que no merecía la pena residir a tanta distancia. Desde aquel viaje no supe más de ella. Pese a que seguí viajando a Colombia, donde me tocó cubrir la muerte del narcotraficante Pablo Escobar (1993). El mayor criminal de la historia de ese país, con más de 5.000 asesinatos a sus espaldas. Y que para los pobres de Medellín se había convertido en un engañoso Robin Hood que les facilitaba recursos a cambio de adhesiones. Siempre invocando al Santo Niño de Atocha, del que era ferviente devota su madre Hermilda. Y para cuyo culto costeó capillas en muchos rincones de la República.
Dicho lo anterior, me resulta difícil comprender que una entidad financiera como Cajasol -la décima de España en solvencia financiera- se haya embarcado en un proyecto faraónico para la capital andaluza cuando obras de ese empaque ya materializadas han fracasado. Como el Estadio Olímpico. Cerrado a cal y canto. Y que hoy representa la mayor vergüenza de Sevilla. Pero supongo que ese afán de querer ser el mejor, el más grande, el más rico (y el más guapo) fue el que empujó a los dirigentes de esta entidad crediticia a poner en marcha la construcción del rascacielo. Que cuenta con el apoyo entusiasta del Ayuntamiento de izquierdas. Y que se supone va a albergar las oficinas de la entidad en el ámbito de La Cartuja. Espacio donde se ubicó en su día la Expo 92 y que, a duras penas desde entonces, se ha ido integrando paulatinamente en la ciudad como parque empresarial, tecnológico y científico que -afortunadamente- da empleo ahora a 11.000 personas. La decisión de levantar la torre es anterior a 2007. Que es cuando se colocó la primera piedra. Y cuando la economía de nuestro país atravesaba momentos de euforia debido a la burbuja inmobiliaria. Que supogo supo aprovechar Cajasol para escalar posiciones en el ranking de cajas españolas. Y que hoy están condenadas a fusionarse de súbito. Como ella misma, que en las últimas semanas está recibiendo mensajes políticos tendentes a la búsqueda de un socio con quien compartir sus recursos. Desde 2007 a 2010 han sucedido muchas cosas en España. Y entre mayo y junio del presente, las más drásticas de todas. Como el brusco viraje a la derecha del Gobierno Zapatero poniendo al descubierto fragilidades que hasta ahora se ocultaban. O se negaban. Por eso no comprendo que se paralicen obras de infraestructura pública en carreteras y ferrocarriles tan necesarias para los españoles con la excusa del ajuste económico. Y que se carguen contra los derechos laborales, las pensiones y la fiscalidad de las clases medias los errores de nuestros políticos. Mientras en Sevilla se levanta un edificio de planta elíptica con 40 pisos y fachada de acero y vidrio salvaguardado de los rayos del sol por láminas de cerámica. Lo que me recuerda sonoramente a esos platos elaborados con apellidos que ofrecen algunos chefs cursis para sentirse importantes en el mundo de la restauración.
Era El Cortijo un local de vigas y ventanas de color verde. Y suelo de madera. En el que destacaba una galería de fotos entremezcladas con cartelería taurina célebre. Que daba abrigo a un conjunto de mesas y sillas de anea del mismo color decoradas con motivos flamencos. Y que me recordaba a otra histórica taberna -ésta gaditana- ya desaparecida. La Privadilla, en la plaza de Gaspar del Pino. Que ya existía cuando se redactó la Constitución doceañista. Muy cerca de El Cortijo se encontraba una tienda de grabados y libros antiguos regentada por un matrimonio. Ella de nombre Isabel. Belleza gaditana afincada en Madrid. E hija de Salud la del Batinao, copropietaria de uno de los meublés más distinguidos que existió en Cádiz en el primer cuarto del siglo xx. En la calle José de Dios, otrora llamada Cuesta de la Tenería de Recaño. Me contó Paco Orcha que la gente entraba en la librería siempre con excusas para observar el enorme parecido que tenía Isabel con José Antonio Primo de Rivera. Pués siempre se dijo que era hermana natural de los hijos del Dictador. Nacida de una relación de éste -ya viudo- con la tal Salud cuando estaba al frente del Gobierno militar de Cádiz. Entre 1915 y 1917, en plena I Guerra. Con estas conversaciones de tabernas a veces me siento como el que busca localizaciones para el rodaje de películas. Profesión que jamás he ejercido, pero que creo no se debe alejar mucho de lo que hago. Se lo voy a comentar a mi amigo Carlos Rosado, presidente (h) de la Spain Film Comission, para salir de dudas. Mientras tanto, voy a seguir con esta estancia en Casa Ciriaco. Donde Jacinto, el segoviano encargado del mostrador, comienza a llenar con vino de Villaconejos las frascas que van destinadas al comedor. Y de la cocina llegan las primeras fuentes con aperitivos. Empanadillas de atún. Croquetas de pollo. Tortilla de patatas. Mejillones de las Rías Gallegas.
Mi padre tenía una Parker 51 de color verde con capuchón bañado en oro. Era una estilográfica preciosa que luego me enteré que había sido diseñada por el artista húngaro Laszlo Moholy-Nagy. De niño le pregunté un día por su origen. Y me contestó que se la habían traído de Nueva York. Le dije que yo también quería una. Y a las pocas semanas me sorprendió con una Parker 21 negra con capuchon de acero, que fue la estilográfica todoterreno que me acompañó en mis primeros años escolares. Hasta que a mediados de los 60 la sustituí por un bolígrafo. También Parker, modelo classic. Con su inseparable distintivo en forma de flecha. E igualmente procedente de Nueva York. Donde eran adquiridos por empleados de la Compañía Trasatlántica que -a su vuelta a Cádiz- los revendían en determinados círculos de la ciudad para ganarse unas pesetas. Cuando llegué por primera vez a Nueva York en los años ochenta lo primero que hice fue comprarme una pluma y un bolígrafo como aquellos. Que todavía tengo, aunque no los uso. Porque los productos de la Parker Pen Company fueron mi primera referencia de esta ciudad. Que ya en 1922 había sido conquistada por Concha Piquer. Cinco años de éxito en los teatros de Broadway. Y que en 1929 eligió Lorca para escribir uno de sus poemarios más profundos. Poeta en Nueva York. O en 1941 la bailaora Carmen Amaya, que debutó en el Carnegie Hall en un espectáculo donde llevaba como acompañantes a Sabicas, en la guitarra, y Antonio Triana, su pareja de baile. Eduardo Arroyo pintó en 1988 Carmen Amaya fríe sardinas en el Waldorf Astoria. Plasmaba así el incidente con humareda que protagonizó aquella genial artista gitana en el citado hotel cuando volcó el sommier de su cama para asar unas sardinas que momentos antes había adquirido en una pescadería de la Gran Manzana. Esta otra anécdota -que además resulta graciosa- se hace dueña de mi al regresar al Waldorf, que es precisamente el hotel donde me he alojado estos días. En Park Avenue, entre las calles 49 y 50. Ya sentado frente a la barra del Peacock Alley (lounge-bar) con una margarita que me acaba de preparar el barman con tequila silver de la Casa Cuervo. Allí junto al lobby, que parece una calle más de Nueva York. Pero con el glamour que le proporciona el lujo confortable de un hotel como éste. Y junto a ese espléndido reloj de bronce y caoba allí instalado que la Goldsmith Company de Londres exibió en la Feria Mundial de Chicago de 1893. Joya que The Waldorf Astoria luce con orgullo para admiración de quien por el lobby pasa.
Todo este entresijo de nombres reales me invade. Y me envuelve. Como tela de araña. Reinas que mueren en plena juventud. Conspiraciones palaciegas. Caza mayor, caza menor. Meninas velazqueñas. Infantas encorsetadas. Matrimonios endogámicos. Y una galería de retratos de El Hechizado a cual peor. Es domingo 13 de junio. El reloj marca hora lorquiana. Y el cielo cubierto amenaza lluvia. Que no llega a producirse. Paseo entre el Museo del Prado y el Parque del Retiro. Tranquilo, pero con destino. Dejando a mi derecha el Monasterio de los Jerónimos. Felizmente asociado ahora a la modernidad gracias al cubo de Moneo. Es este uno de los enclaves más solemnes, pero también más recios de la arquitectura madrileña. Si la plaza de Oriente fue elegida como ubicación real por los Borbones, Los Jerónimos fue la de los Austrias. Especialmente en tiempos del Rey Planeta, amante del teatro. De ahí el Casón del Buen Retiro, salón de baile real que se aprovechaba para representaciones. Y amante también de alguna que otra actriz. Como fue La Calderona, conocida igualmente por Marizápalos. Madre del bastardo real Juan José de Austria, nacido castizo por haberlo parido aquella en la calle Leganitos. Cuya tumba profanaron El Hechizado y su malvada esposa un día en El Escorial. Que se entretenían así descubriendo como eran fisicamente los difuntos reales. Gracias a los embalsamientos. Hasta que el bastardo Juan José, cuyo cadáver no estaba incorrupto, les sorprendió con su esqueleto. Y despidiendo un fuerte hedor que inundó toda la cripta. Saliendo ambos corriendo. Después de todos estos esperpentos (anteriores a Valle) no sé como España no abrazó antes la República. Que ya existía en Venecia desde el siglo IX para prevenir el poder absoluto. Pero me conformo con El Hechizado, que es quien acaba con la Casa de Austria. Aunque pienso (y sostengo) que quienes vinieron después tampoco se salvan. Esta vez estoy en este enclave de paso. Camino del Retiro. Y de esa Puerta de Felipe IV, o de Mariana de Neoburgo, que me permite acceder al parterre. Donde voy en busca de un árbol sobre el que me ha puesto en antecedentes mi buena amiga Silviana Rivera. Mexicana de Veracruz. Que es donde Cortés -ya acompañado de Malinche- quemó sus naves ante sus capitanes. Y fundó la primera ciudad con cabildo de Nueva España. El hoy Puerto de Veracruz. Entonces Villa Rica. En tiempos de Carlos I, tatarabuelo de El Hechizado.
