BLOG de Fernando Orgambides

El planeta de las astas montantes

Entre zurbaranes

28 Agosto 2010 | 25 Comentarios

Suelo visitar el Museo de Cádiz cada vez que acudo a la ciudad. Como en este caluroso (y agotado) agosto que reclama lugares sombríos. Cuando no climatizados. Encontrarme con esta pequeña (pero importante) pinacoteca es ya una costumbre. Que inicié siendo adolescente empujado por la primera obra de arte catalogada que presencié en mi vida. Y que perteneció al mayorazgo de los condes de Monte Alegre. La visión de San Francisco, un Greco que se encuentra en una iglesia a seis manzanas de la casa donde nací. La del Hospital de Mujeres. Espléndido edificio del barroco gaditano ya en desuso que hoy acoge dependencias del Obispado. El Museo de Cádiz gira fundamentalmente en torno a Zurbarán. Que da nombre a la colección más importante que reune. Un conjunto de 18 lienzos y tablas procedentes en su mayoría de la Cartuja de Santa María de la Defensión de Jerez de la Frontera, además del antiguo convento de Capuchinos de esa misma ciudad. Y que llegaron aquí en 1836 tras la desamortización de Mendizábal. Apoteosis de San Bruno es la obra más espectacular. Plasmada en un óleo sobre lienzo de grandes proporciones (y en forma de medio punto) que se supone presidía el segundo cuerpo de los tres que componían el retablo mayor del ábside de aquel monasterio. Y en el que el fundador de la orden -nacido en Colonia en 1032- aparece en éxtasis sorprendido por la luz divina, con la mitra y el báculo en el suelo. Que representan el rechazo de San Bruno a la dignidad episcopal (Reims) por considerarse inmerecedor de ella.metropolitan-la-virgen-de-la-defension

La mayor parte de las obras pintadas por Zurbarán para la Cartuja jerezana -hoy regida por una comunidad de monjas de Belén- se encuentra en Cádiz, salvo cuatro que se exhiben en el Museo de Grenoble, otra en el Nacional de Poznan (Polonia) y una última en el Metropolitan de Nueva York. Que unos llaman La Batalla de Jerez y otros la Virgen de la Defensión, si bien su nombre real es La batalla de moros y cristianos de El Sotillo. Lugar donde se erigió una ermita anterior a la Cartuja. En agradecimiento -según la leyenda popular- a la intercesión de la Virgen en 1248 en favor de las tropas del rey Fernando III. Aunque se ha intentado reconstruir la distribución original del retablo, ningún especialista ha sido capaz hasta ahora de lograrlo. Y menos con certeza. Caso de Paul Guinard, director de la Casa de Velázquez. Walter Liedke, comisario de pintura europea del Metropolitan. Y el erudito César Pemán, conservador durante décadas de la pinacoteca gaditana. Lo que no cabe duda es que el óleo sobre lienzo de la Virgen de la Defensión que se muestra en el Metropolitan es el que presidía el retablo. Y también el que arrastra más incidencias. Pese a que se encuentra en el museo neoyorkino desde 1920, ha corrido todo tipo de suertes. Formó parte del expolio de las más de 300 obras de arte que el barón Dominique Vivant Denon se llevó a Paris como botín de guerra tras la ocupación francesa de España. Fue expuesto en el Museo Napoleón (Louvre) de Paris en 1813. Y repatriado (además de restaurado) al año siguiente por la Real Academia de San Fernando, que se lo quedó en depósito. Regresó a Jerez en 1823, pasando a ser propiedad del vinatero José de la Cuesta. Que se lo vendió en 1837 por 40.000 reales al barón (Isidoro) Taylor como regalo para Luis Felipe I, último rey de Francia. Y empecinado en poseer una colección española capaz de ensombrecer al Prado. Durante diez años volvió a ser exhibido en el Louvre junto a otros 79 zurbaranes. Pero en 1853 -ya derrocado Luis Felipe- fue adquirido en subasta (Christies, 170 libras) por Henry de Labouchere, primer barón de Tauton. Pasando a las islas británicas hasta que su último propietario, el capitán (y crítico de arte) Robert Langton Douglas -que fuera director de la National Gallery de Dublín-, se lo vendió al Metropolitan.

Por estar ausente entonces de Madrid me perdí en 1988 la antológica de Zurbarán que reunió en el Prado lo mejor de su obra repartida por el mundo. De hecho, la exposición -inaugurada en el Metropolitan de Nueva York un año antes- reencontraba a los zurbaranes gaditanos con la que había sido la obra matriz del retablo, La Batalla entre moros y cristianos de El Sotillo. Aunque faltaba una de las diez magníficas tablas de monjes cartujos (y ángeles turiferarios) que se supone ornamentaban -al parecer en forma de semicírculo- el pasillo del sagrario. Y que desapareció coincidiendo con el saqueo francés de la Cartuja. Que fue convertida en cuartel de las tropas invasoras tras la huida precipitada de los monjes a Cádiz. Hoy se guarda ausencia a esta tabla en la composición que se ha recreado en la sala de la galería gaditana para la exhibición del conjunto artístico. Tal como lo hace en Atenas el nuevo museo de la Acrópolis con las piezas expoliadas del Partenón que se exponen en el Bristish Museum. Pero la suerte está en que se conoce perfectamente la iconografía de la tabla desaparecida puesto que existen dos copias en poder de coleccionistas privados que así lo acreditan. Pese a ello, mi intención es conocer el retablo completo allí donde estén sus piezas. He tenido la suerte ya de presenciar en el Metropolitan la grandiosidad de la obra principal. Y espero en breve viajar a Grenoble para conocer los cuatro zurbaranes de su museo y contarlo. Me queda La Virgen del Rosario que se exhibe en Poznan. Cuya pinacoteca, con obras de Ribera, Alonso Sánchez Coello y Carreño de Miranda, alberga la mayor colección de pintura española de Polonia. El rostro de esta Virgen del Rosario -que aparece venerada por los monjes cartujos Domingo de Helion y Adolfo de Essen- está inspirado en el de Margarita de Baviera, hija de Felipe II de Borgoña y fundador de la Cartuja de Champmol. Fue adquirido a mediados del XIX en Londres mediante subasta por el polaco Atanasio Raczynsky porque el primero de los dos cartujos había nacido cerca de Gdansk y porque se supone también que es el precursor del rezo del Santo rosario. También es mi deseo acceder en algún momento a los coleccionistas que conservan copia de la tabla desaparecida. Mientras tanto, continuaré acudiendo al Museo de Cádiz durante mis estancias en la ciudad. Y seguiré buscando a Zurbarán en las paredes del Prado. Que me ha descubierto a este maestro extremeño más allá de la pintura monástica. Con sus diez lienzos mitológicos sobre Hércules. O la Defensa de Cádiz frente a los ingleses. Cuadro de enorme valor histórico que le encargó Felipe IV para el Salón de Reinos del Palacio del Buen Retiro. Y que representa una de las pocas ocasiones en que los ingleses sufren derrota por parte de España. Mil muertos y treinta buques destruidos. Pero esto ocurrió en 1625. Y si no es por el pincel de Zurbarán nueve años después apenas nadie hoy aún lo recuerda. Ese es el valor documental de la pintura.

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Calígula en Mérida

13 Agosto 2010 | 34 Comentarios

Calígula fue el tercer emperador de Roma. Era el primogénito de Germánico, valeroso general e hijo adoptivo de Tiberio. Desde niño estaba acostumbrado a convivir con las legiones romanas puesto que acompañaba a su padre en las expediciones. Calzaba las mismas sandalias que los soldados, las caligae (cáligas). De ahí que Cayo Cesar -su nombre real- fuera también conocido como Calígula, que es el diminutivo latino de cáliga. Muerto primero Germánico -y después Tiberio-, heredó el Imperio. Pero compartido con su primo Tiberio Gemelo, a quien mandó asesinar al poco tiempo convirtiéndose en emperador absoluto con sólo 25 años. Gobernó sólo cuatro, pero fue tan cruel, perverso y degenerado que da la impresión que su sangriento (e incestuoso) paso por la historia de Roma constituyó toda una era. Y fue también tan enfermizo su delirio que se creyó Júpiter. E incluso Hércules o Venus. Obligando al Senado (y al pueblo) a rendirle culto por sentirse superior al hombre. Murió asesinado al igual que Julio Cesar. En una conspiración de guardias pretorianos liderada por su jefe, Casio Quereas. Harto de las burlas que Calígula le sometía en público. Pero animado también a reinstaurar la República. Lo que resultó fallido, puesto que a Calígula le sustituyó su tío Claudio. Que lo vengó dando muerte a su asesino. En 1944, Albert Camús lleva a Calígula al teatro en un pieza que en un principio parecía haber nacido de las mismas entrañas del existencialismo. Pero que 66 años después se ha convertido en un clásico del teatro grecolatino. Que denuncia la perversión. Y que invita a una reflexión sobre el poder de los hombres. La existencia o no del amor. La libertad, la justicia y los totalitarismos.

romano-1Agosto, 2010. He estado en el estreno de Calígula en el Teatro Romano de Mérida por parte de la compañía L’Om-Imprevís. En una noche apacible. Y en un marco único como el que conforma este recinto pétreo. Considerado uno de los doce tesoros de España. Y que desde hace 56 años convoca cada verano a un festival de teatro clásico muy exigente consigo mismo. He ocupado localidad de orchestra. Que era el semicírculo inferior del graderío al que acudían los senadores de esta primitiva Colonia Augusta Emérita. La Mérida que fundara Augusto en el 25 a.c. como ciudad-puente de retiro para soldados licenciados de la V (Alaudae) y X legión (Gemina). Y que poco tiempo después se convirtió en capital de Lusitania. Camús nació en una familia de pied-noirs de la Argelia francesa. De padre viticultor y madre analfabeta y sorda, España estuvo de alguna forma presente en su vida. De hecho su madre era originaria de Menorca. Y la mujer que le acompañó en el lecho hasta su muerte (1960) fue María Casares, la gran actriz del exilio español en Francia. Hija de Casares Quiroga, jefe del último gobierno de la II República antes del levantamiento militar. Convencido estoy de que al nóbel le habría encantado que María Casares hubiera representado en este Teatro Romano el papel de Cesonia. La cuarta mujer de Calígula. Como hiciera Margarita Xirgu en 1933 al encarnar a Medea en Séneca. La obra adaptada por Miguel de Unamuno con la que se restablecieron las representaciones en Mérida. Con Manuel Azaña ocupando asiento de orchestra. Pero el papel de Cesonia ha correspondido esta noche a la jovencísima actriz hernaniarra Garbiñe Insausti. Una de las grandes promesas del teatro español.

Presenciar un clásico como Caligula en el Teatro Romano roza la magia. Invita a una regresión en el tiempo. E involucra al espectador en la trama. He experimentado estas tres sensaciones con la obra de Camús. Dirigida en esta ocasión por el creador valenciano Santiago Sánchez. El director que introdujo en España los match de improvisación teatral. Y con Sandro Cordero como Calígula. Actor asturiano que ya ha representado para L’Om-Imprebís papeles recios. Galileo. Don Quijote. Y Don Juan. Esta es la sexta vez que este depravado emperador que pretendía apoderarse de la Luna sube al escenario emeritense. La primera fue en 1963 con José María Rodero como actor principal. Que repitió en 1982 bajo la dirección de Luis Balaguer. Luego lo hicieron Imanol Arias (1990), Luis Merlo (1994) y el actor cubano Fernando Hechavarría (2007). Los actores del reparto (12) constituyen en el escenario una conjunción de equilibrios pero, tras el emperador (Sandro Cordero) y Cesonia (Garbiñe Isausti), el papel más llamativo es el de Helicón. El liberto que defiende a Calígula frente a los conspiradores. Y que encarna el actor guineano Gorsy Edú. Cuyas manos dan calidad artística al percusionismo africano que acompaña a la obra. Que ha llegado al Teatro Romano con más de cien representaciones tras su estreno nacional en Sevilla en 2009. Con cinco minutos de aplausos el público ha despedido esta noche a los actores (y al director) de Calígula. Que han cumplimentado la ovación al reflejo de antorchas de fuego ubicadas bajo el pulpitum (o escenario). Y al abrigo del frons scaenae (o frente de escena), cuyos dos cuerpos de columnas corintias han permanecido artisticamente iluminados durante la función. Poco a poco el público va desalojando las gradas. Aunque allí se queda como siempre la estatua sedente de Ceres. La diosa agrícola que preside el teatro. Y que con esta son ya seis las veces que ha visto a Calígula morir en Mérida a manos de sus pretorianos.

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Verano en Cándamo

08 Agosto 2010 | 33 Comentarios

Agosto, 2010. Estoy hospedado en Grado. Capital del concejo asturiano del mismo nombre. Muy cerca de donde discurre el río Nalón. He llegado hasta aquí necesitado de alojamiento, porque en realidad mi destino es Cándamo. Concejo asturiano vecino rico en yacimientos del Paleolítico. Y en donde se encuentra la llamada Caverna de Cándamo. Que sólo se abre en dos momentos del año para las visitas. Y de manera restringida. Me siento afortunado porque soy una de las 45 personas que hoy han podido visitar el yacimiento. Pero también por disfrutar del clima de esta maravillosa región de la España húmeda. Y por haber cenado la noche anterior en el Llar de Viri. Una rústica casa de comidas de San Román de Cándamo. Donde Elvira Fernández -su propietaria- me sorprende con su cocina de autor, obsequiándome de entrada con un pote de castañas. Extraordinario lugar éste en el que Elvira -Viri para sus paisanos- dirige los fogones igual que recibe o atiende la mesa. Porque ella se mueve sóla en el negocio. Y que (me consta) goza de excelente prestigio dentro y fuera de estos verdes valles del Nalón. Me cuenta un lugareño que Estrabón cita en su Geografía a esta tierra, de la que revela que sus primitivos pobladores adoraban con danzas a una divinidad sin nombre cada noche de luna llena. Al igual que en otras poblaciones del Principado de Asturias, en San Román de Cándamo está presente en su arquitectura la huella indiana. Que han dejado para la posteridad los muchos emigrantes de la localidad que hicieron las Américas. Y entre los que se encuentra Alonso Menéndez, quien en 1935 creó en Cuba la marca de cigarros Montecristo, además de hacerse -en compañía del avilesino José García- con la fábrica H. Upmann, fundada en 1843 en La Habana por el banquero alemán Hermann Upmann. Desde entonces, Montecristo es la más cotizada marca de cigarros habanos de la historia. Y su nombre se debe a la novela de Dumas, El conde de Montecristo. Con la que un lector de tabaquería hacía más agradable el trabajo de los torcedores de la fábrica. Que entusiasmados por las aventuras de Edmond Dantès incitan a Menéndez a crear la marca.

rupestre1Llego a la cueva rayando el mediodía. Somos sólo quince personas las que integramos este segundo turno del día que visita el yacimiento rupestre. El más occidental de Europa. Y que desde 2008 es patrimonio de la humanidad junto a otros diecisiete asentamientos prehistóricos de la región cantábrica que han sido concebidos como extensión de la Cueva de Altamira. La boca de la caverna se encuentra en un cerro de calizas carboníferas de unos 180 metros de altitud llamado La Peña. Y una placa en marmol lamenta con dolor de parte del Ayuntamiento su explotación irracional desde su descubrimiento oficial en 1919 por el arqueólogo Eduardo Hernández Pacheco hasta 1980, en que tuvo que ser cerrada aquejada del mal verde. Colonias de musgos, helechos y algas que se extendieron por la cueva poniendo en peligro las pinturas rupestres. Como consecuencia de un despropósito motivado por las visitas masivas, la utilización de luces inadecuadas y el abuso del interior para otras funciones. Entre ellas la celebración de misas ante una imagen mariana emulando a la Santina. A lo que se añade la mano exterminadora del hombre, que desde que se abrió la cueva hasta los años cuarenta realizó todo tipo de barbarie e incuria, dejando graffitis sobre las paredes e incluso grabados y raspados sobre las propias pinturas. Este crimen -que hoy se penaliza con multas que van de los 150.000 a los 900.000 euros, según reza a la entrada- ha quedado ya para siempre unido al destino (y a la desgracia) de la cueva, que volvió a abrirse al público en 1995 tras quince años de arduos (y delicados) trabajos de recuperación. Por eso sólo se permiten tres turnos de visitas diarias en cinco días a la semana y durante dos periodos del año. En Semana Santa y en la época estival, que es cuando está más poblado el concejo y las temperaturas resultan más livianas.

Rodeado de estalactitas y otras formaciones geológicas, alcanzo lo que llaman Sala de los Grabados. Que es donde se concentra la mayor parte de las representaciones artísticas de la cueva. Pese a que el descubrimiento se establece en 1919, el yacimiento ya se conocía desde la segunda mitad del XIX cuando un vecino de San Román apodado El Cristo se introdujo en su interior a través de un pequeño agujero en busca de minerales. Dos caballos y una cierva aparecen a la derecha entre signos lineales que se asemejan a un conjunto de flechas. Le sigue un muro de seis metros en el que destaca un primer panel con tres toros, dos bisontes, dos ciervos, una cabeza de jabalí y dos caballos. Uno de los toros mide 180 centímetros de longitud mientras el caballo apenas alcanza los 120. Las pinturas continuan en un segundo panel, que preside una cierva dibujada en negro. Y a la que acompañan una superposición de grabados y pinturas de la que sobresalen dos toros, tres ciervos, dos caballos, un antropomorfo y dos figuras de forma curva, una de las cuales ha sido interpretada como una foca. Mamífero que se supone habitó en la costa asturiana durante la última glaciación. Y que ha sido dibujado sobre un toro central de 228 centímetros. Es la mayor figura del panel junto a otro gran ciervo bramando que arrastra el impacto de una flecha, lo que induce a sospechar que está en berrea. Pero la joya de esta cueva de Cándamo es un caballo pintado en siena situado en un lugar llamado El Camarín, una especie de hornacina que el homo sapiens de este asentamiento nómada eligió para ser visto y, con toda seguridad, para recibir culto. Cada conjunto de pinturas y grabados pertenece a periodo diferente, si bien se estima que la expresión más antigua data de hace 18.000 años, en el Solutrense. Este caballo de Cándamo, concluida la visita, me acompaña todo el día por esto verdes valles. Quiero ver representado en su delicada figura al asturcón, el pequeño caballo asturiano que los romanos empleaban para transportar la minería. Pero no está cientificamente demostrado que sea así, pese a que hay quien afirma que los asturcones descienden del caballo solutrés. Que ya existía en Asturias coincidiendo con las primeras pinturas rupestres de la zona. Lo asumo como una fantasía propia del verano caluroso. Cuando camino buscando refugio en la arboleda de Cándamo. Fresnos y olmos. Chopos y sauces. Que me llevan a un paisaje que de repente hago familiar porque me recuerda a la poesía íntima de Ángel González. Milagro de la luz: la sombra nace,/ choca en silencio contra las montañas,/ se desploma sin peso sobre el suelo,/ desvelando a las hierbas delicadas.

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Trovador olvidado

27 Julio 2010 | 31 Comentarios

Il Trovatore es una magnífica ópera con música de Giuseppe Verdi (y libreto de Salvatore Cammarano) que fue estrenada en 1853 en el Teatro Apollo de Roma. Y que forma parte de su trilogía romántica, junto a Rigoletto y La Traviatta. Desde entonces no ha dejado de ser un éxito cada vez que se ha representado. Pero lo que no se conoce suficientemente es que esa ópera está basada en el drama caballeresco homónimo (El Trovador) del español Antonio García Gutiérrez. Que nació en 1813 en el seno de una familia modesta de Chiclana de la Frontera. Tuvo sus primeros escarceos poéticos en Cádiz cuando era estudiante de Medicina. Y se marchó a Madrid con 20 años coincidiendo con el fin de la década ominosa. Atraído por los jóvenes revolucionarios que encarnaban el movimiento romántico. Y al que pertenecían Espronceda, Ventura de la Vega y Larra, entre otros. Todos ellos tan comprometidos con la causa liberal como exaltados en sus escritos literarios. Y que frecuentaban la tertulia de El Parnasillo. Que se reunía en el viejo y destartalado Café del Príncipe, contiguo al Coliseo del mismo nombre. Y después rebautizado como Teatro Español. Logrado el propósito, García Gutiérrez alcanza su primer éxito en Madrid a los 22 años con el estreno en el Coliseo del Príncipe de El Trovador. Drama en verso cuya trama se desarrolla en el siglo XV en Aragón en torno a un litigio dinástico no exento de amores pasionales y venganzas. Y cuya función inaugural sobre tablas fue memorable, a tenor de la crítica que ha dejado escrita para la posteridad Mariano José de Larra en el diario El Español. Porque los registros indican que ha sido la obra teatral más aplaudida hasta la fecha por el público. Que reclamó al autor que subiera al escenario para saludar en solitario después de que lo hiciera el reparto. Costumbre que quedó instaurada desde entonces en los estrenos teatrales de España.

el-trovador2Estos apuntes me llegan a la memoria cuando estoy bajo el balcón del Teatro Real que asoma a los jardines de la plaza de  Oriente.  Frente a la estatua ecuestre de Felipe IV. Y en línea con ese otro balcón histórico del Palacio Real que atesora  recuerdos en blanco y negro. Como aquel 11 de diciembre de 1931 en que Niceto Alcalá  Zamora  compareció ante los madrileños ya investido oficialmente como presidente de la II República. Son las 23.30 del domingo 25 de julio. Hace media ahora que ha acabado la representación de Simon Boccanegra. Melodrama también de Verdi (basado igualmente en una obra homónima de García Gutiérrez) que el Teatro Real ha querido compartir con los madrileños mediante una pantalla al aire libre que ha trasladado a los jardines (con excelente acústica) la representación que se estaba desarrollando dentro. Placido Domingo (que hacía su debú como barítono) comparece en el balcón para agradecer la presencia de los 2.000 espectadores que han seguido desde sillas habilitadas los cuatro actos de esta ópera. Momentos antes había disfrutado de 24 minutos (y 28 segundo) de sonora ovación sobre el escenario. Con Sofía de Grecia en el Palco Real secundando a un público enardecido. Un record respecto al jueves 22. Tarde del estreno, aunque con diferente reparto. 9 minutos. Y record también del Teatro Real. Que tenía establecido en 15 minutos la mayor ovación a una obra. Tristán e Isolda, de Richard Wagner.

No sé si este prolongado aplauso a Plácido Domingo fue superior al que recibió García Gutiérrez en 1836 tras el estreno de El Trovador. Sea como fuere, a cada uno lo suyo. Pero eso no impide que piense que parte del éxito pertenece al gaditano allá donde esté. Máxime por ser el gran olvidado de la noche. En la que también me acordé de mi buen amigo Francisco Pérez Gandul. Excelente escritor sevillano al que honra la autoría de Celda 211. La novela que inspiró la película de su mismo nombre dirigida por Daniel Monzón. De enorme éxito en taquilla y galardonada con ocho Goyas el pasado mes de febrero. Muy generoso fue Pérez Gandul con el cine español al valorar la calidad de la película. Que la tiene. Pese a que la Academia no tuviera el detalle (nunca la obligación) de invitarle a la ceremonia de entrega de los premios por la calidad de su novela. Pero estos préstamos de ideas (de origen) se dan a menudo. De hecho, El Trovador de García Gutiérrez inspiró en 1860 la novela homónima de Ramón Ortega y Frías. E incluso en Zaragoza fue bautizada con ese nombre la torre más antigua del palacio de la Aljafería. Porque fue el escenario elegido por el autor gaditano para el drama. Y porque el éxito obtenido (más el de la ópera de Verdi) influyó en la imaginación de los zaragozanos. No he hallado en la biografía de García Gutiérrez referencia alguna que revele un encuentro con Verdi, aunque me consta que el músico de Roncole lo apreciaba en demasía. Es probable que se vieran en Madrid en 1863 durante la estancia de éste en la capital con motivo del estreno de La Forza del Destino. Y cuando García Gutiérrez preparaba Venganza catalana, otra de sus grandes piezas teatrales junto a El Trovador y Simón Boc(c)anegra. Pero de Italia sólo se sabe que fue cónsul de España en Génova en 1870. Tal vez el único momento de su vida donde se sintió de verdad trovatore.

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Pequeño país

22 Julio 2010 | 34 Comentarios

Habib Bourguiba fue un excelente presidente que lideró Túnez durante treinta años. Y que fue derrocado in extremis por su primer ministro Zine el Abidine Ben Ali -hoy presidente- porque entró en delirio a consecuencia de una demencia senil. Ocurrieron estos sucesos en 1987. Cuando yo ejercía como corresponsal de El País en el Norte de África. Lo que me permitió ser testigo del deterioro físico (y progresivo) de aquel respetado estadista. Que entonces tenía 83 años. Y del arresto domiciliario que sufrió hasta su muerte trece años después. Lo que evitó que su figura histórica fuera manipulada. Fue una pena aquel interruptus biológico, porque Bourguiba era el padre de la nación tunecina. Independizada de Francia en 1957. Y todo un adalid en la occidentalización del país. Al que dotó de progreso social. Y en donde la mujer obtuvo derechos hasta entonces inimaginables en otras partes del mundo. Baste señalar que abolió la poligamia, estableció el divorció y facilitó su acceso a la enseñanza y al empleo. Sólo esto sería hoy una conquista monumental en cualquier país islámico donde la mujer se ve obligada a llevar el burka o el niqab. O donde incluso tiene prohibido acceder al divorcio. Conocí politicamente este país gracias a mi buen amigo Ridha Tlili, sociólogo, historiador e hispanista tunecino. Con quien he compartido muchas sobremesas en L’Orient, el viejo restaurante colonial de la calle Ali Bach Hamda. Junto a la avenida de Habib Bourguiba, que es una de las arterias principales de la capital. Y antes de desplazarnos -como cada tarde- a Sidi Bou Said para tomarnos un té rojo con piñones en las escalinatas del Café des Nattes. Tlili tiene pasión por el poeta nicaragüense Ernesto Cardenal. Pero también por la trascedencia histórica de Cartago, la colonia -después Estado- que los fenicios levantaron en 814 a.c. en el litoral tunecino por indicación de una hermana de Pigmalión, rey de Tiro. Y que tuvo su primera réplica en la actual Cartagena -entonces Cartago Nova-, fundada en 228 a.c. por Asdrúbal. General cartaginés yerno de Amílcar Barca.

sidi-bou-said1Los tunecinos hablan con pasión de su historia. Que mantienen viva cuando entran en conversación con los europeos. Ocurre lo mismo en México con la Conquista. Que siempre recobra actualidad cuando el interlocutor es español. Pero en Túnez la cosa es distinta. Quizás sea una manera de presumir de país. Y también de ser diferente en una región como el Magreb con estados de personalidad muy acusada. Caso de Argelia y Libia, entre los que se encuentra encorsetada esta pequeña república mediterránea cuyo principal recurso es el petróleo. Nada comparable con la producción de sus dos vecinos. Y cuya explotación está bajo control del Estado. He pasado muchas horas paseando por la medina de la capital tunecina. Declarada en 1979 patrimonio de la humanidad por la Unesco. Bajando por ese serpentín de callejuelas que va desde el Palacio del Bey -hoy oficina del primer ministro- a la Puerta de Francia. Oliendo a especies. Rebuscando baratijas. Y acompañado por las llamadas a la oración del muecín de la Mezquita Zitouna. La Puerta de Francia recibe su nombre de los europeos, pero los tunecinos la conocen como Bab Bhar. Que significa Puerta del Mar. Y que era el acceso más próximo de la vieja ciudad amurallada al Mediterráneo. Sin embargo, el verdadero puerto de Túnez está a diez kilómetros al sur de la ciudad. La Goulette. Que no tiene nada que ver con el buque de dos mástiles con velas aúricas. Sino con la gola de río. Que en este caso responde al canal de 28 metros de largo que comunica el Lago de Túnez con mar abierto. La Goulette fue hasta 1964 un asentamiento siciliano. Que se formó cien años antes con familias de pescadores y trabajadores dedicados a la carga y estiba. Y que convivían con otras de confesión judía y musulmana en una armonía idílica que fue desapareciendo -al igual que esta colonia pluriconfesional- entre la II Guerra y la de los Siete Días.

El cineasta tunecino Férid Boughedir recreó en ficción el enclave en una película estrenada en 1996 de nombre Un eté (verano) en La Goulette. Donde narra una historia previa a la Guerra de los Siete Días que protagonizan tres familias de diferente religión hasta entonces inseparables. Cuyas hijas -Meriem (musulmana), Tina (cristiana) y Gigi (judía)- juran que perderán su virginidad el 15 de agosto al paso de la procesión de la Virgen. Y con tres muchachos de diferente confesión. Enfrentándose así a un tabú hasta entonces respetado que había permitido la amistad entre las diferentes familias. La Goulette fue conquistada a los turcos en 1535 por Carlos I, que dejó allí para siempre una fortaleza denominada La Carraca. Y que con la Piccola Sicilia -el barrio donde nació la actriz Claudia Cardinale- comparte la iconografía de este arrabal cuyo atractivo hoy son sus restaurantes de cocina marinera. Desde La Goulette, bordeando la costa hacia el oeste, se llega a Cartago, la que fuera capital del Estado púnico. Pero también importantísima ciudad romana tras su primera destrucción en 146 a.c. por Escipión Emiliano. Apenas quedan al descubierto restos monumentales, salvo algunos lienzos de muralla, el anfiteatro y las termas de Antonino, ya que este enclave ha sufrido las consecuencias de su propia historia. Pero el conjunto se completa con un pequeño museo ubicado en el monte Byrsa que ayuda a obtener una idea de lo que fue ese pasado. Tan esplendoroso como tormentoso. Porque sobre aquellas ruinas se desarrolló también la octava Cruzada (1270). Que le costó la vida al rey Luis IX de Francia tras contagiarse de una epidemia de disentería cuando sitiaba la ciudad. Todos estos lugares me vienen a la memoria al recordar mis conversaciones con Tlili en el comedor de L’Orient. Compartiendo un brik (burek) de huevo con cebolla y perejil picados a modo de entremés. Y recibiendo de él lecciones de historia que jamás he olvidado. Como la muerte de Amilcar Barca. Que pereció ahogado en las aguas de un río del Levante español. Probablemente el Júcar. Y el asesinato de su yerno Asdrúbal a manos de un esclavo del rey celta Tago. Que se perpetró en la Cartagena recién fundada. Lo que me recuerda a la España profunda. Pero de entonces.

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Sobre Colombia

14 Julio 2010 | 42 Comentarios

Llegué a Colombia por primera vez como corresponsal del diario El País en 1991. Cuando ya se encontraba desmovilizado el M-19. Que fue el grupo guerillero que tomó con rehenes el Palacio de Justicia de Bogotá en 1985. Y que concluyó en masacre. Como consecuencia de un asalto sangriento del Ejército y la Policía colombiana que se saldó con 55 muertos, once de ellos magistrados. Habían transcurrido desde entonces seis años. Y el Estado colombiano -generoso siempre en los procesos de paz- respiraba airoso tras la conversión del M-19 en partido político con el compromiso de aceptar la legalidad constitucional. De hecho, su máximo dirigente, el otrora comandante Carlos Pizarro Leongómez, encabezaba la candidatura presidencial por esta formación (legalizada politicamente como Alianza Democrática M-19) en las elecciones de 1990. Pero un atentado paramilitar en plena campaña (cuando se encontraba a bordo de un avión comercial) acabó con su vida. El M-19, lejos de optar por la venganza, decidió continuar en democracia. Y mirar hacia adelante. Postulando como sucesor en la candidatura a su número dos, el ingeniero sanitario Antonio Navarro Wolf. Hoy feliz gobernador de Nariño, departamento del Pacífico fronterizo con Ecuador. Y que obtuvo en aquellas elecciones de 1990 el tercer lugar. Incorporándose como ministro de Salud al nuevo Gobierno, a la sazón presidido por Cesar Gaviria (liberal). Fue Navarro uno de los primeros políticos que conocí al llegar a Bogotá. Tenía entonces 43 años. Y me soprendió saber que como estudiante había sido becario de la Fundación Rockefeller, del British Council y del IDRC de Canadá. Poseía muy buena información de España, pués tenía como asesoras a dos enfermeras valencianas que llevaban algunos años en el M-19 como internacionalistas. Secundando una llamada que la guerrilla hizo llegar por entonces -digamos que por solidaridad revolucionaria- a la sección sindical de Comisiones Obreras del Hospital La Fe.

farc-guerrillasCon Pilar, una de ellas, pasé gratos momentos en aquel Bogotá de los 90 donde no cesaban las bombas. Ni los crímenes políticos.  Entonces perpetrados por el ELN. O por las FARC, guerrillas que estaban enfrentadas. Pero cada tarde periodistas y políticos nos reuníamos de asueto en el barrio de la Candelaria. Para terminar después, prolongando la diversión y sin importarnos los controles militares, a una hora de carro en Andrés Carne de res. El local de moda, donde la tradición obliga a bailar sobre las mesas a ritmo de vallenato, merengue o salsa. Aquella joven se había incorporado a la guerrilla como idealista después de que Milans del Bosch sacara los carros de combate por las calles de Valencia. Y en pleno desencanto de la izquierda española con Felipe González por el ingreso de España en la OTAN. Le costaba adaptarse a la rutina burocrática de un ministerio. Lejos ya de la selva. Y de la acción armada, aunque me confesó que como sanitaria siempre estuvo en retaguardia. Donde nadie solía portar armas. Cierto o no, Pilar era -un año después de la desmovilización del M-19- una mujer desubicada. Que tuvo que recuperar los zapatos de tacón para acudir a diario al ministerio. Porque las mujeres colombianas así lo hacen. Y ella no podía ser la excepción. Que bailaba con periodistas y políticos sobre una mesa del Andrés Carne de res de la misma manera que lo podría estar haciendo a esas horas de la noche en El Negrito, en el barrio del Carmen de su Valencia natal. Local nocturno que frecuentaban también periodistas y políticos en aquellos años. Y para lo que no merecía la pena residir a tanta distancia. Desde aquel viaje no supe más de ella. Pese a que seguí viajando a Colombia, donde me tocó cubrir  la muerte del narcotraficante Pablo Escobar (1993). El mayor criminal de la historia de ese país, con más de 5.000 asesinatos a sus espaldas. Y que para los pobres de Medellín se había convertido en un engañoso Robin Hood que les facilitaba recursos a cambio de adhesiones. Siempre invocando al Santo Niño de Atocha, del que era ferviente devota su madre Hermilda. Y para cuyo culto costeó capillas en muchos rincones de la República.

Tenía intención de escribir estos recuerdos de Colombia de manera sosegada. Acompañados de una reflexión amable. Y probablemente coincidiendo con algún acontecimiento relacionado con la paz. Porque llevo a los colombianos en el corazón. Y sé lo que han sufrido (y sufren) por la imagen que proyectan en el resto del mundo. Pero no ha sido posible. Porque me ha desbaratado la idea una noticia que por más que intento lo contrario me resulta aberrante. Me refiero a la decisión de la ex candidata presidencial Ingrid Betancourt (y de su familia) de reclamarle al Estado colombiano 6,3 millones de euros de indemnización por los seis años en que estuvo secuestrada por las FARC. Y que ha llenado de tristeza a toda Colombia, cuyas autoridades han denunciado indignadas la ingratitud y la desvergüenza con que la ex cautiva ha actuado contra su país. Porque esos 6,3 millones que pretende arrancarle al Estado soberano por “daños y perjuicios, afectación psicológica, fisiológica y mental“ son de todos los colombianos. Un tercio de los cuales gana menos de 200 euros mensuales. Repudiada por tamaña afrenta, Betancourt (que reside en Francia y acaba de garantizarse otros 6,8 millones por los derechos de un próximo libro sobre su cautiverio) se ha visto obligada a abjurar de lo dicho, si bien no ha dejado claro que abandone la demanda. Un espectáculo lamentable en una persona que considero para mi acabada definitivamente como política y con la reputación ya por los suelos. Lo que por desgracia no es de ahora. Porque mientras en Europa era propuesta para el premio nobel de la Paz. O se le agasajaba con el Principe de Asturias o la Legión de Honor francesa. E incluso se le facilitaba una audiencia privada con el papa Ratzinger. En Colombia siempre hubo desconfianza hacia su persona. Ya antes del secuestro (al que le llevó su propia imprudencia) era una política oportunista que repartía condones y píldoras de Viagra con fines populistas. O protagonizaba escandalosas huelgas de hambre para llamar la atención contra la corrupción política en su propio partido. Es cierto que sufrió un cruel secuestro, pero las novelescas versiones sobre sus relaciones con otros cautivos, la utilización abusiva de la conacionalidad francesa y su desembarco -tras la liberación- en el lujo parisino dejaron entrever que el mundo se había cegado con su persona ansioso de fabricar una cause célèbre en tiempos planos. Y lo que Ingrid Betancourt llevaba dentro era a una niña bien, egoista y caprichosa que siempre pensó para sí misma. Y que en los últimos días nos acaba de enseñar la peor de sus caras. La de la codicia.

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Torre en cuestión

05 Julio 2010 | 33 Comentarios

Me horroriza la construcción en Sevilla de un rascacielos de 178 metros de altura que ha sido bautizado mediaticamente como la Torre Pelli. Proyecto diseñado para Cajasol por el arquitecto argentino Cesar Pelli, autor -entre otros edificios- de las Torres Petronas, que deben su nombre a una de las compañías petroleras más importantes del continente asiático. El quinto edificio más alto del mundo con 452 metros de altura. Y ubicado en Kuala Lumpur, capital de Malasia. La movilización contra la Torre Pelli -con un presupuesto de 311 millones de euros- ha puesto del mismo lado a sectores de la ciudad con percepciones antagónicas. Y culturas diferentes. Esto ha provocado coincidencias desgradables, como los que se oponen con posiciones razonadas y la Sevilla rancia que siempre está en contra de todo. Pero no existen dudas sobre unos y otros. De Sevilla puedo escribir ríos de tinta. Porque la amo tanto como la extraño. Y del sevillano que transmite la negación como heredad todo lo que quiera. Y más. Pero no me da la gana. Porque mis reflexiones -que cuestionan la Torre Pelli- están por encima de esas miserias. Las empujan el sentirme libre de cualquier atadura o compromiso. Y estar convencido de que no se trata de una cuestión de izquierdas o de derechas. Que sí están en confrontación en otros aspectos de la vida urbana. Y fundamentalmente en cuanto a modelo de ciudad. Hoy más sesgado (y menos compartido) que nunca por la presencia de Izquierda Unida en la coalición de gobierno municipal. Cuyo primer teniente de alcalde es un comunista ortodoxo (con preceptos superados ya por la historia) discutido por la mayoría de los sevillanos. Pero también temido por los socialistas que detentan la alcaldía. Y que necesitan su voto.

torre-pelli1Dicho lo anterior, me resulta difícil comprender  que una entidad financiera como Cajasol -la décima de España en solvencia financiera- se haya embarcado en un proyecto faraónico para la capital andaluza cuando obras de ese empaque ya materializadas han fracasado. Como el Estadio Olímpico. Cerrado a cal y canto. Y que hoy representa la mayor vergüenza de Sevilla. Pero supongo que ese afán de querer ser el mejor, el más grande, el más rico (y el más guapo) fue el que empujó a los dirigentes de esta entidad crediticia a poner en marcha la construcción del rascacielo. Que cuenta con el apoyo entusiasta del Ayuntamiento de izquierdas. Y que se supone va a albergar las oficinas de la entidad en el ámbito de La Cartuja. Espacio donde se ubicó en su día la Expo 92 y que, a duras penas desde entonces, se ha ido integrando paulatinamente en la ciudad como parque empresarial, tecnológico y científico que -afortunadamente- da empleo ahora a 11.000 personas. La decisión de levantar la torre es anterior a 2007. Que es cuando se colocó la primera piedra. Y cuando la economía de nuestro país atravesaba momentos de euforia debido a la burbuja inmobiliaria. Que supogo supo aprovechar Cajasol para escalar posiciones en el ranking de cajas españolas. Y que hoy están condenadas a fusionarse de súbito. Como ella misma, que en las últimas semanas está recibiendo mensajes políticos tendentes a la búsqueda de un socio con quien compartir sus recursos. Desde 2007 a 2010 han sucedido muchas cosas en España. Y entre mayo y junio del presente, las más drásticas de todas. Como el brusco viraje a la derecha del Gobierno Zapatero poniendo al descubierto fragilidades que hasta ahora se ocultaban. O se negaban. Por eso no comprendo que se paralicen obras de infraestructura pública en carreteras y ferrocarriles tan necesarias para los españoles con la excusa del ajuste económico. Y que se carguen contra los derechos laborales, las pensiones y la fiscalidad de las clases medias los errores de nuestros políticos. Mientras en Sevilla se levanta un edificio de planta elíptica con 40 pisos y fachada de acero y vidrio salvaguardado de los rayos del sol por láminas de cerámica. Lo que me recuerda sonoramente a esos platos elaborados con apellidos que ofrecen algunos chefs cursis para sentirse importantes en el mundo de la restauración.

La razón que me lleva a cuestionar esta construcción (y no los rascacielos) es muy distinta a todos estos argumentos que acabo de exponer. Y sería oportunista por mi parte utilizarlos para cimentar criterio. A sabiendas de que Cajasol no es oficialmente una institución bajo el amparo del Gobierno regional (o municipal), pero sí una caja de ahorros en cuyo consejo de administración se reparten los puestos por procedencia política. Y de que existen ya cinco iniciativas legales a fecha de hoy que pretenden con fundamentos razonados tumbar el proyecto. Tampoco me voy a dejar llevar exclusivamente por quienes se alarman ante la posibilidad de que la Unesco desposea a la ciudad de su condición de patrimonio universal por levantar una torre de 178 metros que amenaza con ensombrecer los tres grandes monumentos que dan vitalidad artística a Sevilla: la Giralda (como parte integrante de la catedral), los  Reales Alcázares y el Archivo de Indias. Porque, aunque sería preocupante semejante fatalidad, la Unesco -que ya expulsó al valle del Elba (Dresde) por la construcción inadecuada de un puente- ha sido ambigua en casos similares. Por ejemplo, con la noria London Eye. Que desdibuja el perfil aéreo que conforman la Torre de Londres, el Palacio de Westminster y la abadía del mismo nombre. Desde el primer momento me he sentido agredido como ciudadano por este proyecto. Especialmente por su proximidad a la zona monumental de la ciudad. Pero hasta la fecha he permanecido en silencio. Ha sido ahora la voz cualificada del arquitecto sevillano Guillermo Vázquez Consuegra, premio nacional de Arquitectura (2005), la que me anima a pronunciarme publicamente. Y como él, defiendo un crecimiento en altura ordenado. Y no a capricho del propietario de turno que intenta hacer en su parcela lo que le plazca. Con el añadido de que el proyecto en cuestión no creo que tenga la necesaria calidad arquitectónica (y artística) para competir de cerca con los 101 metros de la Giralda. El alminar almohade que desde el siglo XII (y con adornos renacentistas desde el XVI) irrumpe con soberanía sobre el plano aéreo de Sevilla. Razones todas ellas muy simples (y muy elementales) que me ponen al lado del no. Porque una construcción de este tipo exige una ordenación planificada, ademas de excelencia (y genialidad) en cuanto a calidad e impacto. Y porque el futuro -cuando se trata de dejar huella para la posteridad- no se diseña poniendo huevos donde los billetes mandan.

(Foto: Recreación virtual)

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Casa Ciriaco

28 Junio 2010 | 32 Comentarios

Madrid, domingo 27 de junio. Dos de la tarde. Voy de regreso a casa después de pasar un rato en el mostrador de Casa Ciriaco. Que es un local centenario de la calle Mayor desde cuyo edificio el anarquista Mateo Morral atentó contra la comitiva nupcial de Alfonso XIII y Victoria Eugenia de Battemberg el 31 de mayo de 1906. Una bomba camuflada en un ramos de flores que hizo estragos entre el séquito y la muchedumbre. 23 muertos. Episodio trágico que recuerda esta vieja taberna madrileña -tan presente después en la vida del pintor Ignacio Zuloaga- con algunas copias fotográficas que cuelgan de sus paredes. Y también de manera oficial el municipio mediante un monolito levantado en los años 60 que se ubica en el otro lado de la calle Mayor, justo frente a la catedral castrense. He estado conversando -entre cañas de cerveza y chatos de vino- con Antonio López Fuentes, sastre de grandes toreros, y Francisco Román, propietario de Don Paco. Establecimiento sito en la calle Caballero de Gracia que tiene fama por ser donde mejor se fríe el pescado en Madrid. A la manera andaluza, haciendo gala del origen de su veterano patrón. Que es de Jerez de la Frontera, pero que reside desde 1950 en esta capital. Donde fue maître de El Duende. El legendario tablao propiedad de Pastora Imperio, la bailaora de los ojos verdes. Y que regentaba su yerno, Rafael Vega de los Reyes, Gitanillo de Triana. Hoy domingo cierra Don Paco. Y por eso ha acudido a Casa Ciriaco junto a Antonio el sastre. Con pena, hemos recordado en amena tertulia locales emblemáticos de Madrid que se han ido para siempre. Como El Cortijo, que estaba en la calle Arlabán y dirigía Paco Orcha. Gran amigo de mi padre. Y a quien visité nada más aterrizar en Madrid en el otoño de 1974. Recuerdo que me recibió con una copa (en catavino) de Gaditano, que era un vino fino de la Casa González Byass -de 15 grados y etiqueta verde- muy popular entonces en las tabernas andaluzas de Madrid. En otro momento llamadas colmaos. Que fueron muchos y variados. Como Casa García, en Embajadores. Que despachaba Jerez especial para enfermos. O el ya transformado Villarosa, que todavía conserva los azulejos exteriores de Romero Mesa. Y que fue fundado como freiduría en 1914 por tres taurinos, el matador onubense Alejandro Alvarado Alvaradito y los picadores Manuel Cárdenas Céntimo y Antonio López Farfán, este último de Málaga.

casa-ciriacoEra El Cortijo un local de vigas y ventanas de color verde. Y suelo de madera. En el que destacaba una galería de fotos entremezcladas con cartelería taurina célebre. Que daba abrigo a un conjunto de mesas y sillas de anea del mismo color decoradas con motivos flamencos. Y que me recordaba a otra histórica taberna -ésta gaditana- ya desaparecida. La Privadilla, en la plaza de Gaspar del Pino. Que ya existía cuando se redactó la Constitución doceañista. Muy cerca de El Cortijo se encontraba una tienda de grabados y libros antiguos regentada por un matrimonio. Ella de nombre Isabel. Belleza gaditana afincada en Madrid. E hija de Salud la del Batinao, copropietaria de uno de los meublés más distinguidos que existió en Cádiz en el primer cuarto del siglo xx. En la calle José de Dios, otrora llamada Cuesta de la Tenería de Recaño. Me contó Paco Orcha que la gente entraba en la librería siempre con excusas para observar el enorme parecido que tenía Isabel con José Antonio Primo de Rivera. Pués siempre se dijo que era hermana natural de los hijos del Dictador. Nacida de una relación de éste -ya viudo- con la tal Salud cuando estaba al frente del Gobierno militar de Cádiz. Entre 1915 y 1917, en plena I Guerra. Con estas conversaciones de tabernas a veces me siento como el que busca localizaciones para el rodaje de películas. Profesión que jamás he ejercido, pero que creo no se debe alejar mucho de lo que hago. Se lo voy a comentar a mi amigo Carlos Rosado, presidente (h) de la Spain Film Comission, para salir de dudas. Mientras tanto, voy a seguir con esta estancia en Casa Ciriaco. Donde Jacinto, el segoviano encargado del mostrador, comienza a llenar con vino de Villaconejos las frascas que van destinadas al comedor. Y de la cocina llegan las primeras fuentes con aperitivos. Empanadillas de atún. Croquetas de pollo. Tortilla de patatas. Mejillones de las Rías Gallegas.

El vino (por lo general de Valdepeñas) se distribuía años atrás en pellejos a las tabernas de Madrid. Y quedaba almacenado en los sótanos. También llamados cavas o bodegas. En Casa Ciriaco -que se inició en 1897 como almacen de vinos- se sigue procediendo así, aunque ya no con pellejos. Y es Jacinto el que hace el trasiego de bajar y subir las garrafas. Cerca de donde conversamos se encuentra la mesa en la que cenó por última vez Ignacio Zuloaga el 25 de octubre de 1945. Seis días antes de su muerte. Está tal cual. Y un discreto azulejo en la pared lo recuerda. Acompañaban esa noche a Zuloaga el torero Domingo Ortega -al que conocí ya octogenario-, el abogado y coleccionista Fernando Guitarte y el escritor y crítico taurino Antonio Díaz-Cañabate. El pintor fue asiduo de esta casa, donde se citaba con todos sus amigos de la época. Belmonte, cuando se escapaba de Sevilla. Sebastián Miranda, pintor ovetense. Y el escritor José María de Cossio, autor del tratado taurino que lleva su nombre. Zuloaga en su calidad de cliente es el otro referente histórico de Casa Ciriaco junto al atentado del anarquista Mateo Morral. Pero hay un tercero, Godofredo Chicharro. Hermano de Ángel -hoy al frente del comedor- y cuñado de Jacinto. Miembros los tres -junto a Amparo Moreno, jefa de cocina- de la familia que regenta el local. Y que fueron empleados del anterior propietario, Ciriaco Muñoz. Que es quien en 1923 bautizó con su nombre este establecimiento. Godofredo falleció de forma súbita el 4 de diciembre de 2008. Lo que me impresionó porque, además de ser mi amigo, la noche anterior -martes- estuve cenando en esa casa con Francisco Giménez Alemán, Carmen Enriquez y Mónica Tourón, periodistas también como yo. Y fue Godofredo quien nos despidió, después de habernos mandado unos entremeses a la mesa a modo de presente. Porque era pura cortesía. Todo simpatía. Y el artífice del plato estrella de la carta, la gallina en pepitoria. Sobre una receta con más de cien años. Este artículo de hoy va por él, pero como hombre alegre (y sencillo) que fue no le va a gustar que pueda inducir a equívoco. Y alguien confunda lo que escribo con un obituario a tiempo pasado. Así que seguiré refiriéndome a Casa Ciriaco. Que es uno de los lugares que más frecuento de Madrid. Y que desde 1973 es referente de los Amigos de Julio Camba. Tertulia que preside el dibujante Antonio Mingote en recuerdo a aquel original periodista gallego que con sólo trece años viajó como polizón a Buenos Aires. Y que fue anarquista como Mateo Morral, a quien conocía personalmente y sobre el que tuvo que declarar a raiz del atentado contra Alfonso XIII y Victoria Eugenia de Battemberg justo en este mismo lugar de la calle Mayor. Cómodo con Franco desde 1936, a Camba (1882-1962) no hay que estudiarlo por esa etapa final de su vida sino por la tenacidad, la ironía y la sutileza de sus escritos como periodista. Y como viajero por todo el mundo. O corresponsal de prensa en casi diez paises. Porque sus vivencias forman parte de la historia del siglo xx. Que coronó -a modo de epílogo- residiendo durante sus últimos trece años en la habitación 383 del Hotel Palace. Pero la personalidad de Camba, y su agitado paso por este mundo, merecen una crónica aparte más allá de esta emblemática taberna madrileña.

(Fotografía: Salir.com)

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Historias de NY

23 Junio 2010 | 36 Comentarios

El Empire State es tras la Estatua de la Libertad otro de los símbolos que identifican a la ciudad de Nueva York. Durante cuarenta y un años (1931-1972) fue el edificio más alto del mundo. Lo era también de Manhattan hasta que se construyeron las Torres Gemelas. Y ha vuelto a serlo desde el ataque terrorista del 11-S. Estuve a principios de junio allá arriba contemplando los cuatro puntos cardinales de la ciudad. Que es una de las más atractivas del mundo. Yo descubrí Nueva York tarde, pero he ido lo suficiente desde entonces para sentirme cómplice de sus secretos. En el cruce de Broadway con la (Times Square) había un rótulo de The New York Times que ofrecía titulares con las principales noticias del día. Esta vez no lo he encontrado. Probablemente porque ha sido suprimido dentro de los recortes presupuestarios a que se ha visto obligado el periódico. Que desde hace unos años acude a los kioskos con cuatro centímetros menos de su ancho tradicional. Para así ahorrar papel. The New York Times fue fundado en 1851, diez años antes de la Guerra de Secesión. Y en 1919 ya se voceaba en las calles de Londres. Lleva en su haber 95 premios Pulitzer. El 1 de octubre de 1985 la aviación israelí bombardeó el cuartel general de la OLP en Túnez con intención de matar a Arafat. Consiguió destruir la casa junto al mar donde residía éste. Que se salvó milagrosamente porque se encontraba haciendo footing a cierta distancia. Edward Sumacher, en ese momento corresponsal de The New York Times en Madrid, telefoneó a Juan Luis Cebrián, director entonces de El País, proponiéndole que ambos periódicos fletaran conjuntamente un pequeño avión para desplazar a sus enviados especiales a algún aeropuerto próximo a Túnez. Que había cerrado su espacio aéreo como consecuencia del ataque. Cebrián declinó la oferta aduciendo que el corresponsal en la zona -que era yo- estaba ya en el lugar de los hechos. No fue ningún mérito, sino pura suerte. Yo había llegado a Túnez tres horas antes del suceso persiguiendo otra noticia. Al día siguiente, The New York Times tomaba como referencia mis crónicas para informar a sus lectores de lo ocurrido. Curiosamente este remoto recuerdo me viene a la mente cuando estoy en el piso 102 del Empire State. Bajo el pináculo de 62 metros que completa su altura. En una mañana calurosa de domingo. Cuando todavía no han abierto las tiendas de la 5ª Avenida. Que los días festivos lo hacen más tarde. Y cuando las calles de Manhattan aún no han sido invadidas por los automóviles. Salvo esos peculiares taxis amarillos conducidos por asiáticos que apenas hablan inglés.

empire-state1Mi padre tenía una Parker 51 de color verde con capuchón bañado en oro. Era una estilográfica preciosa que luego me enteré que había sido diseñada por el artista húngaro Laszlo Moholy-Nagy. De niño le pregunté un día por su origen. Y me contestó que se la habían traído de Nueva York. Le dije que yo también quería una. Y a las pocas semanas me sorprendió con una Parker 21 negra con capuchon de acero, que fue la estilográfica todoterreno que me acompañó en mis primeros años escolares. Hasta que a mediados de los 60 la sustituí por un bolígrafo. También Parker, modelo classic. Con su inseparable distintivo en forma de flecha. E igualmente procedente de Nueva York. Donde eran adquiridos por empleados de la Compañía Trasatlántica que -a su vuelta a Cádiz- los revendían en determinados círculos de la ciudad para ganarse unas pesetas. Cuando llegué por primera vez a Nueva York en los años ochenta lo primero que hice fue comprarme una pluma y un bolígrafo como aquellos. Que todavía tengo, aunque no los uso. Porque los productos de la Parker Pen Company fueron mi primera referencia de esta ciudad. Que ya en 1922 había sido conquistada por Concha Piquer. Cinco años de éxito en los teatros de Broadway. Y que en 1929 eligió Lorca para escribir uno de sus poemarios más profundos. Poeta en Nueva York. O en 1941 la bailaora Carmen Amaya, que debutó en el Carnegie Hall en un espectáculo donde llevaba como acompañantes a Sabicas, en la guitarra, y Antonio Triana, su pareja de baile. Eduardo Arroyo pintó en 1988 Carmen Amaya fríe sardinas en el Waldorf Astoria. Plasmaba así el incidente con humareda que protagonizó aquella genial artista gitana en el citado hotel cuando volcó el sommier de su cama para asar unas sardinas que momentos antes había adquirido en una pescadería de la Gran Manzana. Esta otra anécdota -que además resulta graciosa- se hace dueña de mi al regresar al Waldorf, que es precisamente el hotel donde me he alojado estos días. En Park Avenue, entre las calles 49 y 50. Ya sentado frente a la barra del Peacock Alley (lounge-bar) con una margarita que me acaba de preparar el barman con tequila silver de la Casa Cuervo. Allí junto al lobby, que parece una calle más de Nueva York. Pero con el glamour que le proporciona el lujo confortable de un hotel como éste. Y junto a ese espléndido reloj de bronce y caoba allí instalado que la Goldsmith Company de Londres exibió en la Feria Mundial de Chicago de 1893. Joya que The Waldorf Astoria luce con orgullo para admiración de quien por el lobby pasa.

Tanto el Empire State como el Waldorf fueron inaugurados en 1931. Lo mismo que el puente de George Washington, que une sobre el río Hudson a Manhattan con Fort Lee, ya dentro de Nueva Jersey. Sin embargo, los tres puentes que yo más identifico con la ciudad de Nueva York son los que están al este. Y que unen la parte más meridional de la Gran Manzana con Long Island. Esos puentes -Manhattan, Brooklin y Williansburg- otrora estaban controlados por la mafia italoamericana. Que en 1931 la componían las cinco familias sicilianas más importantes de Nueva York. Los Bonnano, los Gambino, los Colombo, los Luchese y los Genovese. Familias que se unieron en torno a La Comisión tras una guerra sin cuartel que descabezó la estructura anterior del crimen organizado, permitiendo a Lucky Luciano (Genovese) hacerse con el poder. Era gente que se había enriquecido con la ley seca y otros negocios sucios. Y que daba trabajo a hampones de los muelles de Nueva York. En los locales nocturnos controlados por las cinco familias sicilianas había empleados españoles. Músicos, cantineros, croupiers. Unos habían llegado directamente de España. Y otros vía Cuba. También habían compatriotas que se buscaban la vida alrededor de las apuestas. Y en la lotería clandestina. Porque en Nueva York funcionaba una rifa similar a La Rápida malagueña. Que en un tiempo llegó a controlar Luis Camacho, cuñado del torero Rafael Ortega. Y que tuvo su mejor momento en los años que rondaron la Feria Mundial de Nueva York de 1964. Que coincidió con los XXV años de Paz de Franco. Motivo al que se agarró el regimen para desplazar a una impresionante embajada folklórica en la que se encontraban, entre más de un centenar de artistas, Antonio el bailarín, Gades, Manuela Vargas y Cristina Hoyos, entonces una niña. También por allí anduvo la cantaora Bernarda de Utrera, que los flamencos que la acompañaron han llegado a asegurar con guasa que fue sorprendida en un rascacielo intentado divisar su pueblo. Estas historias de Nueva York se van repitiendo durante mi estancia en la Gran Manzana. Y especialmente cuando me despido de Broadway porque en pocas horas debo de viajar a España. Observo que en el Marquis anuncian un musical de Frank Sinatra llamado Come fly away. Y siento que el escaparate de Borsalino, la prestigiosa tienda de sombreros de la con la calle 30, me devuelve a tiempos de blanco y negro. Me falta King Kong coronando el Empire State. Bernarda de Utrera compartiendo sardinas con la Amaya en una suite del Waldorf. Y una Parker 21 para tomar nota de lo vivido por si le resulta interesante a The New York Times. Pero estas no son ya historias de Nueva York, sino fantasías de este veterano periodista probablemente inducidas por el jet lag.

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Noche triste

15 Junio 2010 | 32 Comentarios

Felipe IV de España -conocido como el Rey Planeta- perdió en apenas cinco años a su esposa, Isabel de Borbón, a su único hijo varón y heredero, el príncipe Baltasar Carlos, y a su hermano menor, el infante Fernando, que mandaba las tropas españolas en la Guerra de los 30 años. Y que era además cardenal-arzobispo de Toledo. Todos ellos se encuentran retratados por Velázquez en la sala 12 del edificio Villanueva del Museo del Prado. La misma que preside el cuadro de Las Meninas. Cuyo nombre original es La familia de Felipe IV. Lo cierto es que el monarca -progenitor por otro lado de hasta seis hijos bastardos en sus 44 años de reinado- se vió obligado a casar en segundas nupcias para restablecer la línea sucesoria. Y eligió para ello a Mariana de Austria, hija de su hermana María Ana y del emperador Fernando III. Que le dio cinco vástagos, tres de ellos varones. Felipe Próspero, príncipe de Asturias, falleció a los cuatro años. Fernando Tomás duró apenas uno. Y quien reinó fue Carlos, al que llamaban El Hechizado porque se decía que estaba poseido por el diablo. El hijo de Felipe IV estuvo en el trono 25 años, pero murió sin descendencia de sus dos matrimonios. Poniendo fin así a la dinastía de los Austria en España. Alemana era la segunda esposa del monarca. Con quien no consumó sus deberes porque era impotente. Le apasionaba el chocolate. Y tenía aspecto de monstruo, pese a que Carreño de Miranda -su pintor de cámara- hizo encajes de bolillo para dejarlo retratado lo mejor posible para la posteridad. Mariana de Neoburgo, la esposa alemana, era mentirosa e intrigante. Malvada, para ser más exacto. Hasta el punto de llegar a fingir once embarazos. Pero derrochaba belleza, a tenor de como luce en el retrato que de ella se exhibe en el Prado. Obra de Luca Giordano. Cuando llegó a Madrid, lo hizo a través de un arco (o puerta) de piedra labrada en su honor que ya había sido inaugurado por su antecesora y primera esposa del rey, María Luisa de Orleans. Que murió de un ataque de apendicitis. Desde entonces la puerta -levantada en 1680 por el maestro cantero Melchor de Bueras- ha estado en varios lugares. Junto a la fuente de Neptuno hasta mitad del XIX. En Los Jerónimos desde 1857. Y en el Jardín del (Buen) Retiro a partir de 1922. Configurando uno de sus más emblemáticos accesos. El que hoy conocemos como Puerta de Felipe IV.

ahuhueteTodo este entresijo de nombres reales me invade. Y me envuelve. Como tela de araña. Reinas que mueren en plena juventud. Conspiraciones palaciegas. Caza mayor, caza menor. Meninas velazqueñas. Infantas encorsetadas. Matrimonios endogámicos. Y una galería de retratos de El Hechizado a cual peor. Es domingo 13 de junio. El reloj marca hora lorquiana.  Y el cielo  cubierto  amenaza  lluvia. Que no llega a producirse. Paseo entre el Museo del Prado y el Parque del Retiro. Tranquilo, pero con destino. Dejando a mi derecha el Monasterio de los Jerónimos. Felizmente asociado ahora a la modernidad gracias al cubo de Moneo. Es este uno de los enclaves más solemnes, pero también más recios de la arquitectura madrileña. Si la plaza de Oriente fue elegida como ubicación real por los Borbones, Los Jerónimos fue la de los Austrias. Especialmente en tiempos del Rey Planeta, amante del teatro. De ahí el Casón del Buen Retiro, salón de baile real que se aprovechaba para representaciones. Y amante también de alguna que otra actriz. Como fue La Calderona, conocida igualmente por Marizápalos. Madre del bastardo real Juan José de Austria, nacido castizo por haberlo parido aquella en la calle Leganitos. Cuya tumba profanaron El Hechizado y su malvada esposa un día en El Escorial. Que se entretenían así descubriendo como eran fisicamente los difuntos reales. Gracias a los embalsamientos. Hasta que el bastardo Juan José, cuyo cadáver no estaba incorrupto, les sorprendió con su esqueleto. Y despidiendo un fuerte hedor que inundó toda la cripta. Saliendo ambos corriendo. Después de todos estos esperpentos (anteriores a Valle) no sé como España no abrazó antes la República. Que ya existía en Venecia desde el siglo IX para prevenir el poder absoluto. Pero me conformo con El Hechizado, que es quien acaba con la Casa de Austria. Aunque pienso (y sostengo) que quienes vinieron después tampoco se salvan. Esta vez estoy en este enclave de paso. Camino del Retiro. Y de esa Puerta de Felipe IV, o de Mariana de Neoburgo, que me permite acceder al parterre. Donde voy en busca de un árbol sobre el que me ha puesto en antecedentes mi buena amiga Silviana Rivera. Mexicana de Veracruz. Que es donde Cortés -ya acompañado de Malinche- quemó sus naves ante sus capitanes. Y fundó la primera ciudad con cabildo de Nueva España. El hoy Puerto de Veracruz. Entonces Villa Rica. En tiempos de Carlos I, tatarabuelo de El Hechizado.

El Retiro lo creó Felipe IV a través del Conde-duque de Olivares en la primera mitad del XVII como recreo de la Corte en torno al Monasterio de los Jerónimos. Que era el antiguo retiro de la Casa de Austria. Mientras que el parterre -que forma parte del conjunto, pero que está muy reformado- es posterior. Concretamente del primer Borbón español, Felipe V. Que ordena levantar un jardín llano de planta basilical con un cuerpo central prolongado hacia un ábside con dos estanques laterales. En un intento de establecer un real sitio a la francesa a base de complicados arabescos con aspecto de tapiz bordado. Llego a este lugar tras pasar la Puerta de Felipe IV. Y buscando el único ahuehuete, o ciprés calvo, que existe en el Retiro. Que es el árbol más antiguo de todo el recinto, pués se plantó en 1633 junto a otros de su misma especie traídos expresamente de México por orden del Rey Planeta. Con la suerte de que sobrevive porque albergó en su horcadura una pieza de artillería durante la Guerra de la Independencia. Lo que permitió que escapase de la tala general que sufrieron entonces los árboles originales de este parque madrileño ya que en su interior se instaló el cuartel general de las tropas napoleónicas. Pero lo primero que veo en el parterre es un magnolio. Cual hermosa realidad en la que se cifra la imagen de la vida. Y que me acerca a Cernuda, tan extraño en este mundo velazqueño. Pese al paisanaje. Y pese a la belleza botánica del lugar. Donde majestuosamente -ya hacia el norte- irrumpe este grandioso arbol que extiende su inmensa sombra sobre arbustos y plantas. Es el árbol de la Noche triste. El mismo en que bajo su copa lloró Cortés tras la derrota de sus huestes por Cuitláhuac, penúltimo tlatoani mexica. Que sacrificó a los prisioneros españoles tras la batalla. Y que murió meses después sin saborear la gloria a consecuencia de la epidemia de viruela desatada por la presencia de los conquistadores. Inmunes, pero propagadores de la enfermedad a los indios por contacto directo. Lo que sembró Tecnohtitlan de cadáveres. Aquel árbol de la Noche Triste todavía existe porque los ahuehuetes son robustos, pero sobre todo milenarios. Los mexicanos lo ubican junto a la estación de metro de Tacuba. En el Distrito Federal. Y hasta allí acuden en romería. Como estoy haciendo yo hoy en el Retiro, pero sin motivo sentimental ni nostálgico. Pura curiosidad en este momento de la tarde. Cuando un joven con acento centroeuropeo lee en alto para su novia latina pasajes de la Biblia. Un niño intenta devorar sin éxito una manzana caramelizada. Y un grupo de turistas fotografía con sus móviles los cipreses (auténticos) de poda toparia que flanquean el monumento dedicado a Jacinto Benavente. Atrás he dejado ya al hechizado Carlos, que necesitó en su prolongada lactancia catorce amas de cría porque les destrozaba los pechos con sus incisivos dientes. Y al difunto Juan José, que por bastardo no llegó a ser embalsamado. Me sobran reinas, infantas y meninas. Y no quiero saber de príncipes ni reyes. Tampoco de matrimonios endogámicos. Porque huyo de las sombras. Salvo las que me proporciona este viejo ciprés calvo. Que sé que cobijaría mis sollozos en cualquier noche que se me presentara triste.

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