BLOG de Fernando Orgambides

El planeta de las astas montantes

Osados espías

03 Febrero 2010 | 32 Comentarios

Durante el reinado de los Austria existió la figura del Espía Mayor del Reino. Que no debe confundirse con el Superintendente de las correspondencias secretas. Aunque tuvieran fines complementarios. De los menesteres del Espía Mayor poco hay escrito en las crónicas de la Corte porque se supone debía ser persona desconocida. Uno de ellos fue Gaspar de Bonifaz, caballero de la Orden de Calatrava y corregidor de Córdoba, que dejó correspondencia epistolar con el que era su agente en Barcelona, el capitán Juan de Torres. Las cartas corresponden al periodo comprendido entre 1632 y 1638, cuando en España reinaba Felipe IV, conocido como el Rey Planeta. Y sólo unos años antes de la Guerra dels Segadors, con lo que sobra contar de lo que trataban. Debió de ser muy poco discreto el tal Bonifaz. Porque alternaba su función secreta con sus dotes caballerescas en el arte de torear. Contando entre sus seguidores al propio rey, que llegó a encargarle la inalcanzable acometida de devolver la navegabilidad al Guadalquivir entre Sevilla y Córdoba. A Bonifaz lo dejó registrado Quevedo para la posteridad a modo de sátira. Por aquello de su arrojo taurino. Diferente es el caso del clérigo Manuel de Sobral y Bárcena, capellán del Hospital de San Carlos, en la Isla de León (Cádiz), al inicio de la Guerra de la Independencia. Sobral -que residía en Puerto Real- se ganó la confianza del mariscal (Claude Perrin) Víctor, duque de Belluno, de quien obtenía información de sus tropas que pasaba luego a los sitiados de Cádiz mediante el sistema de alfabeto desordenado. Debieron ser tan útiles sus servicios que le encomendaron -gracias a su relación con los franceses- la liberación de Fernando VII en Valençay, que intentó sin éxito. Pero que le reportó una medalla pensionada. Que lució (y disfrutó) para la posteridad prendida en su sotana al tiempo que ostentaba una canonjía en la colegiata de Jerez de la Frontera.

ali-bey-1

De los espías pintorecos que ha dado la historia de España el que se lleva la palma es el barcelonés Domingo Badía y Leblich, contemporáneo al canónigo Sobral. Y servidor de Carlos IV a través del favorito Godoy. Curiosa historia la de Badía, hijo de un funcionario público destinado en Cuevas de Almanzora (Almería). Donde con sólo 14 años aprende sus primeras palabras en árabe. Hurgando para ello en el pasado morisco de la comarca. Lo que amplía luego en Córdoba, ciudad en la que empieza a trabajar como administrador de Rentas de Tabacos. Con un conocimiento elemental de la lengua, se ofrece a Godoy para iniciar una expedición a África que aporte beneficios a España. Que el válido considera vital para sus planes anexionistas sobre Marruecos. Cruzó el Estrecho por Tarifa, después de una travesía en barco de Londres a Cádiz, donde desembarca ya circuncidado, vestido a la usanza árabe y poblado de una amplia barba. Para presentarse en Tánger días después bajo la identidad de Ali Bey, descendiente de los Abasidas y por tanto de un tío del Profeta. Miembro de una familia siria errante que tuvo que refugiarse en Europa perseguida por los otomanos. De ahí su educación occidental. Representa Badía tan a la perfección su papel que el sultán Mulay Solimán Ben Mohamed no sólo le ofrece hospitalidad sino que le brinda su amistad. Recibe como regalo una casa y una quinta cerca de Marrakech, además de dos mujeres -una blanca y otra negra- del haren imperial.  Ali Bey pasaba sus primeros informes a través de un agente español de la Secretaría de Guerra residente en Mogador, hoy Essauira. Y entonces puerto atlántico desde el que Marruecos proporcionaba a Occidente las mercancías de las caravanas.

Pero levantó desconfianzas en ambos lados. Entre los españoles por la sospechosa lluvia de favores que recibió del sultán. Y entre los gobernadores de Marrakech y Mogador porque los engaños no suelen durar demasiado. Así que emprendió un viaje hacia Oriente por el norte de África que le permitió alejarse del sultán. Ya a punto de desenmascararle. Recorrió Turquía, Egipto, Tierra Santa y  la penísula arábiga, siendo uno de los primeros cristianos en la historia que pisó La Meca. Tras el boloñés Ludovico di Vartema, el portugués Pêro de Covilha -ambos en el siglo XVI- y el cautivo inglés Joseph Pitts, ya en el XVII. Carlos IV, entonces entregado a Napoleón, le exigió regresar a España. Temeroso de que sus excentricidades pudieran poner en riesgo el equilibrio internacional. Y por indicación del emperador pasó a depender de su hermano José I. Regresando a Córdoba, esta vez como prefecto de la ciudad ocupada. Como afrancesado que era, tuvo que dejar España terminada la Guerra de la Independencia. Pero ya en Paris preparó una nueva aventura desde Constantinopla, esta vez con el beneplácito de Luis XVIII. Que le proporcionó fondos para su empeño. No era ya Ali Bey, sino Ali Otman. Pero aquello no llegó a buen fin, porque el 1 de septiembre de 1818 moría en extrañas circunstancias en Zarqa, en el norte de lo que es hoy Jordania. Fue supuestamente envenenado cuando compartía una taza de café con un pachá al que había cautivado con sus conocimientos. Pero en realidad cayó en la red de un compló tejido por el espionaje británico. Dicen que por delación de Fernando VII, que nunca le perdonó su afrancesamiento. Badía era un hombre eminentemente culto, con conocimientos de aerostación y de diferentes ciencias, lo que le ayudó en sus atrevidas incursiones a un mundo todavía vetado para Occidente. Hay quien le señala ambicioso. Mitad altruista, mitad quijote. No en vano se piensa que pretendía regresar a Marruecos. Con la idea de encabezar una revuelta contra el sultán para quitarle el trono. Una taza de café acabó con su gloria.

Etiquetas: , , , , , , ,

Cayetana de Silva

27 Enero 2010 | 31 Comentarios

El Museo de Bellas Artes de Sevilla acogió hace poco una original exposición sobre la colección privada de pinturas de la Casa de Alba. Cuarenta obras escogidas procedentes de Liria y Dueñas. Que son los palacios que posee esta Casa Ducal en Madrid y Sevilla. Contemplaba esta exposición obras de Tiziano, de Giordano, de Ribera y de Murillo. También de Sorolla. De Zuloaga. De Bacarisa. Y de Romero de Torres. Entre otros maestros. Hasta un Renoir, de título Mujer con sombrero con cerezas. Pero la grandeza de aquella exposición la aportaba Goya, con el Retrato de la XIII duquesa de Alba. Mujer tan osada como adelantada de su época. De nombre Cayetana de Silva y Álvarez de Toledo. Que el pintor -a quien se le adjudican amores con ella- inmortalizó por primera vez en 1795 en este lienzo en el que aparece con vestido primaveral, acompañada de un perro caniche. Obra a la que siguieron los dibujos de su Álbum de Sanlúcar (de Barrameda), localidad gaditana a donde la acompañó -dicen que de forma pecaminosa- entre 1796 y 1797 tras enviudar del duque de Medina Sidonia. Volviéndola a retratar de nuevo en Madrid, esta vez con mantilla negra. Óleo que se exhibe en la Hispanic Society, de Nueva York. Y que con La duquesa de Alba y su dueña -anterior a su viudedad- constituyen la obra oficial de Goya respecto a la aristócrata. Que la leyenda identifica con las Majas -vestida y desnuda- que formaron parte del gabinete privado del válido Godoy -amante de la reina María Luisa- a modo de pinturas superpuestas para el juego erótico.

xii-duquesa-de-alba-goyaHay escritos contradictorios sobre los amores de Goya con la duquesa. Unos dicen que fueron amantes. Otros que jamás el pintor fue correspondido. Lo cierto es que ambos se llevaron el secreto a la tumba. Pero con la desaparición prematura de esta dama vino la leyenda. Que identifica el cuerpo recostado de Cayetana con La Maja desnuda. Aunque hay también quien reconoce en esta mujer a la gaditana Pepita Tudó, amante adolescente y esposa después de Manuel Godoy. Corresponda o no este bello cuerpo a Cayetana, Goya pintó una extraordinaria obra de arte. Muy atrevida para la época. Y que delata complicidad entre el pintor y su modelo, que la presenta tremendamente sensual y atractiva. Cayetana había contraido matrimonio muy joven con el XV duque de Medina Sidonia, con quien no tuvo descendencia y de quien enviudó cuando ella contaba 34 años. Hija única, heredó el título de su abuelo. Un hombre de la Ilustración, a quien Carlos III nombró embajador en Paris. Y que mantenía amistad con Voltaire y con Rousseau. De muy joven, Cayetana rivalizó en la Corte con María Luisa de Parma, cuando aún era la esposa del principe heredero. De hecho, compartió amante con aquella en la persona de Juan María Pignatelli, hijo del marqués de Mora. Joven libertino próximo al círculo palaciego, que se entretenía haciendo juegos peligrosos en una Corte cada vez más podrida a la que acudían ricos aristócratas desocupados buscando placeres mundanos entre intrigas.

El odio entre Cayetana y la que luego fue esposa del infeliz Carlos IV fue a más. Retándose ambas en caprichos, travesuras y perversidades cortesanas. Extravagante y provocadora, pero también divertida y cercana al populacho, la XIII duquesa de Alba se ganó la admiración del propio rey. Y cautivó a Goya, dieciseis años mayor que ella, sordo, gruñón y arisco. A quien conoció recien casada en casa de su madre. La condesa de Fuentes (por segundo matrimonio), culta dama que ayudó al pintor a entrar en la Academia y le abrió la puerta de los Borbones. La pintura que mejor define a Cayetana de Silva es La Duquesa de Alba con su dueña, donde ésta aparece de espalda en flagrante travesura sorprendiendo a una anciana ama de compañía de nombre Rafaela Luisa Velázquez. Y a quien familiarmente llamaban la Beata por responder con rezos exagerados a todo lo que le escandalizaba. En este óleo sobre lienzo -que figura en el Museo del Prado- Cayetana luce ese largo cabello negro enrizado del que solía presumir al asegurar que alisado llegaba a cubrir -cuando se desnudaba- las partes más íntimas de su cuerpo. Murió esta aristócrata a los 4o años. Dicen que de unas fiebres, aunque se especula con que fue envenenada por encargo de la reina. Que habría urdido su muerte junto a su amante el válido. De hecho, Carlos IV encargó al propio Godoy una investigación que -como cabía esperar- terminó archivada. Y que otro duque de Alba -el XVII- intentó esclarecer aportando una prueba testifical a la contra tras exhumar sus restos en 1945. Tal vez consiguió despejar la duda. Pero no acabar con la leyenda que acompaña a esta osada duquesa. Convertida en mito gracias al pincel de Goya. Que se sintió desbordado por su belleza.

Etiquetas: , , , , , ,

Puerta de Europa

22 Enero 2010 | 39 Comentarios

Tuve el privilegio meses atrás de compartir mesa con Carlos Fuentes en el Gran Café de la Parroquia, en el Puerto de Veracruz. Junto al gobernador Fidel Herrera, amigo común. En la nueva sucursal que este histórico café abrió en 2008 -coincidiendo con su bicentenario- en Boca del Río, en el ensanche de la ciudad. El escritor se sentía allí como en casa. No en vano -aunque nacido circunstancialmente en Panamá- Veracruz es su tierra de origen. Donde en el siglo XIX se establecieron sus abuelos -canario él y alemana ella- como otros muchos emigrantes europeos atraidos por la aventura americana. Y que contribuyeron a crear riqueza en la región. Desde la banca. Y desde el cafetal. Que fue el caso de la familia del escritor. La Parroquia está unida al corazón de Fuentes. En ella recreó pasajes de su novela La silla del águila, editada en 2004. Pero que desarrolla de modo futurista en 2020, con un político real -ya fallecido- dentro de la trama. Y que ocupa con su anciano poder una de la mesas de este café haciéndose acompañar de un loro charlatán. Es el presidente mexicano Adolfo Ruiz Cortines, que representa la sabiduría en la política. Cual viejo zorro de sus manejos. Y que el loro sustenta repitiendo consignas históricas del PRI. Cada vez que Fuentes acude a Veracruz bucea sus recuerdos de infancia en este emblemático café. Al que acudía su abuelo con novelas de época, que leía placidamente tras repasar los periódicos del día. Junto a un lechero (café con leche servido en mesa) con chilindrinas, que es un pan dulce mexicano. La Parroquia le trae esos recuerdos, que él trata de rememorar cada vez que pisa el establecimiento. Buscando imaginariamente la mesa del abuelo. Que no es una mesa exclusiva, porque todas -incluida la suya- llevan consigo prolífera historia. Que no es otra que la de este maravilloso Puerto de Veracruz, que otrora fue puerta -de entrada y salida- de Europa.

Estaba yo esos días en Veracruz en un viaje de nostalgia. Buscando lugares que dieran vida a mis lecturas históricas de México. El Hotel Las Diligencias. El puerto. San Juan de Ulúa. Los viejos ferrocarriles de la Revolución. Y el Gran Café de la Parroquia. En todos ellos me sentía feliz, con la compañía generosa de mi anfitrión, mi buen amigo Armando Quintero Mateos. Pero de todos esos lugares el que más repetí fue La Parroquia, atraido por su singular historia. Y por la del patriarca de la familia que actualmente lo regenta. El montañés don Fernando Fernández Lavid. Nacido en Santa Olalla de Molledo, a 25 kilómetros de Torrelavega. Y que vino a este lugar en 1936 al calor de unos parientes, indistintamente establecidos en Cuba y en México. Don Antonio Fernández Fernández, hermano de su padre. Propietario del Café El Carrio, en la vieja Habana. la-parroquia3Y don José Fernández Fernández, tio paterno también. Que regentaba La Parroquia veracruzana. Con un pasaje desde Santander que le costó 800 pesetas, una pequeña maleta y unas fotografías familiares, don Fernando se presentó con apenas 14 años ante su tío en Veracruz nada más desembarcar del Cristobal Colón. Fue una vida de sacrificios. También de aprendizaje. Pero provechosa. Donde ocupó todos los empleos, hasta que en 1946 fue nombrado gerente. Y más tarde se hizo con el negocio comprándoselo con facilidades a su pariente. No sin antes adquirir -gracias a sus ahorros- una casa en Santa Olalla de Molledo. Siguiendo así la tradición de los emigrantes montañeses en México. Que siempre tuvieron sus ojos puestos en España. Hoy La Parroquia la dirigen sus hijos Fernando, Ángel y Felipe Fernández Ceballos, que se independizaron de otra rama familiar que explota un negocio similar con el mismo nombre. Pero la autenticidad de La Parroquia está unida a don Fernando y a esas viejas cafeteras metálicas de origen italiano que presiden los dos establecimientos, el del Malecón y el de Boca del Río. Cafeteras artesanales ya de colección fabricadas en Turín que los Fernández Ceballos han conseguido repetir para su nuevo establecimiento con réplicas exactas a la primitiva gracias a las manos artesanas de los operarios de un taller veracruzano. Y que son su signo de distinción histórica de cara al mundo.

El Gran Café La Parroquia tiene su origen en un establecimiento llamado El Caballo Blanco fundado en 1808 por un estadounidense en las inmediaciones de lo que es hoy la Catedral de Veracruz, entonces parroquia. De ahí su nombre. No tardó mucho en denominarse como hoy día porque en 182o el negocio fue traspasado a un ciudadano francés que lo bautizó como tal. Tuvo varios propietarios, pero desde 1867 todos fueron ya españoles. Don José Capdevila, catalán. Don Rafael Menéndez y don Manuel González, asturianos. Y la familia actual, de Cantabria. Primero don José Fernández Fernández y después don Fernando Fernández Lavid, el patriarca de la saga que lo regenta. Ha sido un café errante, porque del primitivo local pasó a otro situado junto al Malecón. En la calle Valentín Gómez Farías. Y que ahora son dos con el de Boca del Río. Frecuentado en otros tiempos por Bernard Schaw, Truman Capote, Agustín Lara y María Felix -así como por todas las celebridades que llegaban al puerto de Veracruz-, fue el último establecimiento que pisó el presidente Porfirio Díaz antes de embarcar hacia su exilio parisino. La memoria de un mesero (camarero) de nombre Agustín García -y que le llamaban Mérida por ser de esa ciudad yucateca- ha dejado registrado para la posteridad su último desayuno en tierra mexicana. Un lechero, una canilla y una ración de papaya. Otro mesero, Pedro Degollado -con cincuenta años de oficio en la casa- sirvió en 2008 a modo honorífico el primer lechero del nuevo local de Boca del Río. Degollado y Fernández Lavid ha extendido desde el Malecón a esa otra parte moderna de la ciudad los secretos de toda una vida entre aromas de café. Y la clientela, que en Veracruz es tradición que pasa de padres a hijo, ha aportado la peculiar llamada al mesero haciendo sonar la cucharilla en el vaso. Que se trata de una forma amistosa de reclamar el café. Y que tiene su origen en el paso de los viejos tranvías junto al primitivo local. Cuando los conductores hacían sonar la campana para que les llevaran el café junto a la ventanilla. Lechero. Cuarto de carga. Media carga. Express. Americano. Champola (leche malteada). Dos siglos de historia de Veracruz. Tierra jarocha. Puerta abierta de México a Europa.

Etiquetas: , , , , , , ,

Noche castiza

16 Enero 2010 | 34 Comentarios

Madrid. Viernes 15 de Enero, diez de la noche. La llamada al móvil me ha llevado inconscientemente a la plaza de Ramales. Dónde, concluida la conversación, me encuentro ante el monolito que recuerda que allí hubo una iglesia donde estuvo sepultado Diego de Velázquez. Digo estuvo porque aquella iglesia, llamada de San Julián, ya no existe. De hecho, en el solar donde estaba erigida nació esta plaza. Que debe su nombre a un pueblo cántabro, colindante a Vizcaya y que atraviesa el rio Asón, que pasó a la posteridad porque allí Espartero venció al Ejército carlista (Primera guerra, 1839). De ahí que al pueblo aún se le conozca como Ramales de la Victoria. Pero Velázquez es anterior, como Mariano José de Larra, que residió y murió en la vecina calle de Santa Clara, donde una lápida de 1908 recuerda que allí puso fin a su vida. Triste episodio, que eleva a siniestro una pequeña placa metálica adosada al portal que anuncia que en ese edificio opera hoy día la agencia 611 de Ocaso Seguros. Mi paso es por ello más que veloz, de manera que, pasada la iglesia de Santiago, me situo en la calle del Espejo, en cuyo número 1 vivió Francisco de Goya y su esposa Josefa Bayeu. Y donde nació su hijo Vicente Anastasio. Cuatro plantas tiene esa casa, que se ubica ya dentro de los límites del Madrid de los Austrias. Junto a la calle Mayor, muy cerca de la antigua Puerta de Guadalaxara, que dicen los cronistas de la Villa que fue uno de los accesos más importantes del Madrid medieval. Y que dejó de existir en 1582 al ser derribada la vieja muralla. La noche es luminosa. Hoy ha sido un día sin lluvia, tras una semana inclemente que me ha hecho olvidar la hermosa nevada del domingo 10. Hace frío, pero la temperatura no es extrema. Luego invita a pasear. Mi destino lo dejo al azar. Porque son calles que no sólo conozco, sino que me llevan.

cava-baja-madrid2Presiento una noche castiza. Entro en Casa Paco, en Puerta Cerrada. Que veinte años atrás se surtía de vinos de Valdepeñas que llegaban aquí en pellejos a hombros de  mozos de   reparto   provistos de blusas    manchegas.   Herencia de arrieros. Vino que luego Paco ofrecía a sus clientes en pulcras frascas de cristal. Hoy el negocio lo dirige su nieto, que mantiene el local leal a la tradición. Como Revuelta, la otra taberna de Puerta Cerrada, a donde no llego a tiempo para probar su exquisito bacalao rebozado. Que compite en calidad con el de Casa Labra, otro castizo de Madrid. Pero distante de aquí. En la calle Tetuán, en los aledaños a la Puerta del Sol. En cuyo entresuelo Pablo Iglesias fundó el PSOE. Cruzo la calle Segovia, para elegir una de las dos Cavas. La Alta, silenciosa. O la Baja, que se presenta con bullicio. Con sus tabernas a tope. Elijo esta última, en dirección al Schotis. Mi restaurante preferido desde que llegué a Madrid en 1974. En cuyo mostrador he pasado muchas horas de mi vida. Lleva el nombre del baile castizo de Madrid, pero un día Camilo José Cela convenció a Pedro Palacios, su primer propietario, de su origen escocés, modificando el nombre. Hasta hoy. Los herederos de Palacios traspasasaron el negocio a los camareros, que desde finales de los ochenta son los propietarios del lugar. Los dos Pepes -José de Pablo y José Luis Valtierra-, Paco, Rufino, Martín y Serafín. Algunos ya se han jubilado, pero el resto sigue al pie del cañón. Esplendida tortilla de patatas que Paco me ofrece en ración doble mientras Rufino me da conversación. El Schotis fue el restaurante que frecuentaba José Bergamín, cuyas fotografías colman sus paredes. Iba allí con José Luis Barros, eminente doctor. Cuando seguían a Rafael de Paula. La música callada del toreo. También lo frecuentó Alberti a su vuelta. Y el profesor Tierno Galván. Fue fundado en 1962. Y en sus paredes cuelgan fotografías de otro Madrid. El de Urtain y Pedro Carrasco. De Caracol y Lola Flores. De Amancio y de Pirri. De El Cordobés y Bienvenida. En sus comedores guarda como preciado tesoro frescos sobre pared de Eduardo Vicente con estampas del Madrid castizo. Y pinturas posteriores de Matellano. Reliquias de una época. Que conservan como oro en paño junto a un viejo organillo que le da prestancia al local.

Fernando me atiende ahora en el mostrador de Casa Lucio mientras el prócer -viejo amigo- saluda a sus clientes luciendo chaquetilla blanca. Tabernero de Madrid este Lucio. Guardián de su pureza castiza. Muchas horas también con él allí. Ese blanco inmaculado de su chaquetilla sólo lo he visto de niño en Cádiz a dos carniceros de dinastía gitana. Chano Vargas, en la calle Valverde, y Perico el Melu, en el Mercado Central de Abastos. La Cava Baja albergó hasta finales de los setenta una taberna flamenca llamada Las Cuevas de Nemesio. Que disponía de un pequeño teatrillo. Y que hizo mestizaje con el casticismo, aflamencando para siempre el Madrid de los Austrias. Porque antes que naciera El Cigala ya Madrid tenía su palo. Los caracoles. Que son cantes para el baile que surgen de la cantiña. Cantes que viajaron desde Cádiz con letras alusivas a Madrid, otrora cuna de grandes cafés cantantes. En aquellas Cuevas de Nemesio creció como artista mi inolvidable amigo Paco Toronjo, que me despidió con fandangos por las calles de Huelva en la primavera de 1991 a punto yo de marchar a México. En una noche memorable en la que nos acompañaban Manolo Yélamo y Onofre López. Son recuerdos que me vienen al abrigo de esta madrileña Cava Baja. En la que me siento a gusto. Y de la que empiezo a despedirme hasta otro día, dejando atrás el Viejo Madrid, Casa Esteban, La Chata. Nombres de ayer que cohabitan con otros de hoy. Aljaraque. La Perejilla. Txacolina. Casa Lucas. Casa Víctor. Para volver a pasar por el Schotis. Y por aquellas dos viejas posadas de mis primeros años por aquí. La de San Isidro, reconvertida en apartamentos, y la del Dragón, hoy en obras. Con un cartel que anuncia que allí se abrirá un hotel. Puerta Cerrada. Calle del Conde Casa Miranda. Mercado de San Miguel, totalmente renovado. Y otra vez la plaza de Ramales, tras dejar atrás Santiago. Enclave velazqueño de Madrid. Que eligió Goya para vivir. Donde se pegó el tiro Larra. Calle de la Amnistía. Donde me espera Francesco, italiano de Udina. Propietario del Bellini. Que es el Chicote del Madrid de los Austria. Hoy toca un manhattan. Parada final de una noche castiza. Donde escucho como Sabina le canta al poeta. Cuando volvía del extranjero,/ tan forastero, /a las diez no era de día,/ a las seis ya era de noche, / pídame un coche,/ fumando espero/, y le aplaudían los camareros. Cuidado con el escalón, don Ángel.

Etiquetas: , , , , , ,

Blanco colonial

13 Enero 2010 | 36 Comentarios

Casablanca se ha convertido en una ciudad ruidosa. Incómoda. Que crece velozmente en su aprieto. En la que cohabitan bolsas de pobreza extrema con desproporcionados rascacielos que rompen con soberbia la armonía de su exquisita arquitectura colonial. Hoy destrozada por abandono. Y que discurre entre bulevares y rondas creando una conjunto urbano admirable que se inició hace cien años. Con edificios de corte racionalista, decorativo (art decó) y neomorisco de creativos trazados. Que incorporaron mármoles, hierro forjado y maderas de cedro en su artesonado. Palmeras alineadas formando avenidas que comparten espacio con su caserío blanco. Conjunción cuasi perfecta en la que se emplearon con celo los mejores urbanistas franceses de la época. En la primera mitad del siglo XX. En una ciudad portuaria que es también paraiso soleado al frescor de la brisa atlántica. Logrando como resultado que se la conozca desde los cincuenta como capital de la arquitectura moderna. He paseado apenado un par de días por sus calles observando como muere lentamente la ciudad colonial para dar paso súbito a nuevos edificios futuristas que nacen sin planificación en los rincones más remotos. Allí donde existe un solar. O se consigue un derribo. No me lo explico. Salvo que gocen de protección real. Que el Rey en Marruecos también hace caja. Poder político. Económico. Y espiritual. Como se plasma en el gigantesco alminar de 210 metros que se eleva desde la Gran Mezquita al borde del mar. Levantada por mandato del desaparecido Hassan II. Capaz de albergar a 25.000 fieles bajo su techo. Capricho real que justificó acogiéndose al versículo coránico que preconiza que el trono de Dios se construirá sobre la olas. Obra faraónica que pagaron los asalariados de Marruecos con impuestos extraordinarios. Construida por el arquitecto francés Michel Pinsau en 1993. La más grande del mundo después de La Meca. Reina ahora de Casablanca. Que convierte en vasallo al Twin Center, con sus dos torres gemelas de 115 metros de altura levantadas en 1996 por Ricardo Bofill. Y que dan cabida al confortable Hotel Kenzi, oficinas, tiendas exclusivas y un espacioso supermercado en sus sótanos. Lujo de pocos, miseria de muchos. En una ciudad relativamente joven, pero que suena siempre a historia.

hotel-lincoln1Casablanca es la capital económica de Marruecos. Está ya cerca de los cuatro millones de habitantes. Cuando en 1907 -año en que se establece el Protectorado francés- contaba apenas con 30.000. La percibo sucia. Tremedamente desigual en lo social. En contraste acusado. Desnuda de crecimiento sostenido. Decadente. De ojos tristes que imploran cariño, diría yo. Con cien mil estudiantes en su universidad a la espera de oportunidades. Con la mujer tomando posiciones más activas en la sociedad. Y con trabajadores que huyen del medio rural aporreando la puertas de una ciudad que creen que les va a sacar de la pobreza. Los petit taxis siguen operando en sus colapsadas calles como remedio moins chère para el traslado rápido de las clases populares. Que llegan aquí desde los suburbios en autobuses y trenes ligeros de cercanías. Y que pasan indiferentes ante los confortables hoteles de diseño que surgen como agujas en la urbe. Hoteles que suelen estar reservados para las citas de negocio entre ejecutivos extranjeros y élites locales adineradas. Las mismas que residen comodamente al gusto francés en suntuosas villas que se asoman a La Corniche, balcón marítimo del barrio de Anfa. Entre el faro de El Hank y el islote que alberga el morabito de Sidi Abderraman, santo muy frecuentado por la gente humilde. Que se cree así protegida de ciertos males. El viejo bulevard de Mohamed V (antes de la Gare) está dejando de ser el eje comercial de la ciudad, que se desplaza progresivamente hacia Maarif, antiguo barrio de españoles, ya cerca de los bulevares de Anfa y Mohamed Zerktuni, donde se situan nuevos hoteles, tiendas internacionales de marca y restaurantes de cocina elaborada a la francesa sobre bases de foie-gras, carnes de buey charolais y pescados blancos del Atlántico. Intentando crear así otra Casablanca. Más imaginaria que real.

Pero la auténtica sigue ahí. En estas calles de cafés abarrotados por las que paseo. Donde sobrevive a duras penas el Mercado Central. De estilo arabesco, con sus puestos ordenados de fruta de temporada, verdura fresca, especies molidas, carnes y pescados del día. Y el antiguo Hotel Excelsior, ahora marchito. Cerca de la Brasserie La Bavaroise, uno de los mejores restaurantes de la ciudad. Y del ya clausurado Cine Rif, con cuyo nombre ha sido rebautizada una sala que opera ahora en Anfa. Es el corazón de una ciudad que giró en torno a la antigua plaza de Francia (después de Naciones Unidas). Con el edificio Moretti-Milone, construido en 1934-1935 por Pierre Jabin. Y el de la Socifrance, del mismo tiempo, obra de Erwin Hinnen. Una ciudad que discurría por el bulevard de la Gare (después de Mohamed V) y sus calles adyacentes. Que me llevan a ahora a edificaciones de los años 20. El derruido Hotel Lincoln, modernista con aportaciones neomoriscas. El edificio Maret, revestido de artísticos mosaicos. La Estación Central (Casa-Voyageur), con su impresionante torre-reloj de inspiración árabe. Que de lejos parece gemela a otra torre espigada. La de la antigua Municipalité, hoy sede de la Wilaya (Provincia). La Poste. La posada de El Glaoui de Marrakech. Los edificios Liscia y Bendayan. Y la catedral del Sagrado Corazón de Jesús, con sus dos estrechas torretas de cubo inspiradas en alminares de Oriente. Esta ciudad de Casablanca nacida en el siglo XX en el extramuro de la vieja medina surgió de un plan ordenado por el urbanista francés Henri Prost al que acudieron con ilusionantes proyectos prestigiosos arquitectos franceses. Que levantaron edificios de creación libre conformando un conjunto arquitectónico cuyo valor artístico está en riesgo. Expuesto al blanco de los especuladores inmobiliarios que encuentran en su abandono presa fácil a tumbar en una era de fiebre por los rascacielos que nunca van a tapar las miserias de esta parte del mundo. En una ciudad que universalmente es conocida por una película que jamás se rodó en sus calles. Y que ha dado la espalda a un patrimonio colonial que le resulta ajeno. Bloc de foie, té a la menta. Querer para no poder.

Etiquetas: , , , , , , , , , , ,

Moshé Blum

08 Enero 2010 | 34 Comentarios

Otto Preminger dirigió en 1960 una película titulada Éxodo, cuyo principal protagonista es un joven guía nacido (sabra) en Palestina de nombre Ari Ben Canaan que encarna el actor Paul Newman. Inspirada en la novela homónima del escritor Leon Uris -también judío, como el director de la cinta-, Éxodo relata un episodio previo a la creación del Estado de Israel. Cuando 611 judíos supervivientes de la II Guerra son reagrupados en un campo de refugiados en Chipre. Y sortean el férreo control británico para embarcar en un mercante con destino al puerto de Haifa. Dirigidos por el haganá, el Ejército secreto judío. Arriesgando sus vidas, en medio de la dificultad internacional. Los hechos suceden en 1947, un año antes de la conformación del Estado hebreo. Aquel desafío a los británicos -administradores hasta 1948 de Palestina- es conocido como el aliá (ascenso), que es como espiritualmente se denomina el camino final que conduce a la diáspora a su Tierra Prometida. Y que se inicia a finales del siglo XIX cuando llegan los primeros olim (inmigrantes) de Europa Oriental y Yemen empujados por el incipiente movimiento sionista. Creándose así los primeros asentamientos agrícolas del futuro Estado de Israel, que contó con el apoyo generoso del barón Edmón James de Rothschild. Destacado banquero de la rama francesa de esta rica familia judía que desde un primer momento hizo comunión con el movimiento sionista proporcionándole importantes recursos. El antisemitismo de la Rusia zarista provocó nuevos éxodos por el Mundo, que tuvieron desigual destino. Muchos eligieron el continente americano-Estados Unidos, México, Argentina-, mientras otros -guiados por las enseñanzas de su fe- optaron por Palestina, dando lugar a una segunda oleada del aliá. Que exportó a la Tierra Prometida ideas socialistas ya practicadas por los judíos en Bielorrusia. Así como el primer kibutz, que se estableció en Degania en 1909. De ese tiempo es la configuración de Tel Aviv como primera ciudad moderna judía y que nació de un suburbio de Yafo. El hebreo se convirtió en lengua coloquial, surgieron periódicos en ese idioma y se creó el hashomer, primera célula de autodefensa judía.

exodoConfieso que mantengo posiciones muy severas contra la política que aplica Israel hacia el pueblo palestino. Dueño tan legítimo como el judío de aquella tierra. Lo que no impide reconocer mi admiración por el proceso que condujo a la construcción del Estado hebreo, el desarrollo alcanzado en estos últimos sesenta años y el derecho de este pueblo a tener un lugar en el mundo tras tantas persecuciones a lo largo de los siglos, máxime después del Holocausto. Pero compartiendo una tierra que historicamente ha sido de dos. Logro difícil. Como fue para los judíos aquel éxodo. Que la película de Otto Preminger ha dejado para la posteridad con éxito extraordinario de taquilla. Y con una trama que sigue provocando grandes emociones cada vez que se repone. De la que no es ajena esa lograda banda sonora de inspiración bíblica que compuso Ernest Gold. Judío también. Que alcanzó un oscar de Hollywood por su trabajo. Newman en el puente oteando el horizonte. Con la Estrella de David ondeando al viento a modo de bandera. Y con música épica de fondo para la gran hazaña. Hasta 1939, año en que comienza la II Guerra, no pararon de llegar oleadas migratorias a Palestina. La tercera (1919-1923) condujo a 35.000 judíos originarios de Rusia y Polonia. Creándose los primeros movimientos obreros. La cuarta (1924-1928) aportó otros 67.000, también europeos pero procedentes de las clases medias. Que introdujeron mano de obra cualificada. Y la quinta (1929-1939), más de 250.000. Judíos de Europa de Central que huían de la llegada de Hitler al poder en 1933. Médicos. Académicos. Artistas. Y músicos virtuosos, que nada más pisar la Tierra Prometida crean la primera orquesta filarmónica de Israel.

En aquellos buques mercantes repletos de judíos con destino a Palestina tras la II Guerra había un marino español que ocultaba su identidad tras el nombre de Moshé Blum. Tenía entonces 49 años. Pero con él arrastraba una vida agitada. De ideales no exentos de riesgo. Era Miguel Buiza Fernández-Palacios. Sevillano. Perteneciente a una familia acomodada de la ciudad. De opulentos miembros de la industria local. Que con sólo 17 años había ingresado en la recién creada Escuela Naval de San Fernando. Con una carrera militar que le llevó al empleo de capitán de corbeta en los años previos a la guerra civil. Republicano convencido, fue de los escasos jefes y oficiales de la Marina de Guerra que permanecieron leales al regimen golpeado. Lo que le valió el ascenso al almirantazgo, llegando a mandar en dos ocasiones la flota que desde el otro bando llamaban roja. Reconocido estratega, propuso con información fehaciente al Gobierno neutralizar con un desembarco en Motril a Queipo de Llano sabiendo que utilizaba la farsa. Y que carecía de medios en Andalucía para abrirse paso hacia Madrid. Pero se negó Miaja. Extendiéndose la guerra a tres años, sin posibilidad de alcanzar el armisticio. Que era lo que perseguía. Este marino sevillano fue el almirante que condujo los restos de la flota republicana a Bizerta (Túnez). Donde la entregó a Francia en marzo de 1939 desobedeciendo a Negrín ante el temor de que fuera aniquilada por Franco. Ya a punto de obtener la victoria. El almirante Buiza terminó enrolado en la Legión francesa, donde obtuvo el empleo de comandante. Pero el régimen de Vichy le alejó de ella. Retirándose a Orán como librero. Hasta que surgieron los Corps francs d’Afrique del general Giraud (1942). Para combatir a Alemania en el Norte de África. Participando en la campaña de Túnez, lo que le hizo merecedor de varias condecoraciones. Terminada la contienda europea se instaló en la Francia libre, hasta que en 1947 fue reclutado al frente de un mercante por Zeev Hadari, responsable de los aliá ilegales que -como en la película de Preminger- intentaban llegar a toda máquina a la Tierra Prometida tras una guerra monstruosa. A bordo del Geula. (Ex Paducah). Con pasaporte falso de apátrida judío que le permitió integrarse en un contigente de voluntarios errantes que procedían de Estados Unidos y Canáda. También falso. Pero al frente del timón. Hasta que los ingleses interceptaron su buque en Haifa. Recluyéndolo en un campo de concentración. Moshé Blum volvió a ser Miguel Buiza tras la constitución del Estado de Israel. Residiendo después en Marsella. Jamás regresó a España, en cuya guerra murió en combate su hermano Francisco. Comandante de la Legión de Franco. Y donde vivía holgadamente el resto de su familia. Una austera esquela de su viuda en Abc -el periódico que siempre se leyó en su casa sevillana- informaba el 6 de agosto de 1963 de su fallecimiento (dos meses antes) en Paris a los 65 años. Con el se iba una parte de la historia. También un mito errante. Shalom, Moshé Blum.

Etiquetas: , , , , , , ,

Junto al Níger

30 Diciembre 2009 | 32 Comentarios

I ka kené (Cómo estás)?, preguntó Diane, mi conductor en Mali, al recogerme en la puerta de Le Grand Hôtel, de Bamako. Toro té (Muy bien), le respondí en bambara, la lengua local más hablada. Es 24 de diciembre. Diane ha preparado su Mercedes 190 diessel verde metalizado para hacer una pequeña tourné por Bamako, que significa caimán de pantano en esa lengua. Estoy en África Occidental. En un hermoso país que otrora formó parte del Sudán francés. De gente educada. Orgullosa de su cultura. Con una música espectacular, que se interpreta en percusión de calidad. Mali fue uno de los tres grandes imperios que controlaban en la Edad Media el comercio transahariano. Oro. Sedas. Piedras preciosas. La sal gema del desierto. Hace un día templado en Bamako, capital del país. Tirando a caluroso. La tierra roja me devuelve recuerdos de África. En la década de los ochenta. Cuando pisé por primera vez esta ciudad, que se encuentra entre colinas. Y que observo transformada. Doblemente poblada. Más extensa. Con mejores infraestructuras que en aquellos tiempos en que mandaba todopoderosamente Musa Traore. Con ocho años ya de feliz democracia. Que le ha dado estabilidad y respeto en África. Y con ese colorido que acentúa su identidad. Presente en todos sus rincones por la indumentaria bubú. Pero más contaminada que nunca por el humo que despide el gasoil quemado. Con un segundo puente sobre el Níger donado por el rey Fahd en los noventa. Más allá del que yo ya conocía, el de los Mártires. Y con un tercero que está construyendo China para sustituir a aquel otro casi al ras del cauce. Levantado en la época colonial. Que conducía a la vecina localidad de Sotuba, ya clausurado. Me llama la atención el crecimiento del parque vehicular. Que colapsa sus avenidas y bulevares. La mujer conduce aquí el ciclomotor erguida. Con la elegancia de una amazona. Moderando la velocidad. Enseñando al hombre. Tiene la mujer en Bamako un museo (Muso kunda) dedicado a su condición. Y desde hace quince años forma parte activa del Ejército. Las calles están a reventar en esta mañana víspera de Navidad. Los sotramas verdes (transporte popular) circulan abarrotados en zig-zag uno tras otro, emparejados con los duduruni, que son furgonetas a modo de jardineras. También repletas. Sorteando camiones, autos particulares y taxis, que aquí se distinguen por su color amarillo. Escoltados por centenares de motociletas chinas del tipo yakarta, que se detienen en bloque y sin apenas espacio entre sí ante la llamada roja de los semáforos que regulan el trafico en cruces y rotondas. Permitiendo apenas el paso de transeuntes. Y el de todo tipo de viandantes. Porque en las calles de Bamako se vende lo inimaginable. Tarjetas para teléfono, tapices, telas africanas, calzados, frutas de temporada, hortalizas, verduras, bolsas con alcuzcuz, especies, animales vivos, golosinas, muebles, neumáticos, muñecos hinchables, collares, huevos frescos, hojas medicinales, bolsas de agua helada para calmar la sed. Y una impresionante variedad de productos de manufactura procedente de China. Que se ha hecho con el comercio local.

bamakoLa ciudad es como un gigantesco bazar que emana desde el Grand Marché, el principal espacio de abastecimiento  público.  Enlazando con la Casa de las Artesanos. Encrucijada de tiendas que exiben tallas de madera, máscaras tribales, bisutería africana y un conjunto de trabajos a mano sobre bronce, cuero o tela  de algodón.  Frente a la Gran Mezquita. Y a 800 metros de N’Golina. Otro mercado importante. Cerca del lujoso Hotel L’Amitié, levantado por Gaddafi. Como la mezquita a la que popularmente asocian su nombre. La segunda que ha donado el líder libio a Bamako. Blanca con trazos verdes en su alminares. Construida al mismo tiempo que la embajada americana. Que está enfrente. Dicen que fue un desafío. Cierto, pero ahora cohabitan. La primera como atalaya vigilante, con el despacho del embajador con vistas al Islam. Y la mezquita cumpliendo mision espiritual ante Occidente. Con las cinco llamadas del muecín. Hemos cruzado la vía férrea que une Bamako con Dakar, dejando a la derecha la vieja estación colonial levantada por los franceses. Diane me lleva hacia Culoba, la gran colina desde la que se divisa en panorámica el paso del Níger por la capital. Un atajo junto al Hospital Du Point G nos conduce al lugar aparentemente más alto de Bamako, donde se erige el poste de la televisión nacional, la ORTM. Lugar solitario aquel, pero el mejor para apreciar la grandeza de este río que nace en Guinea Conakry, atraviesa Mali, Níger, Benin y Nigeria, donde desemboca formando delta en el golfo de Guinea. El río de mayor longitud de África, navegable hasta Bamako. Que Plinio creyó que formaba parte del Nilo. Creando un misterio que permaneció rayando el XIX, hasta que el explorador escocés Mungo Park fue descubriendo poco a poco para Occidente su actual trazado. Que no pudo presentar en vida al rey de Inglaterra porque murió ahogado en sus aguas a la altura de Busa (Nigeria) asediado por los haussa.

Uno de los mejores lugares para tocar el río es el Hotel Mande, en la llamada Cité del Níger, a 4 kilómetros del centro de Bamako. Donde crea una postal natural de gran belleza al atardecer. Que en las puestas de sol con bruma convierte a sus aguas en estanques de plata vieja, con islotes verdes ensombrecidos entre los que navegan en pinazas los pescadores bozo ya de regreso a casa. Formando siluetas que sólo las permite África. Desde el 2001 no se ven hipopótamos en el Niger a su paso por Bamako. El ruido de la gran ciudad, los nuevos puentes, el desorden climático de estos tiempos y la irregularidad en el torrencial de las lluvias estacionales les ha alejado de aquí. Mali significa en bambara hipopótamo. Me dice Diane que él fue testigo del paso de la última pareja. Que iba remontando el río hacia Guinea. Lo que provocó una avalancha de gente hacia el puente de los Mártires. Que no quiso perderse el espectáculo. Convirtiéndose aquello en una fiesta. Junto a la embajada rusa, se erige el centro de formacion profesional Père Michel, de los Salesianos. Que desde hace décadas viene formando en oficios a muchos malienses. Sin distingo de creeencias. En un país donde el 90% de la poblacion es musulmana. Tolerante. Que ha incorporado el día de Navidad a su calendario festivo, pero sin boato alguno. Diane me comenta que su familia no celebra estas fiestas, pero si acude a felicitar a sus amigos cristianos. Es consciente que Al Qaeda anda por el norte del país. Y lo lamenta. Todo esto viene de Argelia, me confiesa. Es muy cortés Diane. Un hombre sincero, diría yo. Me asegura que los malienses son buenos musulmanes. Nada que ver con quienes propagan el terror invocando a la religión. Los franceses tienen poder en Mali, pero aquí caemos mejor otros europeos. A lo españoles nos identifican con Messi. Con Casilla. Y es común entre los jovenes malienses vestir camisetas del Real Madrid. O del Barça. Emulan a sus ídolos nacionales en el extranjero. Desde el mítico Tigana a los Kanouté, Diarra o Keita. Ni un producto español en los supermecados a los que acuden las élites locales, que están regentados por libaneses. Salvo un vino de mesa envasado de una marca muy popular. Que empezó hace unos años a introducirse en Guinea con doble proporción de azúcar. Hoy extendido en todo África Occidental. Y del que no puedo presumir ante Diane. Por ser él musulmán. Y porque no es lo mejor para alardear de España fuera de nuestras fronteras. Acabamos de llegar a Le Grand Hotel. Siete de la tarde, una más en Madrid. Ha sido un día intenso por las calles de Bamako. En el hall del hotel un grupo de franceses espera impaciente la apertura del comedor para la cena del reveillon de Nöel. Sin importales que todavia el muecín no haya llamado a la quinta oracion del día. El isha, que aquí conocen como safô. Kan bé sini sokoma, monsieur (Hasta mañana, señor), me dice Diane después de despedirse. Inichallah, (In cha’a Allah/Si Dios quiere), mon ami.

Etiquetas: , , , , , , ,

Navidad añorada

23 Diciembre 2009 | 47 Comentarios

Cada año en vísperas pascuales llegaba a mi casa familiar de la calle de la Torre en Cádiz un sobre matasellado en Nueva York, en Londres o en Paris que albergaba una postal navideña con una pareja de baile español. Iba dirigido a mi padre. Que la depositaba a modo de libro abierto en el bureau georgiano del recibidor tras leer su dedicatoria con cariño. En aquellos sesenta Cádiz era una ciudad recogida. Mandaba Franco, que nunca pudo con su espíritu liberal. Que yo creo que tiene más que ver con la tradición heredada de la burguesía ilustrada que con los preceptos constitucionalistas de 1812, que oficialmente es el referente histórico de su forma de convivir. Cádiz era entonces una ciudad de intramuros. Con calles estrechas de cierros y balcones diseñadas para que corriera el viento sin la fuerza con la que sopla en mar abierto. En cada esquina había una tienda de ultramarinos. Que conocíamos todos por el nombre de su propietario. Montañeses que por estas fiestas exhibían ordenadamente en sus mostradores cajas repletas de mantecados, que vendían al peso. Los Tres Reyes, de Facundo Revuelta. La Unión, de Juanito. El Sol, de Ángel Barón. Uno tras otro en la calle Cervantes, donde en parte daba mi casa. Balcón corrido aquel, desde el que yo de niño pasaba horas contemplando el murmullo de la ciudad en clave familiar de barrio. Para nosotros los escolares las fiestas empezaban con el Sorteo Extraordinario de Navidad, que mantenía a las familias pegada a la radio. La voces de esos niños de San Idelfonso cantando los premios emulaban a las del heraldo que anuncia la buena nueva. Que eran relevados en la tarde por los vendedores de Diario de Cádiz que voceban la lista por las calles de la ciudad. La lotería era el motor de arranque de las fiestas. Las mujeres empezaban a preparar la masa de las tortas y los pestiños, a la que añadían vino de moscatel y matalauva, dejándola reposar horas hasta estirarlas para el corte. Que se hacía con vasos de cristal. Exquista masa frita aquella. Enmelada. Que se adornaba con bolitas de anís. Unas sobre otras. Llorando en miel. Sobre una fuente de porcelana blanca.

san-antonioCada familia montaba su nacimiento. Con figuras artesanales de barro cocido heredadas de los abuelos. Siempre faltaba una, que mi padre reponía a ojo acudiendo apresurado al Bazar España, en la calle Columela. Proveedor de belenes de los gaditanos. Como Casa Durán, que todavía existe. O Lepanto, establecimiento juguetero en cuyos escaparates circulaban trenes eléctricos que se detenían en estaciones alpinas escarchadas por la nieve. En la calle Novena. Cerca de la antigua confitería Viena, artesanos del turrón de Cádiz. El llamador de casa sonaba más de los normal. Eran los gremios solicitando el aguinaldo. El cartero. El afilador. El fontanero. El panadero. El lechero. El niño del almacen de ultramarinos. El sereno. Que se llamaba Manolo Segura. Y que acudía de paisano, sin el uniforme de paño azul con botones plateados a juego con su gorra de plato de la que sobresalía la heráldica municipal. Colgado de llavines, que sonaban a campanilleros cuando en la noche acudía a la voz del reclamo. En la vecina plaza de San Antonio, botones uniformados con paquetería fina acudían a casa de los Pemán. De los Aramburu. De los Huart. Mientras los guardias municipales que ordenaban el tráfico procedente de la calle Ancha se hacían acompañar de cestas panaderas para recibir también sus aguinaldos. Las oficinas de Hijos de Agustín Blázquez trabajaban más que nunca acumulando hojas de pedido. Y el padre Pepito -de nombre José Serrano Hidalgo- daba las últimas instrucciones al sacristán de la parroquia de San Antonio para la instalación de la Natividad junto al atril del altar mayor. Figuras de Olot de la Virgen y San José. La mula y el buey. Y un ángel anunciador cascarillado por el ajetreo de los tiempos. Faltaba el Niño, que reposaba oculto en el despacho parroquial esperando la misa del Gallo. En el bureau georgiano del recibidor de mi casa de la calle de la Torre aquella temprana postal navideña permanecía abierta, pero ya acompañada de bolsas de peladillas, turrones de Alicante y cajas de hojaldrinas de Alcaudete. Tarros labrados con fruta confitada. Botellas de anís y brandy. Olorosos de Osborne. Vinos finos de Ruiz Hermanos. Moscateles de Primitivo Collantes. Cavas de González Duboc. Todo cuidadosamente ordenado para la primera noche festiva. Mientras dos pavos vivos aguardaban su hora final atrapados en cestas de palma junto al portón. Indultados por nosotros del sacrificio, que finalmente se producía en casa de mi abuela. Último viaje. Hacia aquel caserón próximo a la calle Nueva. Con fogones de carbón. Pesa romana. Y copa con brasa de picón despidiendo olor a alhucema.

En la esquina de las calles Cánovas del Castillo (después Presidente Rivadavia) y San José, los empleados de La Predilecta, de Mariano González, preparaban las primeras bandejas de charcutería navideña, en finas lonchas que desplazaban con diminutas paletas de madera desde la máquina cortadora. Y en la frutería de los Lombardía, junto al Cine Gades, comenzaba el ritual de seleccionar los aguacates, piñas africanas, mangos y peras de grano gordo de sus pedidos. Que Peco -boina calada, conjuntado de azul mahón- se encargaba de llevar a cada domicilio en cestos de mimbre perfectamente presentados. En la plaza de San Antonio una familia de acróbatas internacionales tensaba a modo de ensayo el cable de acero sobre el que ya en la noche escalarían uno de los dos campanarios a modo de espectáculo navideño. Y en la plaza de España, un conjunto de atracciones configuraba lo que se conocía tradicionalmente como la Feria del Frío. Con un circo para niños que cada año se instalaba en lugares remotos de la ciudad según el solar disponible. En Cádiz sólo se iluminaban sus calles elegantes. Que eran las del paseo. Plaza de San Juan de Dios. Pelota y Compañía. Nueva y San Francisco. Hasta confluir en los dos extremos de Columela. Novena y Ancha. Puestos de castañas asadas. De garrapiñadas. Rondallas con campanilleros. Cafés repletos para merendar. Escaparates con maniquies de etiqueta. Y trajes de noche. Ornamentados con botellas de champaña, dos copas a juego y variedad de confettis. Pañería inglesa para regalo. Artículos de complemento. Bolsos de fiesta. Bisutería. Panderetas, matracas y zambombas. Con el barrio de Santa María regalando música de fondo. Donde familias gitanas y castellanas sin distingo alguno cantaban villancicos flamencos mientras freían sus tortas. Pablito. Gineto. Ezpeleta. Donday. Niño de los Rizos. Alfonso el de Gaspar. Curro la Gamba. Y La Perla. Cocedero de Baro. De Ortiz. Compás de Santo Domingo. Sultanas de coco y curruscos de maní. En el Colegio Arbolí -antigua Casa del Pueblo- los títeres de la Tía Norica representaban sus autos de Navidad, siguiendo la tradición del XVIII. Eran días de vísperas. De preparativos. Que en mi casa de la calle de la Torre adelantaba aquella postal navideña ya abierta sobre el bureau georgiano del recibidor. Cuyos remitentes eran José Luis (S.) Rodríguez y Pepita Sarazena, bailarines internacionales de España. Intérpretes de Turina. De Albéniz. De Falla. Él de El Puerto de Santa María y ella de Colwyn Bay, ciudad balnearia de Gales. Pero como si fuera de la tierra. Más de veinte años llevando la danza española por el Mundo. Descubridores de Enrique Morente, que fue niño seise en la catedral de Granada. A quien incorporaron en una de sus giras a Japón. Con apenas 25 años. Formando parte de su compañía de danza. Entrañables amigos de mi padre, que los animó años más tarde a retirarse en Cádiz concluida su carrera artística. Recuperando José Luis su antiguo puesto en la Caja Nacional. Con su piso de la calle Pintor Clemente de Torres, comprado con los ahorros de tantos años por el Mundo. Tokio, Osaka, Londres, Dublín, Paris, Munich, Montreal, Nueva York. Tíos de mi amiga Marta. Con quienes acudí en 1988 la presentación de la Bienal Flamenca de Sevilla. Los amigos ausentes de mi familia. Con nosotros cada Navidad en aquel bureau georgiano del recibidor de mi casa. Calle de la Torre, Cádiz de mi infancia. Postal de España, Navidad añorada.

Etiquetas: , , , , , , , ,

Dulce nostalgia

18 Diciembre 2009 | 36 Comentarios

Esta historia empieza en Toledo y acaba en México. Podría pasar por un cuento de Navidad, dadas las fechas. Pero es más profunda. Hasta sencilla. La Navidad fue en esta ocasión un motivo. Fruto de la necesidad. También de la nostalgia. Que fue el sentimiento que siempre acompañó a los trasterrados españoles en cualquiera de los exilios. España es un concepto golpeado, pero siempre está. Por eso no temo su quebranto. He vivido fuera de sus fronteras. Y sé lo que marca. Interpretarla a través de un símbolo es desconocerla. Patriotismo banal. España está fuertemente protegida por sus poetas. Que la transmiten. Al contrario que los historiadores, que la registran según los tiempos. O de los periodistas, que la contamos a vuela pluma. En ocasiones de manera equivocada. España es como el bolero, que cuando mejor se siente es en la lejanía. Dicen que la distancia es el olvido./Pero yo no concibo esa razón./Porque yo seguiré siendo el cautivo./De los caprichos de tu corazón. Toledo era en los años 30 una ciudad tranquila. De perfil conservador. Monumental. Militar. Religiosa. Armera. Pero la República, que se estaba fraguando, ya había enviado allí otros vientos. Era visita obligada de los extranjeros que acudían a Madrid. Ingleses, en su mayoría. De políticos, como Herriot. De genios, como Einstein. De españoles ilustrados. Azaña. Fernando de los Ríos. Zulueta. Ortega. Y refugio entre libros de Madariaga. De Marañón, que en su cigarral de Los Dolores compartía animada tertulia con ilustres visitantes. Pérez de Ayala. Valle. Unamuno. Federico. Marcelle Auclair. La tenista Lily Alvarez. Culta mujer ésta. El 98 y el 27 juntos con Toledo de fondo bajo el cielo de El Greco. Supiste esclarecer mis pensamientos./Me diste la verdad que yo soñé./Ahuyentaste de mi los sufrimientos./En la primera noche que te amé.

mazapan-1Luis García-Galiano era un joven emprendedor de familia acomodada que había nacido rayando el siglo XX en Sonseca, donde de niño había aprendido a fabricar el mazapán en la casa-obrador de unos parientes. Junto a su hermano Emilio se estableció en Toledo, pasando a regentar el concesionario de la Casa Ford. De pensamiento liberal, Luis era fundamentalmente un hombre inquieto. Con visión de negocio. A los automóviles de la Ford unió la explotación de la línea de autobuses con Madrid, que pronto dejó obsoleto al viejo ferrocarril que enlazaba con la capital. Próximo a Azaña, pertenecía a Izquierda Republicana. En 1931 se presentó a los comicios municipales por Toledo, alcanzando una de las primeras tenencias de alcaldía. E iniciando así una brillante carrera política tendente a modernizar una ciudad con restos del pasado que la complicaba aún más un cardenal entonces atado a la reacción, Segura. Pero el golpe militar del 36 acabó con su sueño. Teniendo que escapar hacia el exilio, dejando atrás a su familia. El éxodo lo llevó a México, tras pasar primero por Valencia y Barcelona, cruzar la frontera francesa en una columna de derrotados y permanecer un tiempo en un campo de concentración. La Ford de México le dio la espalda, pese a ser un hombre de la compañía. Y empezó un nuevo calvario. La subsistencia. Hoy mi alma se viste de amargura. /Porque tu barco tiene que partir./A cruzar otros mares de locura./Cuida que no naufrague tu vivir.

En las semanas previas a la Navidad de 1939, Luis García-Galiano observó que en los abarrotes (ultramarinos) de Ciudad de México faltaban los productos tradicionales españoles. Como consecuencia de la interrupción de las importaciones desde el régimen de Franco. Y pensó que podría resolver aquella carencia. Así que compró un molinillo de café y unas almendras, que mezcló con azúcar. Recordando lo que aprendió en Sonseca, moldeó figuritas, las barnizó con clara de huevo y las introdujo en el horno de su casa. Con esa primera producción -un kilo, aproximadamente- se tiró a la calle a recorrer todas las tiendas de abarrotes de españoles. Probaban los mazapanes, reconocían su calidad, pero no le hacían encargos. Hasta que llegó a La Sevillana, la tienda de don Ramon Guerra. Lebániego con connotaciones jándalas. Hombre de gran corazón. Legendario personaje de la colonia montañesa. Que encontró en Luis al hombre que podía salvar la Navidad a los españoles residentes en México. Y le hizo su primer pedido comercial. Facilitándole las almendras, el azúcar necesario e, incluso, dinero a cuenta. Nacía en ese momento Mazapanes Toledo, acreditada casa con sede en el centro histórico de México. Que hoy cuenta con tres sucursales. No ya surtiendo de mazapanes (producto estrella) a toda la República, sino elaborando en las cuatro estaciones del año turrones, peladillas y una variada gama de especialidades regionales españolas de la dulcería navideña. A Luis le sucedió su hijo Enrique, que se casó con Susana de Rivas Ibáñez, sobrina de doña Lola, la viuda de Azaña. Mazapanes Toledo lo dirige actualmente la tercera generación. Han pasado 70 años de aquel encuentro entre García-Galiano y don Ramón, que eran políticamente antagónicos pero sí españoles de la lejanía. De la distancia, que no del olvido. Con los beneficios de aquel pedido, Luis pudo reagrupar a su familia y emprender el negocio, hoy ya una institución en Ciudad de México. Dulce nostalgia que puede con todo. Lo dice el bolero: Aunque la luz del sol se esté apagando./ Y te sientas cansada de vagar./Piensa que yo por tí estaré esperando./Hasta que tu decidas regresar.

Etiquetas: , , , , , , , ,

Olga de Málaga

15 Diciembre 2009 | 43 Comentarios

Cuando Pablo Ruiz Picasso pintó Olga Koklova con mantilla, su obra más clásica, Casa Aranda llevaba diez años despachando churros a los malagueños. En la calle Herrería del Rey, donde sigue estando. Junto a su hermana menor de la vecina calle Alhóndiga. Calles estrechas y umbrías próximas al mercado de Atarazanas, hoy en proceso de rehabilitación. Postal costumbrista de Málaga. Que es el Mediterráneo neonato. Brisa fría de invierno que solo apacigua ese sol excelso que aquí en estas calles contiguas a la Puerta del Mar llena de luz el espacio abierto. Con rayos que templan buscando desahogo en la Alameda. Desde La Cubana, que es la tentación dulce de Málaga. Para mi, Anglada. O desde el California. Que ya me entienden los malagueños. Me gusta acudir a Casa Aranda a media mañana. Cuando todas las Olgas de Málaga buscan en esta casa centenaria el abrigo del café tardío. Sombra. Nube. Americano. Cortado de máquina. Corto. Mitad. Largo. Sólo. Semicorto. Semilargo. Chocolate con churros. 0,35 la pieza. Hasta el mediodía. Ni un minuto más. Herrería del Rey es una pasarela de la Andalucía popular que sólo Málaga sabe interpretar sin adivinar que está enseñando su estado más surrealista. Como Picasso, que nos engañó a todos con Olga Koklova, su primera esposa. Bailarina rusa ésta, que la pintó en 1917 cual malagueña. Realista en sus rasgos. Como la podemos ver en el Museo Picasso de esta su ciudad natal. Allí junto a su obra más familiar. Picasso irrumpe brevemente en 1914 en lo clásico. Después de desarrollar el cubismo. Dicen los expertos que rescatando su etapa académica. Pero yo pienso que lo hace pensando en Málaga. Que la llevaba interiorizada. Antes que existiera Casa Aranda, pero sí la calle Herrería del Rey. Que se cruza con Alhóndiga antes de llegar a Atarazanas. Y lo hace como es él. SorprendenteTocándola al pincel con un tapete del hotel barcelonés donde posaba. Mantilla malagueña.

Málaga se fusionó con Picasso hace seis años. Convirtiéndole en un incono. Cuando se hizo realidad el deseo del pintor de que parte de su obra descansara aquí. Deseo que el franquismo echó para atrás, cuando desplazó a su hijo Paul a negociar con su amigo Juan Temboury, a la sazón delegado provincial de Bellas Artes, el envio de dos camiones con obra propia para la ciudad. Año de 1953, año del veto falangista a Picasso. Que no entiende nada. Que se topa con la España revanchista. Inculta. Violenta. olga-koklova-con-mantilla2Ferozmente contraria al artista, pero tan necesitada de los genios del exilio. Que sólo recuperaba después de muertos, como ocurrió con Falla, repatriado ya en el féretro desde Argentina a bordo del minador Marte. Con el consentimiento de algún familiar, urdido por Pemán. La vida breve sobre armón de artillería. Amor Brujo atrapado por la farsa. En un día de enero de 1947 que amaneció con lluvia de castigo sobre Cádiz. Cierto es que Picasso sólo está unido a Málaga por su infancia. Que fue la de un niño prodigio que la interiorizó tal cual es. Porque en costumbres no ha cambiado. Casa Aranda, la de la calle Herrería del Rey (1907) y la de Alhóndiga (1922). Antigua Casa de Guardia (desde 1840). Café Central, fruto hoy de la anexión del Munich y el Suizo. Tauromaquias que recuerdan La Malagueta. Madre y niño, que representan a Koklova y a su hijo Paul pero que pasaría por una maternidad de una gitana Heredia. Retrato de Paulo con gorro blanco, como si paseara de su mano por la plaza de la Merced. Donde su casa natal. Mujer en un sillón, como las del Perchel. O El bañista. Fantasía que me hace recordar los Baños del Carmen, pese a que es obra pintada en Mougins, ya en su etapa tardía. Legado familiar que hoy acoge el Museo Picasso. Y al que añado mi imaginación. Que no puede ser más que malagueña en este sábado 12 de diciembre en que paseo por las calles de esta ciudad andaluza. Entre Olgas que van y vienen. Desde el mercado de Atarazanas a Casa Aranda. Desde Calle Larios a Puerta del Mar. En una mañana de sol de invierno tirando a barniz.

Picasso nació en 1881, pero a los diez años se trasladó con su familia a La Coruña, donde su padre fue destinado como profesor de dibujo. Sin embargo, volvió a la ciudad de adolescente. Unas veces en verano. Otras en invierno. En años de guerra en Cuba. Y ya perdida la isla. Era Málaga entonces una ciudad en decadencia. Dicen que deprimida. Nostálgica de un pasado mercantil que iniciaron los Larios, los Heredia, los Lasanta, los Gálvez. Que dio políticos a España. Salamanca. Cánovas. Dávila Bertoli. Andrés Mellado, alcalde de Madrid. Que se organizaba en colonias extranjeras. Que llegó a tener 37 consulados. Y que en el siglo XVIII enviaba sus vinos a los zares de Rusia. Ciudad que visitaron Washington Irving y Richard Ford. Donde se asentaron familias británicas, holandesas y alemanas atraidas por el comercio maritimo. Bryan. Temboury. Grund. Mowbray. Loring. Gross. Van Dulken. Scholtz. Wunderlich. Kravel. Oppelt. O suecas, como los Bolín. También de comerciantes genoveses, como los Ghiara, los Picasso, el apellido materno del pintor. La infancia de Pablo Ruiz Picasso transcurrió en la plaza de la Merced, donde se conserva su casa natal, hoy Fundación Municipal que se complementa con el museo, establecido en el Palacio de Buenavista, edificio del XVI que perteneció a uno de los primeros regidores de Málaga tras la toma de Granada. Aquel portazo de la España de Franco a Picasso en 1953 duró sólo unos años porque la ciudad, consciente del talento del mayor genio aquí nacido, fue timidamente recuperándolo, la primera vez en 1961 con una exposición de sus cerámicas. Pero hoy Málaga es ya parte notoria del circuito unversal del pintor. 155 obras que pronto se convertirán en 233 gracias a nuevos fondos convenidos con la familia. Y entre las que siempre permanecerá Olga Koklova con mantilla. La primera mujer del pintor. Que no rusa, sino malagueña. Como las que acuden al abrigo del café tardío en Casa Aranda. De Herrería del Rey al Mercado de Atarazanas, tocando la calle Alhóndiga. Postal contrumbrista en una mañana de sol de invierno tirando a barniz. Concha fina malagueña.

Etiquetas: , , , , , , ,