BLOG de Fernando Orgambides

El planeta de las astas montantes

Sesión vermú

16 mayo 2013

Sesión vermú es el título de uno de los álbumes del grupo de rock Siniestro Total, pero en origen es un tiempo acotado fuera del horario habitual que en los años 20, y también en los 50, se empleaba como ocio y diversión. Correspondía con el momento de la mañana, o también de la tarde, dedicado al aperitivo previo a las dos comidas fuertes del día. Y, en suma, al placer de disfrutar del vermú, licor de vino y extracto de yerbas amargas que los hermanos piamonteses Luigi y Giuseppe Cora lanzaron al mundo en la primera mitad del siglo XIX pese a que su inventor fue otro compatriota, el tabernero turinés Antonio Benedetto Carpano, casi un siglo antes. En 1786, concretamente. Como toda novedad excéntrica del XIX, el gusto por el vermú se convirtió en refinado. Y se extendió por toda Europa, incluida España. De manera que la hora del aperitivo pasó a llamarse la hora del vermú. O viceversa. Y entonces los grandes hoteles y salones de baile crearon en los días festivos y sus vísperas el Vermú danzante, combinación de baile y aperitivo a partir de las 11 de la mañana, al tiempo que los teatros y los cines desarrollaban desde las seis de la tarde de cualquier día de la semana la llamada Sesión vermú -La vermú, en muchas ciudades españolas-, consistente en película o comedia más aperitivo. Por lo general, un vermú con una oliva y un trozo de limón natural en su interior. Algunos historiadores adjudican el orígen del vermú a Hipócrates cuando maceró vino con flores de ajenjo con fines medicinales. El ajenjo, o absenta, en alemán es wermut, de ahí que este licor reciba ese nombre por ser muy parecido en sabor a los vinos aromatizados que se elaboraban en Baviera en el siglo XVI. El vermú se hizo muy popular en España, aunque todavía lo es. Pese a que las marcas italianas Martini&Rossi y Cinzano dominan desde el Risorgimento el mercado internacional, en España se elaboran desde años atrás excelentes vermús. Martínez Lacuesta, prestigiosa bodega centenaria de Haro, distribuye desde 1937 un vermú envejecido en barricas de roble americano muy fácil de encontrar en el norte de España. Y la firma vinícola Melquiades Sáenz de Moguer -fundada en 1770- hace lo mismo en el sur con su vermú rojo (derivando a castaño) de sesenta yerbas. También en Barcelona se fabrica en calderas y tinas que datan de 1877 el vermú Perucchi, que goza del privilegio de proveer a la Real Casa además de ser el primero que se elaboró en España. Y cuyo fabricante, don Augusto Perucchi, fue un emigrante turinés establecido en capital catalana. Sin embargo, en España el vermú está asociado a la ciudad de Reus, en el Camp de Tarragona. Patria de Agustina de Aragón, Prim, Fortuny y Gaudí, Reus fue durante más de 60 años la segunda ciudad más importante de Cataluña tras Barcelona debido a su tradición comercial y mercantil. El vermú, la avellana -que goza de denominación de origen- y el aceite de oliva extraído de la arbequina siguen siendo hoy días tres de sus señas de identidad.

casa navasDesde el comedor del Florida, ubicado en la primera planta de un edificio con ventanal a la plaza del Mercadal, se observa la parte superior de una farola fernandina de cinco lámparas rematadas por la corona condal. Cuelgan banderas esteladas en esta plaza mayor, pero esto es ya muy común en las principales ciudades de Cataluña. También se exhiben pancartas que reclaman adhesiones a la independencia. Tan común también como el chador, o el hiyab, que lucen las mujeres de la colonia musulmana de Reus. Un 9% de la población, la mayoría rifeña. Entre esteladas, una importante población de emigrantes de credo islámico y nuevas experiencias asociadas a la deriva soberanista (ahora más separatista que nunca) navega Cataluña en estos tiempos. Yo me he desplazado hoy desde Barcelona a Reus para conocer la ciudad, pero también animado por mi buen amigo Antonio, el tabernero de la Bodega Central, de las madrileñas calles Tutor y Altamirano, barrio de Argüelles, a donde acudo habitualmente a mediodía a tomarme el aperitivo. O el vermú, con su correspondiente oliva. ¿De dónde es este vermú?, le pregunté un día a Antonio. De Reus, calidad superior, me contestó de inmediato. No sé si en Reus sus pobladores son conscientes del prestigio que su vermú tiene en las tabernas madrileñas, la mayoría de las cuales lo ofrecen de grifo. Que es como mandan los cánones. Porque el vermú de Reus forma parte del casticismo madrileño al igual que las aceitunas de Campo Real. Y si no que se lo pregunten a Antonio, uno de sus grandes valedores, que lo despacha con doble cariño. Uno por su procedencia. Y otro por el cliente al que va destinado. Precisamente cariño es lo que falta en las relaciones entre Cataluña y el resto de España, aunque yo creo que eso se resolvería si ambas partes se emplearan en hacer política de estado. Y si algunos no infundieran miedo para que otros se puedan expresar libremente sin temores ni complejos. Me dio una tremenda tristeza el otro día presenciar en TV3 a uno de los más prestigiosos oncólogos de este país, Josep Sánchez de Toledo, jefe de dicho servicio en el Hospital Valle de Hebrón. Lo percibí sintiéndose casi obligado a revelar su segundo apellido -Codina- para que el president Mas -presente en el acto al que asistía- supiera que geneticamente era hijo de madre catalana. Yo le diría a Sánchez de Toledo i Codina: De entrada, y con todo mi respeto, usted no es hijo de padre de Valladolid o de madre de Llinars del Vallès, como es el caso. Ni español ni catalán. Sino uno de los oncólogos más prestigiosos (y reconocidos) del mundo desde que en 1984 fuera pionero en España de los trasplantes de médula ósea a niños con leucemia. Porque el cáncer, amigo Sánchez de Toledo i Codina, no entiende de banderas.

Cuentan en Reus que en la segunda mitad del siglo XX un vascofrancés nacido en Ciboure de nombre Enrique de Yzaguirre se instaló en la ciudad atraído por su esplendor comercial. Y tras trabajar como empleado para una empresa vinícola ajena se independizó fundando una bodega de vermús a la que puso su nombre. Hoy día, y con otros propietarios, Yzaguirre -con sede la vecina localidad de El Morell- elabora casi dos millones de litros de vermú y está presente en más de treinta paises, entre ellos Japón y México. Aunque más reciente, y en concreto desde 1957, la otra gran firma vinatera que elabora vermús en Reus es Miró, familia de artesanos bodegueros que sigue regentando el negocio, ahora con proyección sobre veinte paises, Rusia y China incluidos. Reus es una ciudad de extraordinaria belleza cuya travesía se sucede de plaza en plaza. La del Víctor, la de la Llibertat, la de Prim, la del Mercadal y la del Castell. Es una ciudad de elegantes edificios modernistas -entre los que destaca el de la familia Nàvas-, con tres teatros -Fortuny, Bràvium y Bartrina (Centre de Lectura)-, un espacio de interpretación que lleva el nombre de Antoni Gaudí y una iglesia prioral (San Pere) con torre hexagonal de estilo gótico que inauguró su iluminación al completo en 1910, pero con luces de gas. Nàvas -en concreto don Joaquim Nàvas i Padrón, conocido popularmente como el senyor Quimet-, habia sido amigo en la infancia de Gaudí e hizo una gran fortuna como mayorista de tejidos de exportación e importación que suministraba en exclusiva a diecisete provincias españolas. Casi nueve años, desde 1901 a 1910, empleó en construir esta casa situada en la plaza del Mercadal. Y que apenas llegó a disfrutar porque falleció en 1915 tras haber experimentado en política como concejal republicano reformista en el Ayuntamiento de la ciudad y haber sufrido un atentado sin consecuencias que en su día se le atribuyó a un grupo anarquista. La casa fue levantada por el arquitecto Lluís Domenech i Montaner, autor del impresionante Palau de la Música de Barcelona, y es de inspiración neogótica con mármoles y esculturas, estucados y pinturas murales, además de forjas, vitrales y mosaicos, de gran belleza y calidad ornamental. Pero lo más importante es que sus actuales propietarios, descendientes de Nàvas, la mantienen igual por dentro y por fuera que cuando se inauguró. He paseado por estas calles céntricas de Reus en la hora del aperitivo en una particular, y sugestiva, sesión vermú. Licor que he probado -como mandan los cánones- en la terraza de Casa Coder, antigua cantina establecida en un edificio de 1790. Observo que el tercer idioma de la carta es el ruso -toda una cortesía para el turista de moda- mientras una madre con hiyab llama a gritos -empleando árabe y tarifit- a su hija pequeña que corretea alejándose en la plaza. Las quatre barres de fondo de una estelada que cuelga de un edificio próximo al Ayuntamiento han perdido el color amarillo probablemente porque nadie ha querido sustituirla por otra tras varios meses expuesta al sol. Tal vez ya no existen tejidos de calidad como aquellos que distribuía en exclusiva a dicesisiete provincias españolas el senyor Quimet. En Reus noto falta de cariño. También en el resto de Cataluña. Pero no se lo voy a trasladar a mi amigo Antonio cuando regrese a su taberna de Madrid. Prefiero que no se disguste. Y siga sosteniendo aquello de vermú de Reus, calidad superior. Mientras tanto sigo en el Florida observando la misma farola fernandina de cinco lámparas rematadas por la corona condal sin interesarme para nada las nuevas experiencias que me ofrece el paisaje.

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Polizón urbano

06 mayo 2013

En estos primeros días de mayo el sol descarga de manera espectacular su mejor luz sobre Madrid. Que está radiante. La noche se retrasa. Y el día se alarga, permitiendo que la calles permanezcan concurridas cuando no rebosantes de alegre murmullo. La plaza de Santa Ana, con sus diferentes cervecerías, es un lugar de cita para disfrutar de la nueva temperatura primaveral. Y, por ende, del bullicio vespertino. Frente al Teatro Español, Lorca sujeta una alondra a punto de iniciar el vuelo. Se trata de un bronce relativamente reciente, pero distintivo. Santa Ana es una de las plazas más distinguidas de Madrid, cuya actual distribución se debe a José Bonaparte. Que fue un rey que se esforzó por embellecer la ciudad, aunque no ha sido lo suficientemente reconocido por ello. La plaza surgió tras la Desamortización. Pués allí estuvo el convento de las Carmelitas Descalzas. Hemingway disfrutó de este emplazamiento. Y también las principales cuadrillas de los toreros de época que se alojaban en el Hotel Victoria. Indisolublemente unido a establecimientos centenarios del entorno como la Cervecería Alemana. Y la confitería La Suiza. Desde 1911 radica, justo en su confluencia con la calle Nuñez de Arce, un viejo colmado flamenco, hoy tablao, llamado Villa-Rosa en cuya fachada lucen azulejos con escenas andaluzas (y madrileñas) del pintor ceramista Alfonso Romero Mesa. Nacido en Montellano, pero formado en las mejores alfarerías de Triana. Villa-Rosa es uno de los locales que ofrecen flamenco en Madrid, con la particularidad de que siempre acogió entre sus paredes este tipo de espectáculos. Por sus salones (y reservados) pasaron Alfonso XIII y el torero Lagartijo. También Manolete. Y ya después Dominguín y Ava Gardner. Pese a que los madrileños dejaron de acudir a los tablaos flamencos en la década de los setenta, Villa-Rosa es hoy día, gracias al boca a boca, un lugar de referencia para los jóvenes de los diferentes paises de Europa que vuelan en low-cost los fines de semana a Madrid para conocer la diversidad de costumbres de nuestro paisaje urbano. Entre ellas, el flamenco. Y sus salones se llenan cada noche (y gracias a sus precios populares) con clientes de este tipo deseosos de presenciar el cuadro de jóvenes artistas -Eva La Lebri, Lucía La Piñona, Víctor El Tomate, Jonatan Miró- que han tomado el relevo de los grandes del cante (y del baile) que desde hace más de un siglo por allí pasaron. En la puerta de Villa-Rosa, encadenando reclamos en diferentes idiomas, se encuentra Luis Mazarrasa Mowimckel, nacido hace 54 años en Santander. Políglota. Licenciado en Derecho. Master de la Escuela de Periodismo del diario El País (primera promoción). Corresponsal un tiempo de la Cadena Ser en Jerusalen. Jugador profesional de póquer. Autor de 44 libros de viajes, entre ellos uno de Siria concluido semanas antes de estallar el levantamiento contra El Assad. Emparentado por vía materna con una importante saga de políticos noruegos de adscripción socialdemócrata. Y sobrino por vía paterna de Juan Antonio Agüero González, aquel joven cántabro de familia acomodada que cambió los estudios de Derecho, tras estudiar bachillerato en Valladolid, por una guitarra flamenca. Para acompañar a la bailaora Carmen Amaya en sus giras mundiales. Y convertirse en su galán (y esposo) payo.

En los años setenta los porteros de los tablaos madrileños eran por lo general flamencos. Me viene al recuerdo el genial Caramelito de Cádiz, educado en el trato. Y siempre expuesto a la inclemencia de la noche a las puertas de Torres Bermejas, local ubicado en una de las calles que desembocan en la Gran Vía. En estos tiempos de penuria (y tristeza), empleos por horas como el de Caramelito lo ocupan licenciados en Derecho. O masteres en Periodismo con dominio de varios idiomas. Mazarrasa es feliz con lo que hace porque lleva décadas buscándose la vida con recursos ingeniosos. Son ya varios los días que acudo al atardecer a las puertas de Villa-Rosa porque me gusta conversar con él. Es generoso. Y rápido en reflejos. Con la elegancia que le carateriza, siempre me invita a pasar a la cantina para tomar una copa como cortesía personal. Pero yo prefiero quedarme en la puerta. Observando como trabaja. Y como emplea sus diferentes idiomas para el reclamo de clientes. Inglés. Francés. Alemán. E incluso ruso. Me cuenta que como jugador de póquer  profesional ganó 72.000 euros en 22 meses, lo que le permitió vivir holgadamente durante ese tiempo. Y que con las guías -una manera de viajar por el mundo-, su destreza con las escaleras, full o tríos, más las temporadas en Villa-Rosa, gana lo sufiente para vivir de manera tranquila. Me admiran este tipo de personas. Porque atesoran historias para novelar. O para llevarlas al cine. En el siglo XIX sus antepasados regentaba una naviera que unía Bergen, otrora ciudad hanseática ubicada en la actual Noruega, con el puerto de Boston. Primero con clíperes de tres mástiles. Y después con navíos de vapor. Todavía la naviera existe, e incluso bajo la firma Mowinckel, pero ahora opera con buques-tanques que transportan petróleo, gas licuado y otros productos químicos. Carmen Amaya murió en 1963 en Begur enamoradísima hasta ese mismo instante de su marido Agüero. Y éste de ella. Pero no yace allí. Ni tampoco en Barcelona, cerca de aquel poblado de barracas de chamizo próximo a la Barceloneta donde nació en 1913. Sino en Santader, en el panteón familiar de los Agüero. De manera sencilla. Y sin que su nombre figure en la lápida. Fue ese el deseo de su marido, quince años menor que ella. Y con quién se casó a las siete de la mañana en la barcelonesa iglesia de Santa Mónica. En las Ramblas, ya en el vestíbulo del puerto. Para que nadie ajeno a la familia pudiera convertir la boda en un hervidero de gentes. Amaya pasó por el Carnegie Hall, de Nueva York. Y por Princess Theatre, de Londres. El presidente Franklyn D. Roosevelt le regaló una bolero con incrustaciones de brillante. Y la reina Isabel de Inglaterra pidió conocerla personalmente. Junto a Agüero fueron teloneros de Elvis Presley. Y también formando pareja actuaron en los desposorios del rey Faruk de Egipto. Cuando murió Carmen a los 46 años, Agüero le cedió a los sobrinos de la bailaora los derechos artísticos que le correspondían. Regaló Mas Pinc, la propiedad del siglo XVIII de la Costa Brava en la que residían ambos, al municipio de Begur. E inició un viaje a la melancolía por el recuerdo de su esposa que le costó años detener.

Mazarrasa salta de los veleros que unían Bergen con Boston a la vida de Carmen Amaya con la misma facilidad con que domina su cartera de idiomas. E incluso con la misma naturalidad con que invita a pasar al interior de Villa-Rosa a los jóvenes turistas de diferentes nacionalidades que preguntan por el espectáculo. Agüero falleció hace ya unos años, pero él lo conoció cuando se desplazaba de Barcelona a Madrid. Ya en sus últimos años. Con lo justo en el bolsillo, aunque siempre elegantemente vestido. Y residiendo en la consulta que en la Gran Vía poseía un hermano médico estomatólogo, en cuya sala de visitas dormía cada noche. Después de iniciarse en el baile de niña, haber actuado de adolescente para Alfonso XIII, recorrer durante años el mundo y protagonizar una veintena películas -la última Los Tarantos, de Rovira Beleta-, Carmen Amaya murió pobre. E incluso rodeada de deudas. No era mujer de joyas. Tampoco de lujos. Y lo que ganaba se lo gastaba en mejorar su compañía de danza. Dejó de herencia dos baules de teatro, con fotos de sus giras, recortes de periódico, indumentaria de baile y seis cartones al óleo pintados por ella misma meses antes de morir. Y pese a que inicialmente fue enterrada en el cementerio de Begur, en una austera sepultura rodeada por cuatro farolillos alumbrados por mariposas de aceite, años después sus restos hicieron un segundo viaje a Santander para reposar por siempre en Ciriego. La muerte de Carmen Amaya convocó en Begur a gitanos de todas partes del mundo. Hubo algunos presos que protagonizaron fugas desde algunas cárceles españolas para decirle su último adios. Y la Guardia Civil le llegó a hacer un pasillo al féretro. En vida, Carmen fue una mujer de embrujo y nervio, temperamental y mediterránea, de cuerpo diminuto y salvaje en el baile. De ella escribió Jean Cocteau: “Es como el fuego”. Con el tiempo, Agüero volvió a casarse. Y él y su segunda esposa -con la que tuvo una hija- montaron el Tablao de Carmen en el Poble Espanyol de Montjuïc. Que viene a ser como la versión barcelonesa de Villa-Rosa, pero dedicado a Carmen Amaya. Bergen, Begur y Santander tienen de común el mar. Pero también a Mazarrasa. El pase de las ochos y media en Villa-Rosa acaba de comenzar. El aforo está al completo. Y sobre las tablas, antes de que arranquen en el baile Lucía La Piñona y Jonatan Miró, interpreta una soleá Eva La Lebri, curtida en los cantes de Lebrija, Jerez y Cádiz. En la calle, Mazarrasa va reuniendo clientes para el pase de las once. Una pareja de Montenegro. Un grupo de francesas de Metz. Italianos, alemanes y británicos. Un emigrante bulgaro acompañado de familiares que han venido a visitarle a Madrid. Rusos que no se relacionan entre sí. Un americano que le da una propina de cinco euros. Mexicanos, colombianos y argentinos. También jóvenes españoles. A esta plaza de Santa Ana sólo le falta hoy la tripulación noruega de un cliper desplazada desde el puerto de Santander ansiosa por conocer las costumbres de los españoles. Y del casticismo madrileño. Que no riñe con el flamenco. Pero el Cutty Sark sólo está visible aquí en las etiquetas de las botellas de whisky alojadas en las estanterías de la cantina de este viejo colmado flamenco de artísticos azulejos pintados por el ceramista Romero Mesa. También en la memoria gráfica (y entretenida) de un polizón urbano llamado Luis Mazarrasa Mowinckel. Y un griterío, un amontonamiento/ en aquel aire cálido./ Y olor a hogueras, que no tienen tiempo./ Siempre a espaldas del tiempo./ Y nada más que ojos oscuros/ para mirar, mirar, mirar… (1)

(1) La fuente de Carmen Amaya, poema de José Hierro (Del Libro de las alucinaciones, 1964).

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Caja de sorpresas

22 abril 2013

El Teatro Nuevo Apolo anuncia la obra De Carmen. Que no es la de Bizet, sino un homenaje a Carmen Amaya de la coreógrafa catalana María Rovira. La Capitana -como llamaban a la Amaya- murió a los 46 años en Begur a consecuencia de una peritonitis, después de haber conquistado el mundo y cautivado con su arte al presidente estadounidense Franklin D. Roosevelt y a la reina Isabel de Inglaterra. Este año se cumple medio siglo de la muerte de esta genial bailaora que creció en un poblado de barracas que existía junto a la playa de la Barceloneta. Y a quién el crítico Sebastiá Gasch definió como “un producto bruto de la Naturaleza”. Quizás su mayor ocurrencia más allá de los escenarios fueron aquellas sardinas que intentó asar en su suite del Waldorf Astoria utilizando como grill el somier de su cama. Recorro sin prisas, y tras dejar atrás este popular teatro, la plaza de Tirso de Molina y alrededores, epicentro peatonal del Madrid multirracial recuperado de la regresión y la marginación urbana. Esta plaza, nacida de la demolición de un convento mercedario tras la Desamortización, se llamó durante un tiempo del Progreso. Y hacia ese estado la encaminó el alcalde Ruiz-Gallardón en 2004 cuando la limpió de automóviles y ubicó en ella módulos cúbicos a modo de quioscos para la venta de flores. Si bien el proceso para concluir en plaza ideal discurre más bien lento a pesar de que hoy es uno de los espacios preferenciales elegido por los movimientos sociales de la ciudad para hacer valer sus reivindicaciones. Desde siempre fue Tirso de Molina una plaza de Madrid frecuentada por pintores. De hecho, en uno de los inmuebles que la circundan residieron los hermanos Gustavo Adolfo y Valeriano Becquer, este último pintor. También Joaquín Sorolla y su esposa Clotilde García del Castillo, quienes en 1889, a la vuelta de Italia, alquilan aquí una casa-estudio en la que un año después nacería Clotilde, la primera hija de ambos. Llama la atención la Taberna Tirso de Molina, un establecimiento de corte clásico, aunque relativamente reciente, decorado con maderas nobles y azulejos que reproducen obras del pintor y cartelista Toulouse Lautrec, singular personaje más propio de los prostíbulos y cabarets de Montmartre que del Madrid castizo de Lavapiés. El dramaturgo que da nombre a la plaza, fraile perseguido, pero hombre de profunda fe, y el pecador de la bohème parisina, sifilítico y alcohólico, caminan de la mano en este local, lo que para unos es un disparate. Pero para otros, una muestra más de lo diverso, y original, que es este barrio, antigua judería de Madrid. Pocos saben (al menos yo lo desconocía hasta hoy) que Pablo Ruiz Picasso y el desaparecido actor José Isbert compartieron vecindad en el número 5 de la calle de San Pedro Mártir, que se encuentra a espaldas de la plaza. El pintor residió en esa casa entre 1897 y 1898 cuando contaba tan sólo 16 años y se formaba en la capital. Mientras que José Isbert, entonces de 12 años y alumno de bachillerato en el Colegio de San Laureano, vivía allí con su madre, viuda de un ingeniero geógrafo. Durante su permanencia en esa casa Picasso contrajo la escarlatina.

Luce en Madrid un sol radiante, cuya fuerza lenifica una ligera brisa fresca. Es mediodía. Y la plaza de Tirso de Molina, así como las calles de Lavapiés, Mesón de Paredes y Embajadores, se presentan animadas. Me siento en una ciudad diferente, a caballo entre un bazar de Oriente y un suburbio racial de Detroit, pero en pleno corazón de Madrid. Con personajes como los de Tirso (el propio Don Juan, más burlador que amante, y Catalinón. Anfriso, Coridón y Batricio. Tisbea y Belisa. Y otros.) que hablan wu o chino cantonés. Urdu e hindi. Y árabe marroquí. Cuando no wólof, mandinga, soniké o fula, además de cualquiera de las lenguas latinas. En Lavapiés, un bar gallego toca puerta con otro de cocina india. Y una carnicería marroquí con un mayorista chino de ropa confeccionada. Hay casquerías de las antiguas. Y establecimientos que ofrecen ya cocinados entresijos, chorrillos, pitos picantes, zarajos y gallinejas, que es un plato muy tradicional de Madrid hecho con despojos del cordero. Aquí el curry no riñe con el pimentón de La Vera. Ni la pastela con el cocido. O la oración del viernes con el precepto dominical. Da lo mismo el Año Nuevo chino, el diwali hindú, el Ramadán o la Navidad porque los cuatro se celebran, además de la festividad de San Isidro Labrador, patrón de Madrid nacido muy cerca de aquí. Las iglesias de San Lorenzo y de San Cayetano fueron destruidas durante la guerra civil. Y después restauradas. Pero no ocurrió así con las Escuelas Pías de San Fernando, incendiadas por cenetistas al comienzo de la contienda. Y cuyas ruinas siguen tal cual -igual que Belchite-, aunque rehabilitadas desde hace unos años como espacio público. San Lorenzo fue otrora el lugar en donde estuvo emplazada la sinagoga de Madrid. De este barrio son los manolos y manolas de ambientación goyesca que rivalizan con los chulapos y chulapas del barrio de Maravillas, después Malasaña. Y que Ramón de la Cruz incluyó -a través de uno de sus sainetes- en la jerga castiza. Sin embargo, lo de manolo y manola está fundamentalmente asociado a los nombres que le daban judíos y moriscos conversos a sus hijos como manera de manifestar públicamente su adhesión al cristianismo. Junto a la Fuente de Cabestreros conversan animadamente grupos de subsaharianos. Parece un lugar de descanso del top manta que deambula como negra nube por los barrios comerciales de Madrid. Pero en realidad es una plaza pública que usan como referencia estos inmigrantes tras alcanzar la península desde el continente africano. En Mesón de Paredes se encuentra uno de los establecimientos más antiguos de la ciudad, la Taberna de Antonio Sánchez. O también llamada de los Tres siglos, porque fue fundada en 1830. Es un local de referencia taurina, glosado y frecuentado por escritores y artistas de antes y de ahora, que tuvo como propietarios al varilarguero Matías Uceta Colita y a los toreros José Sánchez del Campo Cara-Ancha y Antonio Sánchez Ugarte, de quién recibe su actual nombre. Y que, además de las veinte cornadas que recibió en las ocho temporadas en que anduvo por los ruedos, se popularizó en Madrid por haber estoqueado en la plaza de Tirso de Molina a un toro que se había escapado del matadero. Entre los clientes que han  frecuentado esta taberna, regentada desde 1986 por el banderillero gaditano ya retirado Curro Cíes Niño del Matadero, se encuentra el mariscal Pétain, primer embajador que Francia presentó ante Franco al acabar la guerra. Y más tarde responsable del régimen autoritario (y colaboracionista) de Vichy.

Searching for sugar man (En busca del hombre azúcar) es una reciente película dirigida por el cineasta sueco (de origen argelino) Malik Bendjelloul, que ha obtenido con ella un óscar. Cuenta la historia real de un misterioso cantante de rock de origen mexicano residente en un suburbio de Detroit, y llamado a secas Rodríguez, que graba dos albúmes en Estados Unidos que concluyen en estrepitoso fracaso. Sin embargo, sus canciones llegan casualmente a África del Sur en los años 70 -en pleno apartheid- y se convierten -mediante edición pirata- en referentes de la juventud de aquel momento. Pero ni los surafricanos saben quién es Rodríguez -sobre el que corre la leyenda de que se había quitado la vida en un escenario- ni este es consciente de su éxito fuera de Estados Unidos. Veinte años después, normalizada la situación en Suráfrica, dos de aquellos jóvenes entusiastas de sus canciones rastrean el mito con intención de conocer alguna referencia sobre el hombre que fue capaz de escribir (e interpretar) Cold fact, adoptada como símbolo de la lucha contra el apartheid. La sorpresa fue mayúscula. Porque aquel cantante que creían muerto -Sixto Díaz Rodríguez (Detroit, 1942)- no sólo estaba vivo, sino que se trataba de una persona sencilla, padre de tres hijas, que se ganaba la vida realizando obras de reparaciones domésticas. Y que jamás se había embolsado un sólo dólar por sus copias, pese a haberse vendido medio millón de sus discos en Suráfrica. Porque siempre fue un anónimo. Y porque nunca fue proyectado (y planificado) por la discográficas para el éxito como lo fueron las grandes figuras del rock blanco. Llámese Elvis, llámese Dylan. En tiempos globalizados como los de hoy es impensable que se repitan historias como éstas. Pero afortunadamente en todas las ciudades del planeta existen Rodríguez. Y el cantante de Detroit, de la misma forma que durante años fue un ciudadano anónimo, también lo podría ser de este barrio multirracial, cuando no contracultural, de Madrid. Emplazado en primera línea frente a los grandes problemas urbanos que afectan a nuestra sociedad. Pero con una enorme capacidad creativa para la supervivencia. Igual que en estas calles otrora residieron el arquitecto Churriguera, el músico Bocherini o el alcalde Alberto Aguilera, promotor del madrileño Parque del Oeste. Y también Isbert, Ruiz Picasso e, incluso, Antonia Mercé La Argentina. O el mismísimo Luis Candelas, verdadero Don Juan de Lavapiés. En estos tiempos presentes residen otros nombres (pero sobre todo hombres y mujeres) asiáticos, europeos, africanos o latinos tan anónimos como desconocidos. Pero que en sus países de origen han sido, y son, excelencias artísticas. Y también los mejores de su oficio o profesión. No lo sé, pero lo delatan esos ojos con los que me cruzo en estas plazas y calles. Toutcoluleur de la etnia fulani. Shindis y penjabies de India. Árabes y bereberes del Magreb. Chinos de Qingtian. Peruanos, ecuatorianos y brasileños. Ya a mi regreso a la plaza de Tirso de Molina observo una placa que advierte que en uno de sus edificios residió el pintor Timoteo Pérez Rubio, esposo de la escritora Rosa Chacel. Y artífice de que las obras del Prado no fueran destruidas durante la Guerra Civil. Pero momentos antes he pasado por la calle de la Magdalena. Y me he detenido unos minutos en el Club de Payasos. En cuyos salones cuelgan pinturas y fotografías. Y se guardan grandes recuerdos de la historia del circo y de sus mejores artistas españoles. Tonetti, que se llamó antes Jovirio. Eduardini, nacido en Lavapiés y reclamado para el cine por Ingmar Bergman. O Daja-Tarto, de nombre Gonzalo Mena Tortajada, el mejor faquir que ha pasado por una pista de circo en España. El sol comienza a apretar. Y me despido de este rincón de Madrid convencido de que he realizado un largo viaje sin noción del tiempo dentro de una pequeña caja de sorpresas.

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Bella cosa

11 abril 2013

Los reyes de la Casa de Saboya siguen cabalgando bajo el sol en las plazas públicas de Italia pese al tiempo transcurrido desde que fue abolida la monarquía. He ahí a Victor Manuel II a caballo en la Piazza Bovio de Nápoles, frente a la Cámara de Comercio. Y sobre un pedestal invadido por algunas pintadas soberanistas. Sud libero, reza una. La iconografía histórica en Italia no riñe con el sistema republicano, salvo el correspondiente al periodo fascista. Nápoles es la tercera ciudad de Italia, pero no sólo es vital y conceptualmente distinta a Roma y Milán, las dos primeras, sino que goza de un enclave evidiable, con el mar Tirreno bañando sus costas y el Vesubio de testigo permanente de su historia. Estrechamente vinculada durante siglos a España, la huella del Reino de Aragón está patente en sus calles. También la de la dinastía de los Austrias. Y la de los primeros Borbones. Carlos III fue el último gran rey que ha tenido España, pero antes lo fue de Nápoles. Donde ha quedado registrado como el monarca que inició las excavaciones de las ciudades de Herculano y Pompeya tras mil setecientos años sepultadas por la lava. Desde el Municipio, entre las cuatro fuentes que configuran su plaza, se divisa el Vesubio, el golfo napolitano y los muelles de donde zarpan los ferrys, catamaranes e hidroalas que unen la capital con otras ciudades de la costa e islas, entre ellas Isquia y Capri. El limón se encuentra en el mejor momento de su ciclo reproductor. Y la primavera avanza con celeridad en Campania en estos primeros días de abril. El murmullo es intenso en Nápoles, su capital. Y brota con fuerza en el Estadio de San Paolo cada jornada de liga, en el Quartieri Spagnoli cada mañana de mercaderías, en la via Toledo cada tarde de compras y en la Piazza Bellini cada noche de jolgorio. Grandiosa, y solemne, es la Piazza del Plebiscito, con sus tres palacios, la basílica de San Francisco de Paula y el Teatro di San Carlo, levantado en 1737. Y que anuncia para el 19 la ópera El holandés errante, de Wagner. José Bonaparte embelleció Madrid, pero la historia de España apenas se lo reconoce. Mientras que su cuñado Murat, rey de Nápoles, fue el artífice de la Piazza del Plebiscito. Y hoy comparte hornacina en el Palazzo Reale junto a Carlomagno, Alfonso de Aragón, el emperador Carlos V y el rey Carlos III. La via Toledo recibe su nombre del virrey que la mandó construir en 1536. Pedro Álvarez de Toledo y Zúñiga, noble y militar español que de niño fue paje de Fernando el Católico. La conforman grandes palacios, separados por angostas calles con ropa tendida al aire desde sus balcones. Y que descienden desde el Quartieri Spagnoli como si se trataran de las callejuelas de un zoco árabe en permanente algazara. El tráfico es caótico en Nápoles. Pero se conduce seguro. Y los trenes de la Circumvesuviana son frágiles y desvencijados. Pero llegan puntuales a destino, siempre que no se averíen en marcha. La Circumvesuviana une Nápoles y Sorrento, con la estación de Pompeya a mitad de camino. Envuelto en graffitis, el convoy durante los días laborables es como una plaza pública. Los domingos, sin embargo, va atestado de turistas. Pienso que ninguno ha leido a Plinio el Joven. Pero todos, tras cruzar la Porta Marina, enfilan la via de la Abundancia y sus calles adyacentes para comprobar que hace dos mil años los romanos usaban pasos de peatones (o de cebra) entre las aceras. Y para buscar el lupanar de la vieja ciudad romana. Que aparece intacto. E incluye un conjunto de frescos eróticos a modo de catálogo de posturas y escenas que era ofrecido a las visitas bajo la protección de Príapo, dios rústico de la fertilidad. Y que en estas pinturas aparece con dos penes.

El tenor Caruso murió el 2 de agosto de 1921 al complicársele una pleuresía de la que intentaba recuperse en las costas de Campania. Días antes había hecho la última travesía de su vida, navegando desde Sorrento a Nápoles. En Sorrento, ciudad en la que nació el poeta Torcuato Tasso, estuvo alojado en el Hotel Excelsior Vittoria, llamado así por ser el favorito de Victoria de Baden, reina consorte de Suecia. El Excelsior, con 179 años de historia, es uno de los viejos hoteles de lujo mejor ubicados del mundo, con un prolongado jardín con enormes rosales y árboles centenarios que conduce hacia un acantilado desde donde se divisa el Vesubio y la costa de Nápoles. Una lápida registra con melancolía el último testimonio de su bello canto, pués fue aquí donde se escuchó cantar por última vez a Caruso antes de ese viaje a Nápoles previo a su fallecimiento en una suite del Hotel Vesubio. El tenor sigue presente en la memoria napolitana pese al paso de los años. Como también permanece Maradona, cuyas camisetas celestes del Napoli con el número diez al dorso constituyen uno de los artículos más vendidos en las tiendas de souvenirs. Esta mañana, tras desayunar en los alrededores de via Tribunali, he acudido al convento de Santa Chiara para visitar la capilla funeraria de los Borbones. Que, aunque destruido en parte por los bombardeos que sufrió la ciudad en 1943 como consecuencia de la Segunda Guerra, todavía conserva algunos espacios originales del siglo XIV. Contra uno de sus vetustos muros estrella un grupo de adolescentes un ruidoso balón de goma que ha llegado hasta aquí como intruso ignorante de la historia. Pero esto es Nápoles, en donde las prostitutas hacen la calle en el vico del Fico al Purgatorio cruzándose en el trayecto con devotos que acuden a la vecina iglesia de las Ánimas Benditas. O que regresan de rezarle al nuevo santo local Giuseppe Moscati en la Basílica de Gesù Nuovo. Todo ello ante los ojos del busto de Polichinella que allí se levanta como referente burlesco del teatro dell´arte de Nápoles. Que como ciudad se despierta (y se acuesta) escandalosa. Descarada. Y aviesa en picardía. Todavía no se sabe qué tipo de gobierno va a tener Italia en el futuro. Y ya en las esquinas se venden rollos de papel higiénico con el rostro de Bersani o de Grillo. Porque Berlusconi ya acumula años decorando este artículo ante los que se detienen atónitos los turistas. En Santa Chiara están enterrados la mayoría de los Borbones que reinaron en las Dos Sicilias. Comparados con el lugar que ocupan sus parientes en el panteón de El Escorial, o en el Monasterio de las Descalzas Reales de Madrid, estos Borbones de Nápoles son los pobres de la familia. Junto a esta rama napolitana yace un infante de España que falleció adulto. Felipe Antonio de Borbón y Sajonia, primer varón, y sexto en orden, de los trece hijos de Carlos III y Amalia de Sajonia. Era deficiente mental, padecía ataques epilépticos y murió a los 30 años de feroz viruela en el Palacio Real de verano de Portici, en las faldas del Vesubio, a donde sus padres lo trasladaron desde Madrid para que no contagiara a sus hermanos, entre ellos el futuro Carlos IV. Pero desde entonces nadie se ha acordado de él. Y sigue en su solitaria tumba de Santa Chiara junto a sus primos (y sobrinos) napolitanos lejos del boato fúnebre de la realeza española.

Cuando viajo a Nápoles no necesito buscar el vínculo español. Porque llega sólo. Y de la forma más inesperada. El Castel Nuovo, también conocido como Maschio Angioino, es un torreón defensivo junto al mar. No es de construcción española porque lo levantó Carlos I de Anjou en el siglo XIII. Sin embargo, tras numerosas vicisitudes, fue reconstruido por Alfonso V de Aragón. Sufrió el ataque de Francia en 1494. Y fue bombardeado desde el aire en 1943 por la aviación aliada. Pero ahí sigue. En su vestíbulo existe un valioso fresco de grandes dimensiones que recoge una corrida de toros en la Plaza Mayor de Madrid. Y que se supone anterior a 1672, año en que fue reformada la Casa de la Panadería tras un incendio. Ribera es el gran pintor español de Nápoles. Y se le puede visitar en los museos de Campodimento y de Gaetano Filangeri. Pero también compartiendo espacio con Luca Giordano en la Quadreria del Pio Monte de la Misericordia. Institución de caridad radicada en via Tribunali que desde su fundación en 1601 se ha hecho con una notable colección de arte, cuyas piezas maestras las constituyen Las Obras de misericordia, de Caravaggio, y La Liberación de San Pedro, de Caracciolo. La torre más alta de Nápoles es el campanario del Santuario del Carmen Maggiore, en un barrio próximo al puerto que cada 16 de julio celebra la mayor fiesta de fuegos artificiales del sur de Italia. Y en donde recibe culto La Bruna, una tabla del siglos XIII de la Madonna carmelita que los frailes  de la orden depositaron en Nápoles después de viajar con ella desde Palestina tras ser expulsados de Monte Carmelo por los sarracenos. En los alrededores del santuario se encuentra la monumental Piazza del Mercato, hoy con dos porterías de futbol a cada lado, basuras acumuladas sin recoger y coches en doble y hasta triple fila a sus costados. Otrora fue centro de la vida popular napolitana y también lugar de trifulcas, levantamientos y represiones, además de escenario de ejecuciones públicas. Hoy muestra otra cara de Nápoles, aunque no la mejor. Pese a estar ubicada en un bullicioso barrio en el que se concentran las pescaderías mejor abastecidas de la ciudad. “Maruzielli, el caracol de la mar“, pregona un vendedor. Y en medio de un ruido vecinal al que contribuyen una televisión de plasma a toda pastilla, familias que discuten acaloradamente entre balcones, ragazza(s) que se pintan las uñas en el portal mientras cantan a coro canciones de amor y ciclomotores que zizaguean en un mar colapsado de automóviles, carromatos y camiones de reparto. Es mediodía. El sol luce con fuerza sobre Nápoles. Y ya huele a pizza en la ciudad. En 1889, una afamada pizzería de nombre Brandi creó, en honor de la reina Margarita, la pizza que lleva su nombre. Tomate, mozarella y albahaca, los tres colores de la bandera italiana. Pese a que esta es la pizza italiana que más lejos ha llegado en la cocina internacional, hay otra igualmente popular pero de consumo exclusivo entre los napolitanos cuando frecuentan la calle con el estómago vacío. La pizza fritta. Ricotta, mozarella y salami. En 1994, con motivo de una cumbre del G-7 celebrada en la ciudad, Bill Clinton visitó junto a un séquito de 70 personas al capo pizzaiolo Ernesto Cacialli en el establecimiento Di Matteo del centro histórico. Al probar la pizza fritta, el mandatario estadounidense felicitó a Cacialli, a quién los napolitanos empezaron a llamar con cierta sorna El pizzaiolo del presidente para quedarse más tarde sólo en El presidente. Fallecido recientemente Cacialli, su hija María ha tomado el relevo. Y la pizza fritta encabeza la carta de su nuevo ristorante, llamado por aquello, y por la condición de su actual propietaria, La figlia del presidente. Así es Nápoles. A veces atrevida, a veces ingeniosa. Pero nunca vacua. Carlos III se quedó para siempre aquí a caballo en la Piazza del Plesbicito. Como también Victor Manuel II en la de Bovio. Nápoles es como una sirena que surge del mar. Y que respira libre (y hondo) bajo el sol. Como aquel último canto de Caruso: Che bella cosa na jurnata ‘e sole/ n’aria serena doppo na tempesta/ pe ll’aria fresca pare già na festa/ che bella cosa na jurnata ‘e sole (1) y (2).

 

(1) Qué cosa más bella un día de sol,/ un aire sereno después de una tempestad./ Por el aire fresco ya parece una fiesta./ ¡Qué cosa más bella un día de sol!

(2) O sole mio (Mi sol). Canción napolitana escrita en 1898 por Giovanni Capurro con música de Eduardo di Capua.

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Sally McKean

05 abril 2013

El 4 de julio de de 1776 se suscribía la Declaración de Independencia de los Estados Unidos de América. Inmediatamente después se acuñó moneda propia y se establecieron las primeras relaciones con potencias extranjeras, dos de las cuales -Francia y España- prestaron apoyo real a los insurgentes. Pero la guerra con Inglaterra continuó. Y no es hasta 1782, mediante el Tratado de París, cuando Jorge III, tercer monarca británico de la Casa de Hannover, reconoce como soberanas a las trece colonias levantadas en armas. De la redacción de aquella declaración se encargó principalmente Thomas Jefferson mientras George Washington asumía, como comandante en jefe, el mando militar continental, ocupando Boston, haciéndose con la ciudad de Nueva York y derrotando a las tropas enemigas en Trento, Nueva Jersey, tras cruzar el río Delaware. Junto a estos primeros grandes padres de la patria -nacidos ambos en Virginia- la historia destaca a otros dos: Benjamín Franklin -inventor del pararrayos, las lentes bifocales y las aletas para nadar- y John Adams, que más tarde sustituiría a Washington como segundo presidente de Estados Unidos. Aquella declaración de independencia estaba firmada por 56 congresistas, de los cuales 14 murieron en combate frente a las tropas británicas. Entre los firmantes no se encontraba Washington, pero sí un destacado congresista, gobernador después de Pensilvania, que emparentó con España. Me refiero a Thomas McKean, padre de Sally McKean, marquesa de Casa Irujo, una de las mujeres más notables de la nueva nación americana. Y también de la corte de Madrid, en donde se instaló más tarde. Tras residir un tiempo en Cádiz, en donde su esposo implantó un molino de vapor de técnica revolucionaria hasta entonces desconocido en España. Y del que fue su legítima propietaria hasta su fallecimiento de 1841. Thomas McKean era hijo de un tabernero de origen escocés, pero recibió una educación esmerada que le llevó a doctorarse en leyes. Durante la dominación británica fue juez y fiscal en Delaware, pero también administrador de aduanas. Representó a este condado en la firma de la Declaración de Independencia, combatió como coronel a los británicos formando parte de una milicia creada por Franklin y en 1781 presidió el segundo Congreso Continental de las trece colonias. Consumada la independencia, estuvo al frente del Tribunal Supremo de Pensilvania y fue gobernador de este estado durante tres mandatos. De nariz aguileña, carácter malhumorado y de 1.80 de estatura, caminaba cubierto por un inmenso sombrero de tres picos y ayudado de un bastón con empuñadura de oro. Muy amigo del presidente Adams, su hija Sally lo era igualmente de Dolley Payne, esposa después de James Madison, cuarto presidente de los Estados Unidos. Y por tanto primera dama de ese país entre 1809 y 1817, aunque también ejerció dicho protocolo con anterioridad a solicitud de Jefferson, tercer presidente, puesto que éste era viudo.

Entre las 25 mujeres más importantes de la corte surgida tras la independencia de Estados Unidos, figuran cuatro amigas: Sally McKean y Dolley Paine, además Harriet Chew, hija de un magistrado de Pensilvania, y Elizabeth Willing, hija del alcalde de Filadelfia y primer presidente del Banco de los Estados Unidos. La primera pertenecía al círculo de George Washington, que la consideraba una hija más entre sus hijastros. Tanto es así que el propio presidente le pidió expresamente, cuando contaba 20 años, que le acompañara en conversación (y con su belleza) mientras posaba para el célebre retrato que le realizó Gilbert Stuart, desde 1963 reproducido en el anverso de los billetes de un dólar. La segunda, Elizabeth Willing, estaba casada con el secretario personal de Washington, el comandante Williams Jackson. Pero tuvo una hermana mayor, de nombre Anne, de exquista formación y cultura, que pese a su juventud -se casó a los 16 años con el acaudalado congresista (y presidente pro temporem del Senado) Williams Bingham- le permitió viajar por Europa conociendo sus principales salones cortesanos, experiencia que trasladó a su casa de Filadelfia hasta que, en una travesía a Madeira para recuperarse de un principio de tuberculosis, murió con 37 años al agravarse su estado en una escala en Bermudas. En esa corte que surge de la nueva sociedad republicana aparece en 1796 el español Carlos Manuel Martínez de Irujo y Tacón, hijo de un contador del Ejército en el Reino de Valencia que vino al mundo en Beriáin, Navarra. Pero desde los 21 años diplomático al servicio de Carlos IV. Martínez de Irujo, nacido en Cartagena -su abuelo fue brigadier de la Armada-, llegaba a Filadelfia como ministro plenipotenciario de España con diez años de experiencia en el servicio exterior en Holanda y Reino Unido. Instruido en Salamanca, y con un perfecto dominio del inglés, fue recibido con todos los parabienes. Y pronto se integró por sus esmeradas y distinguidas dotes en esa corte de bellas damas y grandes padres de la patria, pués no en vano, además de alto diplomático, era el traductor del inglés al español de La Riqueza de las Naciones, de Adams Smith. Doce años permaneció en Estados Unidos, llegando a frecuentar a sus cuatro primeros presidentes, si bien la compra de Luisiana y Florida le enfrentaron con la dirigencia republicana, fundamentalmente con Madison. En Pensilvania conoció también a Sarah María Theresa MacKean, la joven Sally hija del gobernador, con quién se casó por el rito católico, pese a ser ella presbiteriana. Concluido su mandato, y conferido del título de I marqués de Casa Irujo, se instaló con su familia en Cádiz. Y desde esta ciudad andaluza realizó misiones diplomáticas, bajo mandato de la Junta Suprema Central establecida en la Isla de León, con Brasil, capital de facto del Imperio portugués en la que se encontraba refugiado el rey Juan VI a consecuencia de la ocupación de la metrópolis por las tropas napoleónicas. Tarea que no le resultó facil porque desde Río de Janeiro tuvo que enfrentarse a acontecimientos imprevistos, como los primeros conatos emancipadores en el Virreinato de la Plata. Al comprobar la precariedad de medios industriales de aquella España en guerra, Martínez de Irujo creó en 1809 su primer negocio en territorio peninsular. Un molino de vapor en Cádiz importado de Pensilvania para la fabricación de harinas, revolucionando con su maquinaria el procedimiento de muela que hasta ese momento se realizaba en su término mediante molinos de aspa y de mareas.

En el poco tiempo que Martínez de Irujo y Sally -acompañados de sus dos hijos y sirvientes- residieron en Cádiz lo hicieron en una casa próxima al convento de San Francisco y ya en Madrid, en un palacete junto al de Liria. El molino de vapor permaneció en funcionamiento hasta mediados del siglo XIX, pasando a ser Sally su propietaria al fallecer su esposo en 1824. Quedóse tan impresionado Fernando VII del progreso de aquel molino que, tras ser restituido en el trono, extendió un real decreto para España e islas adyacentes incrementado en 30 reales de vellón los aranceles de cada barril de harina importada para que no perjudicase a la industria del marqués. Tuvo que ser también de tal importancia aquella factoría -llamada de San Carlos por el viejo rey- que la construcción del edificio de tres pisos que lo albergaba, justo entre la confluencia del Campo del Balón y el Hospital Real, fue encargada al maestro mayor de la ciudad, el arquitecto Torcuato Benjumeda. La maquinaria, de hierro forjado y con procedimiento hidráulico, permitía moler mil fanegas de trigo en 24 horas y almacenar otras trescientas mil. Ocupaba a 60 operarios cuando en una tahona tradicional eran precisos para esa misma producción 500 hombres y trescientas mulas. Martínez de Irujo fue secretario de Estado (ministro de Exteriores) en tres ocasiones. Y también embajador de España en París. Tras su muerte, y cumplido el luto, en el domicilio de Sally se instaló uno de los salones cortesanos más distinguidos de Madrid. Y por el que pasaban todos los estadounidenses célebres que recalaban en España. El escritor Washington Irving, que lo frecuentaba, le llamaba el salón de la marchioness (por marquesa). Y en sus tertulias coincidía con su traductor George Washington Montgomery, hijo del cónsul de Estados Unidos en Alicante, antiguo secretario del marqués y amigo de la viuda que, por esta circunstancia, y también por trabajar en la legación americana en Madrid, hacía de coanfitrión intelectual. Cuando murió Sally, dejó una importante fortuna y bienes a sus vástagos Carlos, II marqués de Casa Irujo, y Narcisa María Luisa, casada con el hijo de un oficial francés de Napoleón que sufrió cautiverio en España. El testamento incluía el molino de vapor de Cádiz y grandes extensiones de tierra en el condado de Allegheny, Pensilvania, así como tres retratos familiares del pintor Gilbert Stuart y todo el ajuar y joyas de la familia. El II marqués, Carlos Martínez de Irujo y McKean, fue -al igual que su padre- varias veces ministro de Estado y embajador en París. Y llegó a ocupar indistintamente las jefaturas de Gobierno y de Palacio con Isabel II. Levantó un impresionante palacete de cinco plantas en las confluyentes calles madrileñas de Alcalá y de Barquillo que recordaba a los hoteles de la nobleza francesa en el faubourg del Saint-Germain parisino, según recogía en Semanario Pintoresco Español de 1837. Un tataranieto de Sally en rama directa emparentó en 1947 con la Casa de Alba al contraer matrimonio con la actual duquesa Cayetana.

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Cristo Negro

29 marzo 2013

Ha dejado de llover sobre Cáceres tras una jornada de continuos aguaceros. Dice el refrán que en marzo cada gota quita un cuarto. Es Miércoles santo, día del ciclo litúrgico en que acaba la Cuaresma. Y comienza el llamado Trío Pascual, que es el tiempo en que se conmemora la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús de Nazaret según el rito romano. El miércoles fue el día en que se reunió el Sanedrín para condenar a aquel dios de los judíos que entre palmas y olivos había entrado días antes de modo triunfal en Jerusalén. La parte vieja de Cáceres, tercer conjunto monumental de Europa después de Praga y Tallin, ciudad esta última de Estonia, se presta idónea para celebrar los cultos externos de la Semana Santa. Cuando sus edificios no son del Medievo. Lo son del Renacimiento. Torres, casas-palaciegas e iglesias constituyen un hermoso escenario de piedras sobre piedras perfectamente conservados. Caminar de noche por estos callejones, cruzar sus arcos y rondar sus adarves de muralla permiten experimentar la sensación mágica de estar viajando a un pasado de arqueros, ballesteros y caballeros protegidos con lorigas de malla tejida. Caballos con gualdrapas, yelmos, escudos, lanzas o mandobles. Una tómbola de la suerte instalada en el Paseo de Cánovas permanece desierta ante el intento desesperado por megafonía de quienes la regentan por acercar al público a sus urnas repletas de papeletas. Interrumpiendo así la canción infantil Somos amigos que emiten sus potentes altavoces. Los cacereños saben distinguir entre Semana Santa y Feria. O entre silencio y algarabía. También entre ciudad vieja y moderna. El Gran Teatro permanece cerrado, pero anuncia para los primeros días de abril un espectáculo de Eva Hache. Y funciones tan dispares como Café Quijano en concierto y Anthony Blake en su desafío a lo desconocido. Pasadas las ocho y media de la tarde suenan tambores junto al pórtico ojival de la Iglesia de San Juan Bautista, que en el pasado fue de los ovejeros. Aprovechando la tregua de agua, la cofradía de la Buena Muerte, también llamada de los Ramos, ha decidido hacer estación de penitencia por las calles de Cáceres en un recorrido reducido. Abre el cortejo una banda romana de cornetas y tambores, cuyos componentes lucen coraza, casco de metal y capas de terciopelo verde. Les siguen filas de hermanos con hábito (o túnica) de tela blanca, con clavinas de terciopelo morado para los que van descubierto. Y capuchón (o capirote) del mismo color para quienes se cubren el rostro. Desde un balcón suena una saeta de voz ronca al paso de la peana tallada en madera de nogal oscuro que recubre el paso del crucificado. Y al que dan escolta cuatro faroles de alpaca. Detrás, precedido por un segundo tramo de hermanos, luce bajo un palio de diez varales la imagen de la Virgen de la Esperanza, con un espléndido manto verde bordado en oro que se extiende cubriendo el panel trasero del paso. La mayoría de los cincuenta portadores exteriores son mujeres. Que se ayudan de horquillas, cuyo golpe seco (y equilibrado) se acomoda al compás de la banda musical que le acompaña. La gente se ha echado a la calle. Y estos primeros tambores son el preludio de una noche que se espera larga.

El editor gráfico de The Washington Post tuvo la acertada idea de elegir el año pasado para la versión digital del periódico una instantánea de la procesión del Cristo Negro de Cáceres realizada por el fotógrafo Pedro Armestre de la Agencia France Press. Lo que hasta 2012 era un privilegio casi exclusivo de los cacereños ahora se ha abierto al mundo. Y la estación de penitencia del Cristo Negro en la medianoche de este Miércoles santo ha convocado a periodistas y equipos de televisión de diferentes paises europeos y latinoamericanos, grupos de turistas y curiosos, e incluso diplomáticos de algunas embajadas asiáticas con sede en Madrid. Yo no me he querido perder el cortejo del Cristo Negro. Y por eso camino a estas horas de la noche en su búsqueda por el recinto amurallado de Cáceres. Entre un gentío impresionante que espera desde horas apostado en las estrechas calles de su recorrido. El Cristo Negro es una talla anónima del siglo XIV, aunque como cofradía se organizó en la centuria posterior. Y fue refundada en 1985. Hay quien atribuye la imagen a Paulus de Colonia, artista que empleó indistintamente la gubia y el cincel en la ornamentación del monasterio de Guadalupe. Pero esta autoría no está demostrada. Siempre se ha encontrado rodeada esta talla de leyendas y misterios. Fue excepcional testigo de la llegada a Cáceres en 1477 de la reina Isabel la Católica. Ha salido extraordinariamente en procesión con ocasión de epidemias, calamidades y sequías. Y en sus orígenes se empleaban cebolla y vino para su limpieza. Pero ahora se unta de cera antes de iniciar su recorrido. Sólo son 59 mujeres y hombres exclusivos los que le acompañan. Y que visten hábito monacal de color negro, cubren sus cabezas con capuchas y portan hachones de fuego. Infunde tanto respeto que, siguiendo una tradición que se remonta al siglo XV, algunos de sus devotos le suelen rezar a distancia. En un tiempo se empleaban guantes para tocarlo. Y tampoco se le podía mirar de frente. Pues la leyenda advertía de malos presagios. Como el de Cáceres, existen otros Cristos Negros en el resto del mundo con cientos de años de devoción. Y misterios. Entre ellos, el de Estipula, en Guatemala. El Señor del Veneno, en Ciudad de México. O el Cristo del Amor en El Puerto de Santa María, oscurecido por las capas de aceite que le untaban para su limpieza las monjas capuchinas que lo custodiaban. El crucificado de Cáceres ha llegado a su color con el paso del tiempo. Y también por el efecto de las velas que durante siglos le han iluminado en su capilla de la concatedral de Santa María. Es muy probable que en origen tuviera tonalidad parda, acorde incluso con la madera africana en que fue tallado. Algunos expertos sostienen que la imagen está asociada a la conquista de Portugal. Y muy particularmente a la orden templaria. Pero también otros creen haber encontrado signos hebráicos e islámicos en su entorno que le pudieran vincular a los judíos y musulmanes conversos que se mezclaron con los cristianos de la ciudad.

Justo cuando el reloj marca la medianoche una ligera llovizna se precipita sobre Cáceres. El gentío, en absoluto silencio, permanece ajeno a la inclemencia bajo la única protección de la luz tenue de las escasas farolas que alumbran el recinto. Desde los adarves se percibe ya un fuerte olor a incienso. Al tiempo que aparecen los primeros hachones escoltando a la cruz de guía. El muñidor dirige el orden del cortejo haciendo sonar una esquila. Y un timbal, o tambor templado, marca el paso a los hermanos. En la comitiva que precede al Cristo figura un enorme incensario, de barro e hierro forjado, sostenido por cadenas. También son portados los tres atributos del Calvario, martillo, clavos y corona de espina. Los hermanos profesan voto de silencio. Y sobre una sobria parihuela alumbrada por dos hachones descansa recostada la imagen sobre una cruz de nudos. Solamente ornamentada por ramas de yedra. Y un centro de lirios y flores silvestres. Tres únicos sonidos quiebran el silencio que acompaña el paso del cortejo. El que emite la esquila, el que desprende el timbal y el que provocan las horquillas cuando golpean los adoquines de los vetustos callejones del recinto amurallado. La oscuridad adquiere belleza. Y el recogimiento marca reglas de respeto. Ni un clamor ni tampoco un murmullo. El paso del Cristo Negro apaga cualquier timbre de voz. La llovizna tan siquiera es motivo. Y el cortejo avanza rápido sin detenerse. Puerta de Coria. Adarve del Cristo. Tiendas. Plaza de Santa María. Arco de la Estrella. La talla del Cristo Negro es de tamaño natural. Y su composición es equilibrada, si bien con el paso del tiempo ha sufrido transformaciones no sólo en su policromía sino también en algunos aspectos de su composición, como la faz y también el paño de pureza. Pero ello no ha impedido que haya llegado a nuestros días con su fisonomía de origen. Cuando han visitado Cáceres descendientes sefarditas de los antiguos judíos de la ciudad han mostrado su interés por conocer al Cristo Negro del que hablaban sus antepasados, por lo que se supone que su popularidad ha estado siempre más allá de religiones y creencias. Cáceres cada Miércoles santo regresa al medievo con este solemne cortejo que discurre por su recinto histórico entre hachones de fuego. Murallas almohades, almenas, matacanaes y algibes. Templos góticos de sillería y palacios renancentistas. Cada piedra, cada muro y cada edificio conforman un escenario único en el mundo. El Cristo Negro forma parte del patrimonio secular de esta ciudad extremeña. Y la leyenda, y el respeto que le acompaña en su recorrido, contagian a propios y extraños, facilitando un viaje al pasado dificilmente de olvidar. “Que salga la hermandad del Cristo Negro, Dios lo quiera así”, reclama el muñidor antes de encarar el cortejo las calles de la vieja ciudad. Así todos los años, así para el confín de los tiempos.

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Duque de Toledo

21 marzo 2013

Comienza la primavera en Madrid. De momento no se nota el cambio de estación, aunque hoy ya no llueve. Y luce el sol mientras se lo permite un cúmulo de nubes bajas que se van sucediendo unas tras otras. Templando a los transeuntes con sus rayos. Cirros le llaman a esto, nubes blancas, transparentes y sin sombras. No como este país. Que está lleno de nubes, pero con inmensas sombras. La España soleada lleva un tiempo combatiendo a la España umbría, aunque de momento vence esta última. Sufrimos una crisis institucional derivada de la corrupción. Y de otras alegrías que se han permitido los poderes públicos. Y la banca. Este país necesita más que nunca un noray (o bolardo) donde las gazas de los cabos se encapillen. Y susciten calma. Esta mañana he acudido al banco. Y he comprobado que existe pánico entre los ahorradores por el pretendido corralito que tiene en trance a Chipre. Los periódicos no ayudan, porque especulan. En incluso nos aterran con informaciones llenas de nubarrones negros. Que son reales, pero que nos muestran un paisaje tan gris como desolado. Primero fue Bárcenas, después Barcina. Le siguió Oriol Pujol. Y en paralelo Corinna. Detecto rima, pero todo esto es mucho más profundo que un encadenado de palabras musicadas. Juan Carlos I está a día de hoy más cerca de convertirse en duque de Toledo que de seguir siendo el rey constitucional de España. Es una pena que este hombre, otrora jaleado por haber pilotado la Transición, se vea envuelto ahora en escándalos imperdonables en los que su joven amante -o amiga entrañable, como se define ella- haya mediado como comisionista en asuntos de Estado. Mantuviera para su real uso en los últimos años una estancia del Patrimonio Nacional próxima La Zarzuela. Y se moviera por la corte política como favorita consentida en el ejercicio del mayor de los descaros. Juan Carlos I no quiere dejar en modo alguno el trono, pero si no desea que se repitan las mismas escenas que enviaron a Alfonso XIII al exilio en 1931 debería de facilitar ya mismo el paso a su heredero. Y éste asumir la jefatura del Estado iniciando un nuevo tiempo en los que sobran los soldaditos de plomo, los padres, las hermanas o el cuñado, y el borboneo que en los últimos siglos ha rebozado de frivolidad a este país. Las cosas grandes tienen comienzos pequeños, suele decir el cantante Loquillo.

De la monarquía absoluta nos condujeron con el tiempo a la monarquía parlamentaria, pasando por diferentes suplicios. E incluso alguna que otra farsa. Porque aquella iniciativa del malogrado Prim por elevar al trono a un rey italiano tuvo más tinte de comedia que de solución de Estado. Madrid se prepara estos días para recibir la Semana Santa, para unos tiempo espiritual. Y para otros, paréntesis de asueto. Siempre fue este período liturgico un parteaguas que divide el frío invierno de la cálida primavera. Brinda la posibilidad de guardar la ropa de abrigo. Y de acomodar en los armarios prendas que son ya más ligeras, algunas de estreno. Alfonso XIII pasó su última Semana Santa en Madrid (abril, 1931) compartiendo oficios religiosos y escapadas a los pueblos de la Sierra al volante de su automóvil deportivo sin tener idea de que dos semanas después sería destronado. E incluso se permitió en sus vísperas investir caballero del Toisón de oro al duque de Medinaceli, con el boato que ello conlleva. Adolfo Suárez esperó a un sábado santo (abril, 1977) para legalizar al Partido Comunista de España, noticia sorpresa que el locutor de Radio Nacional encargado de su anuncio -Alejo García- trasladó con voz entrecortada porque ni él mismo se lo creía. En esta Semana Santa que se aproxima, los españoles estamos preparados para recibir cualquier buena nueva (o mala) inesperada. Pero dudo que se produzca lo que muchos ya desean. Por lo que habrá que aguardar a un nuevo cambio de estación. En la jerga exclusiva de la Monarquía existen los llamados títulos de pro memoria, de pretensión y de incógnito, entre otros. Los de pro memoria son los empleados por las casas reales destronadas. Conde de Covadonga fue el cadete Alfonso (XII) antes de la restauración borbónica. Pero también su nieto Alfonso Pio de Borbón y Battemberg, primogénito de Alfonso XIII y por tanto príncipe de Asturias, cuando -ya en el exilio y atacado por la hemofilia- renunció a sus derechos para casarse con la cubana Edelmira Sampedro y Robato, hija de un plantador de caña. Que falleció en 1994 en Miami a los 88 años con ese título pese a haberse divorciado de su esposo tras cuatro años de marital convivencia. Los títulos de pretensión lo ostentan quienes se sienten con derecho a reclamar, como fue el caso del conde de Barcelona, padre de Juan Carlos I. Y de incógnito, los que emplean los reyes para pasar a pies juntillas. O para enmascarar sus actividades privadas. Fue el caso de Alfonso XIII, que siendo rey empleó el título de duque de Toledo para llamar así a su propia cuadra de caballos de carrera. Y que llevaba como distintivo el morado de Castilla con la cruz (o aspa) de Borgoña, hoy en el trasfondo del escudo de la Casa Real de España.

El escritor cubano Alejo Carpentier cuenta en sus Conferencias (1987) una anécdota que tuvo como protagonistas en un carabet parisino a su compatriota el compositor Eliseo Grenet y a un señor muy ceremonioso que resultó ser Alfonso XIII. Grenet acababa de interpretar a piano su célebre composición ¡Ay, mama Inés! Y entonces aquel señor se le acercó educadamente ofreciéndole una copa de champaña. Al preguntarle de quién procedía tal cortesía, el gentilhombre le espetó en tercera persona: “De Alfonso XIII, duque de Toledo, que está de incógnito en París“. Pero ahí no quedó la cosa, porque al día siguiente, fecha de su onomástica, y cuando salía del local donde ensayaba, el mismo señor se presentó con su automóvil en la puerta con un paquete que contenía un regalo, volviéndole a preguntar Grenet por su procedencia. Y respondiéndole éste: “Del duque de Toledo, que le desea todos sus parabienes, pero quiero recordarle que, además de ex rey de España, es caballero del Santo Sepulcro, caballero de la Orden Pontificia, caballero de la Orden de Malta, caballero del Unicornio, caballero de la Jarretera, en Inglaterra, y caballero de la Orden del rey Cristián de no sé qué…”. Grenet, tras escuchar todo aquello, no se le ocurrió otra cosa que decirle: “Bueno, ¿quiere tomar algo?”. El bueno de Carpetier escribe en sus Conferencias que “todo lo que pudo tener de sinvergüenza Alfonso XIII lo tenía de muy ingenioso y muy simpático”. Y añade: “Además, si los reyes no fuesen simpáticos ¿qué les quedaba?”. Pienso que si Juan Carlos I hubiera acudido a Botswana como duque de Toledo otro gallo cantaría. Y que si sus encargos a Corinna llevaran el remite de una dignidad de incógnito, los españoles nos lo hubiéramos tomado de diferente forma. Porque un bribón es mejor recibido cuando se muestra simpático. Repasando la historia, observo que otra real persona que utilizó títulos de incógnito fue la rebelde infanta Eulalia, hija de Isabel II. Un día se registró en un hotel parisino como condesa de Chipiona porque andaba de amoríos con un barón francés con quién engañaba a su marido (y primo) Antonio de Orleans. Fue esta infanta la que más dignidades de esta consideración ha utilizado mientras gobernaban en España los Borbones. Pués como condesa de Avila escribió un escandaloso libro de memorias. Y como condesa de Manzanares o de Bonanza viajó por diferentes paises de Europa. Enfrentada a Alfonso XIII, durante un tiempo lo consideró más duque de Toledo que rey de España. Murió esta infanta en Irún un mes de marzo como éste (pero de 1958) a los 94 años después de haber vivido modestamente en un piso de la plaza de la Alcaldía hasta que el general Franco se apiadó de ella y le encargó al coronel de fronteras que le facilitara un coche y un chófer de por vida. Al tiempo que el Ayuntamiento de Madrid desbloqueaba una propiedad en el barrio de Salamanca que, tras su venta, le permitió construirse una villa en la carretera de San Sebastián. De incógnito se ha ido el invierno. Y de igual forma ha llegado la primavera. Los noticieros de radio anuncian que la juez Alaya ha vuelto a la carga con los eres andaluces. Pero en Sevilla todavía faltan días para que brote el azahar.

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Invierno en Santarém

05 marzo 2013

La vista del Tajo desde el jardín de las Portas do Sol de Santarém es impresionante. El viejo río ibérico, desde su nacimiento en Fuente de García, en la sierra de Albarracín, ha dejado atrás Aranjuez, la ciudad imperial de Toledo, Talavera de la Reina y el puente fronterizo de Alcántara, levantado en el siglo I en honor de Trajano. También Abrantes, antiguo emplazamiento romano llamado entonces Aurantes por el oro que acumulaban las arenas que eran arrastradas hasta aquí por el río. En Santarém, a 78 kilómetros al norte de Lisboa, el Tajo descansa de su largo recorrido configurando meandros. Y presto a acercarse a su desembocadura en el estuario del Mar de la Paja, ya próximo. Las Portas do Sol se asientan sobre las viejas murallas medievales de la ciudad, en un alto desde donde se divisa, cuán privilegiado mirador, un amplio valle por el que discurren diferentes carreteras, el puente de hierro de Don Luis -en su día el tercero más largo de Europa- y el ramal ferroviario que conduce a Entrocamento, estación desde donde se bifurcan los trenes de las líneas del Norte y el Este de Portugal. Es invierno en su período más crudo. Y llueve ligeramente sobre Santarém, al tiempo que un silencio absoluto se adueña de este jardín frente al Tajo, sólo roto por un grupo de periquitos, cotorras y rosicollis que, en una enorme jaula, saltan, cotorrean y garitan sin lograr enmudecer a Alfonso Henriques, primer rey de Portugal y esposo de Mafalda de Saboya, cuya estatua en bronce preside el recinto. El monarca lleva atuendo de cruzado, pues de esta guisa reconquistó a los árabes las ciudades de Santarém y Lisboa en 1147. Tras capitanear un reducido ejército de cruzados, entre los que se encontraba el monje inglés Gilberto de Hastings, que fue introducido como obispo de la capital portuguesa nada más rendirse el invasor. Portugal lleva a gala este pasado europeo, dado que las Cruzadas, aunque impulsadas por el papado, fue la primera empresa que unió en una causa común al viejo continente, si bien su objetivo era reponer el dominio cristiano sobre Tierra Santa. Hoy Portugal sufre la cruzada de la troika europea, que exprime y avasalla al país obligando a sus moradores a vivir en permanente sacrificio. La rebeldía ha estallado entre los portugueses en forma de música. Y a los despropósitos, el pueblo ha empezado a responder coreando su canción más profunda, Grandola Vila Morena. La pieza de José Afonso con la que se inició la Revolución de los Claveles.

Es injusto el acoso que sufre Portugal, pero la ciudadanía se está organizando. Y en estos días invernales las manifestaciones han sido masivas en las principales capitales del país, tanto o más como las que se sucedieron hace casi cuarenta años en torno al movimiento del 25 de abril que acabó con la Dictadura post salazarista.  O povo é quem mais ordena, el pueblo es el que manda, conforma el grito de conciencia republicana que hoy se escucha en cualquier calle o plaza. No hay que confundir la melancolía de Portugal con esta tristeza que provoca el capitalismo más cruel. Santarém ha sido siempre una ciudad alegre. Cuna del toro bravo, aquí se le idolatra y se le respeta. Es tierra esta de forçados, campinos (mayorales de cabestros) y cavaleriros. De fandangos bailados. Y de acordeones y flautas de caña. También aquí se encuentra la Taberna do Quinzena, centenario rincón en donde los parroquianos se reunen a beber y comer en murmullo alegre y sentido sólo privativo de los recios moradores de su valle. Almeida Garret fue un escritor romántico nacido en Oporto que huyó a las Azores cuando las tropas napoleónicas invadieron Portugal tras atravesar España. Era masón. Y también liberal. En Viagens na Minha Terra describió a la ciudad como ”un libro de piedra”. Y llamó al valle “patria de ruiseñores y madreselvas”. En estas calles de Santarém se concentra buena parte de la historia de Portugal. Por aquí pasaron fenicios y griegos. Celtas, romanos y visigodos. Los árabes de Al-Andalus y los cristianos viejos del reino de León. En la iglesia de Gracia, el más grande y bello templo del gótico portugués, está enterrado Pedro Alvares Cabral, descubridor de Brasil. Y en una de las nuevas rotondas se erige desde hace cuatro años una estatua en bronce del diplomático portugués Aristides de Sousa Mendes, nacido en Viseu. Y que como cónsul en Burdeos expidió en 1940 pasaportes y visados a 30.000 perseguidos por la Alemania nazi, entre ellos 12.000 judíos. Para lo que contó con la ayuda del rabino polaco de Amberes, Jacobo Kruger. Las calles empedradas de Santarém forman laberinto. Y el Mercado Municipal, otrora epicentro de la vida social y productiva de la ciudad, sobrevive a los nuevos tiempos empleando el reclamo del ornato que le proporcionan sus artísticos azulejos. Hoy nada es como antes. Pero ahí siguen a diario las campesinas con sus cestos de verduras y hortalizas. Las carnicerías y los puestos de frutas. O las pescaderías que seleccionan las capturas que acaban de desembarcar del Atlántico. Entre puestos que expenden azeites y azeitonas del Ribatejo. Queixos cremosos de oveja, conservas y garrafas de vino. Enchidos de tuneiros y lombos de bacalhau. Panes, bolos y bolinhos. Compotas y doces regionais.

Santarém es una ciudad de pórticos y rosáceas, trazados ojivales y ventanas manuelinas, iglesias con órganos de tubo, cúpulas, torreones y restos de muralla. Sobre su viejo caserío emerge el Cabaçeiro, la vieja torre-reloj de la ciudad construida en el siglo XV. Y por sus calles circula desde tiempos remotos una versión de la leyenda mitológica que asegura que Ulises, en su trasiego por el sur ibérico, se enamoró de Calipso, hija de Gargoris, rey de los cunetos, pueblo de Tartesos. De ese amor fugaz nacería Habidis, hijo indeseado. Que Gargoris introdujo en una cesta que arrojó al Tajo, navegando a contracorriente hacia Santarém. Donde encalló en las arenas del río y fue recogido por una cierva, que lo amamantó salvándole así la vida. Y permitiéndole que veinte años más tarde fuera reconocido por su madre, además del propio Gargoris. Que lo nombró su sucesor tras quedar absorto de su resistencia. Santarém se llamó originariamente Esca Abidis, tal vez por referencia al manjar (la leche de cierva) que permitió sobrevivir a aquel infante. De ahí que los romanos denominaran Scalabicastrum a aquel lugar y que hoy a los parroquianos de Santarém se les conozca como escalabitanos. Pero esta es una leyenda sobre otra leyenda. E incluso diferente a otra que asegura que Habidis no fue hijo de Ulises, sino fruto de un incesto de Gargoris con su hija Calipso. Cierta o no, esta historia mitológica forma parte de la ciudad. Como también la de Santa Iria (Irene), patrona de Santarém y de la que deriva su nombre. Ocurrió esta última a finales del Siglo VII en un pequeño pueblo llamado Nabancia, hoy Tomar. De muy niña, Irene había profesado en un monasterio. Que sólo abandonaba una vez al año para visitar a su familia en la festividad de San Pedro. En una de esas ocasiones conoció a un joven de la nobleza visigoda llamado Britaldo, que enfermó de amor por la joven novicia. Al enterarse Iria, lo visitó un día sanándole con confortables palabras de castidad. El joven le pidió que jurase no amar jamás a hombre alguno pués de lo contrario se quitaría la vida. Iria aceptó, pero con el tiempo sufrió la persecución de un monje llamado Remigio. Frustrado por el rechazo, el monje se vengó de Iria dándole de beber una pócima que provocó una hinchazón en su vientre similar al del embarazo. La confusión provocó su expulsión del monasterio y levantó en ira a Britaldo, que ordenó a uno de sus guardianes que le diera muerte con su espada y arrojara su cuerpo desnudo al río Nabao. Con la corriente, las aguas llevaron el cuerpo sin vida de Iria al río Zêzere. Y de éste, pasó al Tajo. Que lo arrojó a las arenas de la ribera de Santarém, quedando esclarecido el engaño a que fue sometida y siendo declarada virgen y mártir y, más tarde, canonizada como santa. Un afilador pedalea sobre su bicicleta haciendo sonar su pequeña flauta de Pan en medio del silencio ciudadano que sólo perturba la lluvia. Dejo atrás el Tajo y las Portas do Sol para retornar al centro histórico por el Largo de la Alcáçova. La vieja alcazaba que da nombre a la Iglesia de Santa María, fundada por los templarios en 1154 . Siete años después de la conquista de la ciudad por Alfonso Henriques y sus cruzados. Las puertas de Santa María de la Alcaçova permanecen cerradas. Pero sé que en uno de sus arcos temulares yace un caballero cristiano acompañado de su amada mora. Prefiero no indagar sobre esta nueva leyenda. Y respetar así el silencio que sobre su voluntad guarda desde hace siglos la ciudad de Santarém.

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Dos columnas

15 febrero 2013

Salgo de mi domicilio de Madrid en un viaje hacia lo imposible. O quizás no. Pretendo reencontrarme con lo que queda de un café llamado de Las Salesas, que cerró sus puertas en 1945 después de 67 años de fecunda existencia. Tarea difícil porque desde entonces ha pasado ya mucho tiempo. Ubicado en la planta baja del número 17 de la calle Conde de Xiquena, con entrada por la plaza de las Salesas, fue un original lugar de encuentro de abogados y periodistas de tribunales puesto que se encontraba en las proximidades de las antiguas sedes judiciales madrileñas. Desde 1945 el local ha debido alojar infinitos negocios, pero hace unos años, tras ocupar sus estancias la firma Benny Room, cerró sus puertas, permaneciendo ahora desocupado. Desde un escaparate observo dos columnas de hierro coronadas con capiteles corintios. Que supongo que constituyen el único vestigio de lo que fue aquel establecimiento. Mi curiosidad acaba ahí, pero el edificio -con fachada intacta desde que se construyó en 1876- y el entorno -la Iglesia de las Salesas y el viejo palacio hoy sede del Tribunal Supremo- me bastan para recrear su historia. La fotografía más universal de Antonio Machado la captó Alfonso Sánchez García. Histórico periodista gráfico que nos dejó más de cien mil negativos de la primera mitad del siglo XX, entre escenas costumbristas de la capital de España, agitados acontecimientos que van desde la Huelga Revolucionaria del 17 al Frente de Madrid y un sinfín de retratos de celebridades políticas y literarias. Moret, Canalejas, Maura, Romanones y Dato, de un lado. Y Galdós, Baroja, Federico y Valle-Inclán, además del maestro Padilla, de otro. Aunque por lo general se presenta recortada (y sin acompañamiento alguno), la fotografía de Machado captada por Alfonso conforma un cuadro más amplio puesto que en el negativo de origen el poeta sevillano comparte escena junto a la periodista Rosario del Olmo Almenta y el mozo Braulio González Cabanillas, reflejado en uno de los espejos que decoraban las paredes del local. El escritor reposa ambas manos sobre su bastón. Y se cubre con un sombrero. La fotografía se hizo el 8 de diciembre de 1933 en el Café de Las Salesas con el fin de ilustrar una entrevista que le realizó Rosario al poeta. Entonces esta periodista colaboraba en las páginas literarias de La Libertad, matutino izquierdista que pertenecía al banquero Juan March. Y que también era editor de otro periódico entonces de derechas, Informaciones. Cuyas redacciones y talleres se encontraban en el número 8 de la calle de la Madera. Pero la entrevista no apareció en el periódico hasta el 12 de enero del año siguiente. Rosario tenía entonces 30 años y junto su hermana María Ángela, actriz de profesión y unos años mayor que ella, eran dos jóvenes revolucionarias muy presentes en los círculos republicanos de la época, además de afín a los hermanos Machado.

Aunque la ley del jurado se establece en España en 1888, no es hasta once años después cuando esta institución, una vez reformada para dotarle de mayor rigor y equidad, toma cuerpo en el sistema judicial español. El Café de Las Salesas, por su proximidad a los tribunales, coincide con los años de mayor vigencia del jurado en España. Y entre 1899 y 1936 los veladores de mármol de aquel establecimiento se convierten en lugar de cita de abogados, procuradores, testigos, forenses y peritos. Que hacen allí sus arreglos judiciales, preparan las vistas y concertan pruebas y testimonios de defensa. Los periodistas de tribunales acuden con sus libretas a recoger testimonios de crímenes famosos y a tomar notas taquigráficas de sumarios y sentencias. Mientras que desde las cocinas se transportan bebidas y bandejas con especialidades de la casa hacia los calabozos del juzgado de guardia para saciar el apetito de los detenidos distinguidos. En 1899 se celebra la vista de uno de los casos que mayor revuelo causó en la España de entonces, el llamado Crimen de Fuencarral. Una rica viuda (con renta anual de 50.000 duros) es asesinada de madrugada de tres cuchilladas con el agravante de que su cadáver aparece rodeado de trapos chamuscados con olor a gasolina. A la vez que su buldog guardián yace sedado. Hay dos sospechosos, el hijo de la difunta. Un señorito de vida desordenada y abocado a la delincuencia. Y la sirvienta, que sólo llevaba seis días en el empleo. Pero el señorito declaró que estaba en prisión la noche de autos bajo custodia de José Millán Astray, director de la Modelo, amigo de la familia y padre del militar que más tarde fundara La Legión. Como se sabía que Millán Astray permitía a algunos de sus presos salir de la carcel durante la noche es también procesado. Y las dudas se vierten sobre cual de los dos es el homicida, dividiéndose la opinión pública entre quienes consideran a uno y otro culpable o inocente, lo que se complica al descubrirse que la sirvienta había sido recomedaba para su trabajo doméstico por el propio Millán Astray ya que un viejo amante de aquella regentaba una cantina que se encontraba en las afueras de la cárcel. Entre los abogados de la defensa figura Nicolás Salmerón, que había sido presidente de la I República. Pero, tras un rosario de declaraciones contradictorias, la sirvienta confiesa el crimen. Es condena a muerte. Y a su ajusticiamiento por garrote vil asisten desde la tribuna el alcalde de Madrid, el duque de Alba y la novelista Emilia Pardo Bazán. 20.000 madrileños contemplaron su cadáver durante las nueve horas en que estuvo expuesto.

Las jornadas judiciales del crimen de la calle Fuencarral catapultaron el Café de Las Salesas para la historia. Y el local no sólo se convirtió en una extensión del Palacio de Justicia sino en parte de éste, pués no en vano, cuando el edificio que acogía a los tribunales sufrió un incendio en 1915, el establecimiento se hizo con algunos de los divanes del Colegio de Abogados que no habían sido pastos de las llamas. En uno de esos divanes se encontraba sentado Machado junto a Rosario del Olmo cuando fue fotografiado con Alfonso en 1933. Con el tiempo, el Café de Las Salesas amplió su influencia más allá de los tribunales, estableciéndose en sus salones una tertulia política que se erigió con el sarcástico nombre de Los Salesianos. En los años anteriores a la II República, una joven con inquietudes políticas salta a los escenarios de los teatros madrileños. Es María Ángela de Olmo, actriz de reparto y hermana mayor de Rosario. Muñoz Seca la incluye  en 1930 en su obra Satanelo, estrenada en el Infanta Isabel. Y en enero de 1931 pisa las tablas del Teatro Cervantes de Segovia con un papel en El alcalde Zalamea dentro de la compañía de Enrique Borrás. Aunque no figura en ninguna biografía, María Ángela fue el amor latente, aunque inconcluso, de Manuel Machado en su madurez. Mientras que su hermana Ángela quedó registrada para la posteridad como la periodista que entrevistó a Antonio. Dos hermanas que se cruzan con dos hermanos. Y cuya amistad toma cuerpo en 1933 cuando Manuel y Antonio estrenan en el Teatro Español el drama romántico La Duquesa de Benamejí. Obra a cuyo reparto se incorpora María Ángela -Angelita, para los críticos teatrales de la época- encarnando a Rocío, la gitana. Y compartiendo escenario con Margarita Xirgú (Reyes, duquesa de Benamejí) y Alfonso Muñoz (Lorenzo Gallardo, el bandolero), hijo este último del teniente general Alfonso Muñoz Hernández, de quién fue ayudante en sus primeros años como oficial de Infantería un joven llamado Francisco Franco. María Ángela y Rosario fueron activas militantes comunistas, sufrieron persecución en la postguerra, permanecieron en Madrid habitando un corralito y murieron en la pobreza -la primera en 1996 y la segunda en 2000- a los 96 años, después de renovar legalmente con la democracia su adscripción al partido al que siempre pertenecieron. Antonio Machado acabó sus días en Colliure, sur de Francia, en 1939 nada más cruzar la frontera camino del exilio. Y su hermano Manuel falleció en 1947 en la España franquista tras incorporar en su haber un poema dedicado al Dictador. Me retiro del escaparate de la plaza de las Salesas convencido de que aquellas dos columnas de hierro coronadas con capiteles corintios están dispuestas a hablar. Pero en realidad son sólo restos mudos que duermen en silencio confiados al sueño de los secretos de su tiempo. Que yo hoy no me atrevería a perturbar.

 

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Picudo rojo

08 febrero 2013

Regreso al Parque Calderón de El Puerto de Santa María como es habitual cuando acudo a la ciudad. Lo he conocido como un oasis de palmeras canarias. Todas ellas perfectamente alineadas. Y también configurando frondoso vergel, como otrora lo fue el del Conde. Del que nació como prolongación. Fue un personaje importante, aunque discutido, aquel conde. No sólo en la historia de El Puerto, sino en la del conjunto de la España carolina. Irlandés de origen humilde, pero creso por matrimonio, don Alejandro O’Reilly sirvió con inusitada eficacia a la España ilustrada, aunque sus enemigos no le perdonaron cierto desastre militar en Argel y la devoción que por él sentía el rey alarife. Mariscal de campo en Puerto Rico, gobernador de Luisiana y capitán general de Andalucía, o de la Mar Oceana, fortificó Cádiz. Y reurbanizó algunos lugares de El Puerto, levantando un puente de barcas que se hundió el día de su inauguración y tintó el Guadalete de tragedia. Pero después vinieron otros puentes, de madera, colgante y de hierro. Todos con el nombre de San Alejandro, en honor del irlandés, hasta que en los años sesenta se empezó a construir el carreteril de la actualidad que va emparejado a la vía férrea, quitándonos con el tiempo a los que viajábamos en automóvil desde Cádiz el privilegio de ser recibidos por El Corribolo. Despertar ante el reclamo del brandy Centenario. Y sentir tan de cerca la cálida copla de amor que Pilar Paz Pasamar le regaló a la ciudad. Yo supe que te quería,/ cuando atravesé el silencio, / caliente de la Herrería. Contemplo ahora un segundo puente luminoso de color azul para peatones que parece extraído del estante de un bazar chino. Es como replicar hasta la otra banda del río el blanco poder luminoso de Romerijo, laboriosa familia esta, pero adobado de reluciente y fresca pintura de barco. Las viejas pilas del último puente de hierro conforman simetría con los estípetes talados de las palmeras dañadas por el picudo rojo. Unos y otros, en la imaginación, conforman el estilóbato de un templo griego, recién iniciada su construcción. O destruido por la historia. Dejemos a cada cual su interpretación. Aunque la tragedia helénica ya había llegado a El Puerto antes con Menesteo, hijo de Peteo y undécimo rey de Atenas. General de las tropas atenienses en la guerra de Troya, y uno de los guerreros que se ocultaron en el caballo burlón, éste monarca se estableció tras su huida, y al perder el trono, en estos márgenes del Guadalete, entonces llamado Criso. Fenicios de Cádiz y griegos de El Puerto guerrearon entre sí. Y siglos después cruzaban amistosamente sus barcos por la bahía repletos de mercaderías. El nombre árabe de Guadalete casa hoy con el mal endémico que sufre desde hace tiempo la ciudad por mor de quienes no la sienten suya. Pues, no en vano, lete procede del griego clásico. Y significa olvido. Del olvido escribió Cernuda: Memoria de una piedra sepultada entre ortigas, /sobre la cual el viento escapa a sus insomnios. Pero también Pablo Neruda: ¡Ay gran amor, pequeña amada!

El picudo rojo llegó hasta aquí por la ruta del té. Originario de Asia, caminó y voló hacia Egipto. Hizo allí estragos. Y la España del pelotazo lo trasladó a esta tierra de cante recio, vinos, toros y caballos, volantes y trajes de luces, dunas y pinos piñoneros, estacas y pesqueros abarbolados, como polizón troyano oculto en baratas palmeras destinadas a disimular con su estampado verde el impacto del ladrillo. Los científicos estiman que el ciclo reproductor de este coleóptero se completa hasta tres veces en un año. Y es tan dañino que cada larva neonata se zampa un metro de palmera. Comparado con lo que se están zampando otros en este país, el picudo rojo es sólo un insecto, aunque acorazado. La voracidad del corrupto en España no tiene límites porque es mastodóntica. Y ahora, cuando el país se desnuda en los juzgados, comprobamos con rabia (y tristeza) la enorme suciedad que algunas conductas poco ejemplares llevaban dentro. Muñoz Seca fue asesinado por la envidia y por recordar que España es también comedia. Y Alberti labró su mejor poesía en el exilio argentino, cuando sintió la nostalgia de su arboleda tras el trágico drama de la guerra civil. En los años 70 conocí al mejor periodista que ha dado El Puerto en los últimos tiempos. Fue en el escritorio de Antonio Cologan. Entre albaranes de Ilsa Frigo, y una vieja velosolex Orbea allí aparcada, Agustín Merello, viejo cruzado e inolvidable amigo, escribía ruidos y nueces magistrales. Eran crónicas sanas que ayudaron a cambiar mentalidades. Y motivaron espacios para que entre todos nos entendiéramos mejor. Entonces yo disfrutaba de una licencia de ocio que nos había otorgado un ministro de Educación de Franco que se llamaba Julio Rodríguez. Y que nos retrasó el inicio del curso universitario hasta después de Reyes. Me preparaba para empezar la carrera de Derecho en Jerez con mi amigo Eduardo Terry, hoy procurador de los Tribunales. Y desde un teléfono de pared de la casa familiar, la de la plaza de los Jazmines, mandaba yo crónicas deportivas a Radio Popular de Sevilla. Ante la irónica mirada de su hermano Nicolás, después cronista de la causa náutica, y la perplejidad de sus padres al escuchar la entonación que yo hacía de las alineaciones de los equipos de la bahía. Manolín y Lolo, por el Racing. Baena y Carvallo, por el Cádiz. Galleguito, por el San Fernando. Cuarenta años ya. Eran tiempos hermosos. De felicidad y templanza, pese al dolor que en muchos causaba el régimen. Y su falta de libertades. Las etiquetas de los brandys del marco llevaban nombres suntuosos. De la regia historia. Y de la empresa colombina. Pero también de la mejor condición humana. Insuperable. Magno. Galante. Oxigenado. Soberano. Y Príncipe. Hoy son palabras en desuso, pero no porque estén vencidas. Si no porque son difíciles de aplicar. O de acompañar. Y es que este país no sólo padece tristeza sino que siente desconfianza. Juan Ramón, viajero imaginario desde la ventana de un colegio de El Puerto, hace suyos estos latidos: Han sonado las horas dormidas, /está sólo el inmenso paisaje, /ya se han ido los lentos rebaños, /flota el humo en los pobres hogares.

El picudo ha sorteado la fuente de las Galeras Reales dejando al descubierto el azulejo de Los Afligidos en su feroz incursión hacia La Puntilla, pero confío en que será derrotado en retaguardia desde los matacanes y saeteras del Castillo de San Marcos por su guarnición de ballesteros sin que haya que emplear la caballería acuartelada en El Polvorista. Hay lugares en El Puerto que sobreviven milagrosamente. Y otros que han traído a nuestros días (y pese a los tiempos) nombres hermosos. Echo de menos el vaporcito amarrado en el cantil del muelle. Y el murmullo, entre chiquitas, de La Burra después de una buena tarde de toros o la difícil captura aérea del pollo fuera de concurso que Manuel Moreno, siempre bajo bóveda, nos ofrecía entre sus apretadas paredes de recortes taurinos. El Ruedo. O Dígame. Ricardo Chibanga. Curro Girón. Bienvenida. Ordóñez. Y el conde de San Remy. Pero me siento protegido al descubrir que el Liba sigue cobrando el café a un euro. Como protegida está la historia de El Puerto mientras otro cruzado de excelente pluma, mi querido José Ignacio Buhigas Cabrera, siga siendo el archivero de la ciudad desde la métrica soledad del vetusto casco de la bodega Cuvillo. No hace mucho estuve aquí con un buen amigo: Jaime Paz Zamora, ex presidente de Bolivia. Convinimos tomar unos vinos finos mientras le explicaba los lugares que recorrió José Bonaparte en la ciudad durante el asedio de Cádiz. Quedó impresionado por la tala del palmeral urbano. Y se mostró interesado por esta ruta portuense a la que yo le añadía imaginación. Y escenarios posteriores. Paseamos por el Campo de Guía, antiguo ejido recordado en sus vinos por Gutiérrez Colosía. Y por la calle de los Moros, sede secular de las criaderas y solerajes de las Bodegas Osborne. Hasta alcanzar la Real Plaza de Toros, el colegio y contemplar tras la verja, cuan estricta observancia, el viejo drago de Caballero. San Francisco, Ordo fratrum minorum. El Puerto es una ciudad en familia. Que no de familias. Aunque aquí la empresa familiar tiene dimensiones institucionales desde el siglo XVIII, cuando la ciudad se incorporó a la jurisdicción real. Y dejó de pertenecer al duque de Medinaceli. La familia es de lo poco que no se ha oxidado aún en España. También es el socorro de la mayor parte de los que se han quedado sin trabajo. Seis millones ya, acaudillados por el viejo emporio gaditano. La poesía sosiega. Pero emerge con fuerza cuando tras ella se encuentra un gran poeta. El Puerto es tierra de excelentes poetas. Y este corto paseo sufriría también los efectos de la tala sin la emoción que supone el vivo recuerdo del lírico ingenio de un proel como Tejada: Una fragata en la ría, /y yo con diez bucaneros, /amor, de piratería. /Llegar a tu puerto un día. /Robarte, y hacerte mía… /¡Levad anclas, compañeros! /Que suenan por la Caleta /voces de carabineros. /Y en el lomo de una duna, /tu padre con la escopeta, /solo ya, frente a la luna.

(Crónica leída el 1 de febrero de 2013 con la ocasión de la presentación del libro Viento de Palabras en la Galería Milagros Delicado de El Puerto de Santa María, Cádiz).

(Imagen: Galeón en El Guadalete, plumilla de Rafael Tardío Alonso, 1989. De Habitantes y Gente de El Puerto de Santa María).

 

 

 

 

 

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