[Flores de primavera]

Espera es un coqueto pueblo de la Sierra de Cádiz con título de villa, entre olivares centenarios. Campos de trigo. Y otras tierras de labranza. Tiene apenas cuatro mil habitantes. Que lo cuidan con mimo, cuando no con flores. Sus calles se alumbran de noche con farolas fernandinas. Y discurren empinadas por las laderas del Cerro de Fatetar, en cuya cima se yergue un castillo que mandó levantar Abderramán III en 914. Blanco como la nieve, su potente panificadora lo envuelve cada amanecer en olor a pan de molla recién hecho. Que compite con el intenso aroma afrutado que despide la nueva almazara ubicada en su derredor, hija legítima del viejo molino de aceite que perteneció a la Casa de los Diezmos, o Casa de la Cilla [1771], edificio que fue de la Iglesia, hoy perfectamente conservado. Dispone también de un pequeño museo arqueológico con piezas extraídas de sus yacimientos. O cedidas por particulares, entre ellas una importante colección de leones ibéricos, piedra funeraria que con el paso de los siglos fue recuperada como ornamento por el vecindario. Tan chiquita…/ y como brilla en el cielo./ Yo quiero una estrella azul/ y no la encuentro. En estos días, los lugareños andan de vísperas. Pues la Semana Santa es un patrimonio más que lleva a gala este pueblo que vota comunista [Izquierda Unida, 60,2%: 7 concejales de 11]. Y cuyo alcalde creó el año pasado una banda de música compuesta por medio centenar de chavales que lleva de nombre al patrón de la villa [Cristo de la Antigua]. Cuyos instrumentos. Y elegantes uniformes [azules con bordados en oro]. Han sido sufragados por el municipio. La busco en el olivar/ perfumado de silencio./ En cada hoja de olivo/ la estrella que yo no encuentro. Tras el 18 de julio, los tres alcaldes republicanos fueron detenidos. Y fusilados. El primero, Genaro Peralta Molero, lerrouxista, maestro e hijo del farmacéutico. Después, Francisco [Curro] Garrido Barrera y Antonio Mancheño Lozano, idealistas, soñadores, republicanos de izquierda. Cuyo compromiso permitió que Espera se convirtiese en el primer pueblo de Andalucía que implantó la colectividad campesina en tierras expropiadas [Ley de la Reforma Agraria, 1932]. Seis cortijos, uno llamado El Infierno. Lo que en aquel tiempo fue una victoria. Una honra. Y un derecho, incomprendido por el odio ciego que les llevaría a la muerte. Curro Garrido tenía un hermano sacerdote [Cristóbal], años después párroco de la Concepción [Barrio de Nervión, Sevilla]. Y Mancheño, propietario del Bar del Arco [después Tomasín, hoy La Tapería], era componente de la banda municipal. De ahí que le llamaran Antoñito el Músico. Cuando su cuerpo fue exhumado de la fosa, apareció su cartera. Y dentro de ella, una medalla del Cristo de la Antigua. Pero yo la quiero…/ Y el olivo nuevo/ tiene una hoja/ de un verde tierno. Espera es fecunda en historia. Que se inicia en el Neolítico, pues lo documenta el hallazgo de láminas de sílex en Fatetar. Consta que por aquí pasaron todas la culturas anteriores a Roma. Y también que los súbditos de Carissa Aurelia [Carija] y Cappa [Esperilla], sus dos yacimientos ibero-romanos, rendían culto al Hércules Gaditano. Estas tierras estaban atravesadas por un ramal de acceso a la Vía Augusta que nacía en Baessipo [Barbate]. Y Carissa, con privilegio de cives romani, acuñaba moneda propia en época de Vespasiano.  ¡Tan chiquita la estrella/ en el olivo nuevo! (1) Tariq, en su avance hacia la meseta, eligió este camino. Y, dos siglos después, lo hizo Abderramán III. Tras la reconquista, los dominios de Espera fueron de los Ponce de León. Luego de los Portocarrero. Y por último de los Ribera, más tarde integrados [por matrimonio] en la Casa Ducal de Medinaceli. En el castillo se instalaron las tropas napoleónicas. Y por el pueblo pasó triunfal Riego al frente del segundo Batallón de Asturias. El 26 de agosto de 1936, uno de aquellos tres alcaldes [Francisco Garrido Barrera] se despedía [por carta] del mayor de sus siete hijos, rogándole a él y a sus hermanos que restaran importancia a su inminente ausencia, pues “podéis considerarla como un accidente, puesto que en realidad no es otra cosa”. Y concluía: “Muero tranquilo de no haber cometido acto ninguno contra las personas ni contra las cosas” (2). A su olor primaveral, Espera incorpora estos días el de las florecillas del campo. Mañana se sumará el incienso. Y cuanto más incolume amanezca el sol, la juncia. Y el romero.

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(1) Cristóbal Romero, poeta arcense [1931-2014].

(2) Queipo de Llano desoyó la súplica del Cardenal Segura para evitar su fusilamiento.